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El 10 de diciembre de 1972 terminó una historia que había comenzado 75 años antes, el 24 de junio de 1897, en las islas de Cabo Verde, entonces colonia de Portugal. Esa madrugada falleció en Río Gallegos Juan Bautista Rocha, el inmigrante que había llegado siendo un joven a la Patagonia tras escapar como polizón de un barco cuando tenía apenas diez años y que, con el paso de las décadas, se transformó en una figura conocida por su trabajo en el puerto, su participación en el deporte y una promesa que cumplió hasta sus últimos años: acompañar cada cortejo fúnebre de la ciudad.
La noticia ocupó un espacio en las páginas locales del diario La Opinión Austral de aquellos días. “Hoy, aproximadamente siendo la 1 de la madrugada, dejó de existir el apreciado y estimado vecino don Juan Bautista Rocha a la edad de 75 años”.
El aviso informaba además que sus restos eran velados en su domicilio de Alberdi 895, donde desde las primeras horas comenzaron a acercarse familiares, vecinos, deportistas y personas que habían compartido distintos momentos de su vida.
Y como un misterio del destino, esa noche y ese día en la ciudad se registraba una temperatura de inusuales 20 grados, poco habitual para la época, como si la brisa llegara desde las tierras de Cabo Verde. La Opinión Austral describía una ciudad donde muchos vecinos habían salido a caminar o instalado sus sillas sobre las veredas para aprovechar la noche.
Ese mismo domingo también se disputaba la 47ª Maratón Aniversario del Club Hispano Americano, ganada por Víctor Caamaño, mientras el Cine Carrera exhibía películas como Verano del 42, ¿Qué pasa, doctor?, El John Enigmático y La estatua.
En medio de esa actividad habitual de la ciudad, cientos de personas hicieron una pausa para acompañar a quien durante décadas había estado presente en los momentos más difíciles de otras familias.
La escena tenía un significado especial. Durante décadas, había sido Rocha quien llegaba a los velorios de otros vecinos para acompañarlos hasta el cementerio. Esa vez era toda la comunidad la que hacía el camino junto a él.
El hombre que nunca faltaba en un funeral
La historia de ese compromiso comenzó mucho antes de llegar a la Patagonia. Según reconstruyeron sus hijos y, décadas más tarde, este viernes 3 de julio, recordó su nieta Adriana Luna en radio LU12 AM680, cuando Juan Bautista decidió escapar de Cabo Verde hizo una promesa a su madre profundamente religiosa.
Le aseguró que, allí donde viviera, acompañaría hasta su última morada a cada persona fallecida. La promesa atravesó toda su vida.
En una época en la que los cortejos recorrían a pie las calles de Río Gallegos hasta el cementerio, Rocha no solamente caminaba detrás del coche fúnebre. También ayudaba a vestir al difunto cuando era necesario, colaboraba con los trámites municipales, organizaba cuestiones relacionadas con el sepelio y permanecía junto a las familias durante todo el proceso.
Muchas veces, según recuerdan quienes lo conocieron, eran los propios familiares quienes iban a buscarlo. Su respuesta era siempre la misma. “Yo me encargo”.

Con el paso de los años, cuando los cortejos comenzaron a realizarse en vehículos, siguió caminando detrás de la carroza, manteniendo la costumbre que había iniciado décadas atrás.
Incluso se molestaba cuando algún fallecimiento ocurría sin que alguien le avisara. Para él no era solamente un gesto solidario. Era una promesa.
El cortejo que recorrió por última vez un camino conocido
Dos días después de su fallecimiento, el diario relató cómo había sido la despedida. El título era simple en la sección de las Notas Sociales: “Su sepelio”.
Y la primera frase resumía lo que ocurrió aquel día. “No podía ser de otra manera, un gran cortejo acompañó ayer hasta su última morada los restos de don Juan Bautista Rocha”.
La crónica continuaba describiendo el lugar que había ocupado en la comunidad. “Nos deja un buen vecino, un amigo, un hombre sensible y honesto; perdemos una presencia querida y respetada por toda la comunidad”.
Durante más de medio siglo había vivido en Río Gallegos. Había llegado siendo joven, cuando el puerto era el principal punto de ingreso y salida de mercaderías del extremo sur argentino.
Conocía las mareas, los tiempos de carga, el trabajo de las chatas y las largas jornadas en Punta Loyola. Primero integró la Prefectura y luego se convirtió en capataz de playa, coordinando la carga y descarga de embarcaciones durante los años de mayor movimiento marítimo de la región.
Una ciudad que respondió con presencia
El mismo hombre que durante décadas había acompañado funerales fue despedido por cientos de vecinos.
Las crónicas recuerdan que prácticamente todo Río Gallegos tenía alguna historia compartida con él.
Su nieta Adriana Luna reconstruyó ese momento en diálogo con La Opinión Austral, más de cincuenta años después. “Cuando me desperté, a las seis o siete de la mañana, ya estaba la casa llena de gente. El velorio fue en la casa y prácticamente no entraba nadie más. Después fue impresionante la cantidad de personas que lo acompañó al cementerio.”
