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Hay miles de riogalleguenses que conocen el nombre de Juan Bautista Rocha por el gimnasio municipal ubicado en el barrio Jorge Newbery. Otros también identifican la calle que lleva su nombre, junto al estadio de Ferro YCF. Sin embargo, detrás de esos homenajes existe una historia que comenzó a más de 8.000 kilómetros de la Patagonia, en el archipiélago africano de Cabo Verde.
Juan Bautista Rocha nació el 24 de junio de 1897 en Cabo Verde, cuando el archipiélago todavía era una colonia de Portugal. Décadas después sería reconocido como uno de los vecinos más conocidos de Río Gallegos, donde desarrolló una intensa actividad vinculada al deporte, al trabajo portuario y a distintas acciones comunitarias que quedaron registradas por quienes compartieron con él gran parte de la historia de la ciudad.
El 26 de junio pasado, el entrenador Pedro Leitão Brito de la selección de fútbol de Cabo Verde se sentó con el pecho inflado luego de que sus jugadores venciera a Arabia Saudita y clasificaran a los 16avos del Mundial 2026 y recordó historias como las de Juan Bautista “El Negro” Rocha. “Es un orgullo poder enfrentar a Argentina, un país con el que tenemos una conexión antigua. Hay muchos caboverdianos que emigraron a Argentina hace mucho tiempo”.
Las primeras oleadas llegaron atraídas por el trabajo portuario y marítimo a fines del Siglo XIX y principio del XX. Los grandes destinos fueron desde el principio con salida al mar: Comodoro Rivadavia, Rosario, Bahía Blanca, pero sobre todo Dock Sud y Ensenada.
“Más de un caboverdiano llegó escondido de polizón entre el carbón. Se metían en los barcos que atracaban en la isla de San Vicente donde estaba el carbón de piedra antiguamente utilizado para el combustible. Mi padre llegó de polizón. Después de tres o cuatro intentos lo logró. Al ser colonia portuguesa no tenían ni siquiera documentación y la falta de dinero hacía todo realmente complicado”, contó hace poco, en medio del furor por la clasificación mundialista, a Página/12, Adalberto Vicente Díaz, cónsul de Cabo Verde en Argentina.
Y es la odisea de Juan Bautista Rocha.
El niño que escapó para no ingresar al seminario
Su historia comenzó cuando apenas tenía diez años. Según el relato reconstruido por sus hijos y la información publicado años antes por La Opinión, periódico antecesor de La Opinión Austral, en su familia era habitual que los hijos colaboraran con la Iglesia. Rocha había sido monaguillo y sus padres pretendían que continuara ese camino ingresando al seminario para convertirse en sacerdote.
Sin embargo, el niño decidió tomar otro rumbo. Se escondió como polizón en un barco que zarpó desde Cabo Verde con el objetivo de escapar del destino que le habían preparado. Aquella decisión marcaría para siempre el resto de su vida.
Durante la travesía fue descubierto por la tripulación. El capitán resolvió que, una vez que el buque llegara a Brasil, sería entregado a la representación diplomática portuguesa para ser enviado nuevamente a su tierra natal. Pero el desenlace cambió gracias a un grupo de misioneros salesianos que viajaba en la misma embarcación.
El sacerdote salesiano que cambió su destino
De acuerdo con la reconstrucción histórica, Rocha le pidió ayuda a uno de los sacerdotes salesianos para evitar ser devuelto a Cabo Verde. El religioso decidió hacerse responsable del niño y convenció al capitán para que le permitiera continuar el viaje. Así llegó a Buenos Aires bajo la protección de los salesianos.
Posteriormente integró la misión que continuó viaje hacia Punta Arenas y luego hacia Tierra del Fuego, donde comenzó una nueva etapa de su vida. Ese sacerdote no sólo evitó su regreso a África, sino que además se convirtió en quien lo educó hasta que pudo desenvolverse por sus propios medios.
De Tierra del Fuego a Río Gallegos
En Tierra del Fuego ingresó a la Subprefectura Marítima. Con el paso de los años también trabajó como guardiacárcel del histórico presidio de Ushuaia. Fue allí donde conoció a Asunción Pérez, una inmigrante gallega nacida en Vigo, provincia de La Coruña. La pareja contrajo matrimonio en 1927 y posteriormente se trasladó a Río Gallegos, donde existía otra dependencia de la Prefectura.
La familia se fue instalando en distintos puntos de la ciudad conforme nacían sus hijos. El primero fue Adolfo, hijo de Asunción de una relación anterior. Luego nacieron Enrique, Ángel, Julio, Jesús César, Ana Dorinda, Irma Teresa, Héctor y Enedina.