Tenía apenas seis años cuando murió su abuelo, pero esa imagen quedó grabada en su memoria. La despedida reflejó el vínculo que Rocha había construido durante décadas con distintas generaciones de riogalleguenses.
Los discursos de despedida
Durante el acto de sepelio tomaron la palabra dos personas. En representación de los amigos habló el doctor Bartolomé Pérez, quien expresó el pesar por el fallecimiento. También lo hizo el reverendo padre Miguel Giosa, quien destacó la pérdida que significaba para toda la comunidad la muerte de Juan Bautista Rocha.
Las intervenciones acompañaron el recorrido final hacia el cementerio, donde concluyó un cortejo que, según las crónicas de la época, reunió a una gran cantidad de vecinos.
Del puerto al deporte
El diario La Opinión Austral también recordó los distintos aspectos de su trayectoria. “Vivió entre nosotros durante más de medio siglo. En la plenitud de su vida llegó a estas tierras, fuerte y vigoroso”.
La publicación repasó luego su experiencia vinculada a la actividad marítima. “Gran conocedor de los trabajos relacionados con la actividad portuaria fue capataz y hombre de confianza de los agentes marítimos de nuestro medio”.
En aquellos años, el puerto de Río Gallegos concentraba buena parte del abastecimiento regional. Las chatas trasladaban cargas entre la playa y los barcos fondeados frente a Punta Loyola. Rocha coordinó esas tareas durante décadas y conocía en detalle el funcionamiento de las agencias marítimas que operaban en la ciudad.
El deporte como otra parte de su vida
Su actividad no terminaba cuando concluía la jornada laboral. El diario señalaba: “Sus pesadas tareas aún le dejaban tiempo para el deporte que practicaba con pasión”.
Ese vínculo con el deporte se expresó de distintas maneras. Fue socio fundador de instituciones deportivas, colaboró con Hispano Americano, San Lorenzo, Neptuno y Matadero, dirigió equipos infantiles del Colegio Salesiano, arbitró partidos cuando hacía falta y acompañó a distintas delegaciones que viajaban a competir.
También impulsó los equipos “Pibes Alegres” y “Juventud Triunfadora”, integrados por niños y adolescentes.
Sus hijos continuaron esa tradición futbolística y varios de ellos fueron jugadores destacados de clubes locales.
Décadas después, la Municipalidad de Río Gallegos bautizó con su nombre al actual Gimnasio Municipal Juan Bautista Rocha, reconocimiento que mantiene vigente su memoria.
“Ya se lo esperaba como a un amigo imprescindible”
Uno de los párrafos más recordados de la publicación de diciembre de 1972 resume el lugar que ocupaba en la vida cotidiana de Río Gallegos. “Como si esto fuera poco aún robaba minutos a sus horas para acompañar el dolor de los demás cuando una desgracia se adueñaba de algún hogar; no sólo aportaba su presencia, sino decidida colaboración y la cuota de su afecto.”
Y agrega: “Es más, creemos que en su larga existencia entre nosotros supo compartir tantos momentos difíciles, que ya se lo esperaba como a un amigo imprescindible.”
La frase sintetizaba una costumbre que distintas generaciones todavía recuerdan.
El hombre detrás de la promesa
En una entrevista concedida esta semana a LU12 AM680 y La Opinión Austral, Adriana Luna volvió a explicar el origen de aquella decisión que marcó la vida de su abuelo. “Esa promesa la hizo mi abuelo cuando sale de Cabo Verde. Se la hizo a su mamá, diciéndole que iba a acompañar cada alma hasta su última morada.”
Luego agregó una reflexión que ayuda a comprender el sentido de ese compromiso. “Nunca volvió a ver a su familia y creo que esa era su manera de acompañar el dolor de los demás.”
Juan Bautista Rocha nunca regresó a Cabo Verde. Su vida transcurrió íntegramente entre Tierra del Fuego y Santa Cruz.
En Río Gallegos formó su familia junto a Asunción Pérez, tuvo nueve hijos, trabajó en el puerto, integró instituciones deportivas y construyó una red de vínculos que perduró durante generaciones.
Un legado que sigue presente
Más de medio siglo después de su muerte, el nombre de Juan Bautista Rocha continúa formando parte de la vida cotidiana de Río Gallegos. Una calle recuerda su trayectoria. El gimnasio municipal lleva su nombre.
Su historia volvió a ocupar un lugar central en los últimos días a partir del histórico cruce entre Argentina y Cabo Verde en el Mundial 2026, que permitió reconstruir el recorrido de aquel niño que escapó como polizón de una isla africana, fue protegido por sacerdotes salesianos y encontró en la Patagonia el lugar donde desarrolló toda su vida. Pero, entre todos los recuerdos que dejó, hay uno que resume el vínculo construido con la comunidad. El hombre que durante décadas caminó detrás de los cortejos fúnebres de otros vecinos recorrió, el 10 de diciembre de 1972, ese mismo camino por última vez, acompañado por la ciudad en la que había decidido quedarse para siempre.
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