El puerto durante la época del transporte marítimo
Tras dejar la Prefectura, Rocha decidió dedicarse al trabajo portuario. Su conocimiento sobre las mareas le permitió desempeñarse como capataz de playa y, posteriormente, convertirse en capataz general de las distintas agencias marítimas que operaban en Río Gallegos durante el período de mayor movimiento del transporte marítimo patagónico.
En aquellos años prácticamente todo el abastecimiento de los pueblos del sur y de las estancias llegaba por vía marítima. También desde el puerto partían hacia otros destinos la lana y la carne ovina producidas en la región.
Entre las empresas que operaban entonces figuraban Enosis —vinculada a La Anónima—, los buques Lucho y la agencia Sureda. Rocha coordinaba cuadrillas encargadas de cargar y descargar embarcaciones, una tarea que podía demandar jornadas completas dependiendo del movimiento de cada barco.
El trabajo en Punta Loyola
Los grandes buques permanecían fondeados frente a Punta Loyola debido a las características de la ría de Río Gallegos. Las mercaderías eran trasladadas mediante chatas remolcadas hasta la playa. Desde allí comenzaba un trabajo completamente manual.
Los changarines cargaban al hombro bolsas de cemento, arena, cal y distintos productos que luego debían trasladar caminando por tablones para evitar hundirse en el pedregullo. Después continuaban otros cien metros hasta los depósitos o los lugares donde comerciantes y transportistas retiraban la carga.
Durante el invierno las temperaturas eran inferiores a los 10 grados bajo cero y muchas veces el único momento de descanso consistía en acercarse algunos minutos a una pequeña fogata antes de continuar trabajando. Los operarios cobraban únicamente por el trabajo realizado, por lo que detenerse implicaba dejar de percibir ingresos.
También fue esquilador
Cuando disminuía la actividad portuaria buscaba otros trabajos. Uno de ellos era la esquila. Participó en comparsas encabezadas por Julio Corzar y trabajó en establecimientos rurales de familias como los Riquez, Aristizábal y Suárez.
El pago se realizaba por cantidad de animales esquilados y, según los relatos recopilados por su familia en un artículo en Tiempo Sur, incluso se organizaban desafíos para determinar quién lograba esquilar más ovejas durante una jornada.
El deporte como forma de integración
Con el tiempo su nombre comenzó a estar estrechamente ligado al deporte de Río Gallegos. Fue socio fundador de distintos clubes, entre ellos Neptuno, Hispano Americano y San Lorenzo. También colaboró con Bomberos Voluntarios y llegó a presidir el Club Matadero.
Su mayor participación estuvo vinculada al fútbol. Además de jugar, entrenó equipos infantiles del Colegio Salesiano. Conducía los planteles “Pibes Alegres” y “Juventud Triunfadora”, con los que viajaba periódicamente a Punta Arenas para disputar encuentros deportivos. Cuando hacía falta un árbitro también aceptaba dirigir partidos.
Una promesa a la madre que cumplió durante décadas
Más allá de su actividad deportiva, una de las facetas que más recuerdan quienes lo conocieron estuvo relacionada con una promesa realizada antes de abandonar Cabo Verde.
Según relataron sus hijos, había prometido a su madre acompañar hasta su última morada a cada vecino del lugar donde viviera. Cumplió ese compromiso durante décadas.
Cuando fallecía un vecino colaboraba con la preparación del cuerpo, realizaba trámites para el sepelio y acompañaba el cortejo fúnebre hasta el cementerio. Incluso, cuando comenzaron a utilizarse carrozas fúnebres para trasladar los féretros, continuó realizando el recorrido a pie. Las familias solían buscarlo y él respondía: “Yo me encargo”.

También se molestaba cuando se enteraba tarde del fallecimiento de algún vecino porque entendía que no había podido cumplir con aquella promesa realizada en su infancia.
El reconocimiento de Río Gallegos
Con el paso del tiempo, la Municipalidad de Río Gallegos decidió homenajear su trayectoria. Durante la gestión del intendente Marcelo Cepernic, el gimnasio municipal inaugurado en la ciudad fue bautizado con el nombre “Juan Bautista Rocha“, en reconocimiento a su permanente trabajo en favor del deporte y de la formación de niños y jóvenes. Años más tarde, también una calle del barrio El Puerto recibió su nombre mediante el Decreto Municipal 1168 de diciembre de 1985.
Décadas después de su fallecimiento, el nombre de Juan Bautista Rocha continúa presente en la vida cotidiana de Río Gallegos. El gimnasio municipal que lleva su nombre permanece como uno de los principales espacios deportivos de la ciudad, sede de competencias, escuelas municipales y actividades recreativas para distintas edades.
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