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En el marco del Jueves Santo, la comunidad de San Miguel, en el barrio porteño de Parque Patricios, celebró la Misa de la Cena del Señor en un clima de recogimiento y profunda oración. La celebración fue presidida por el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, junto al párroco Juan Veiga.

Durante la homilía, el arzobispo puso el foco en los dos grandes gestos que, según el Evangelio, Jesús dejó en la Última Cena: la Eucaristía y el mandamiento del amor. En ese sentido, remarcó que Cristo eligió quedarse “en cosas tan sencillas como el pan y el vino”, que se transforman en alimento espiritual para la vida.

Hay un hambre profunda en el corazón, hambre de paz, de alegría, de perdón, de sentido. Y el único modo de calmar esa hambre es con el cuerpo y la sangre de Cristo”, sostuvo. En esa línea, explicó que la participación en la Misa no responde a una perfección moral, sino a una necesidad: “Venimos porque nos sentimos necesitados de Dios, venimos a buscar fuerza, sentido y paz”.

El arzobispo también recuperó una de las definiciones tradicionales de la Iglesia al afirmar que la Eucaristía “es remedio para los enfermos y fortaleza para los débiles”, en clara alusión al carácter sanador y sostenedor de la fe en la vida cotidiana.

En otro tramo de su mensaje, García Cuerva profundizó sobre el segundo gesto de Jesús en la Última Cena: el lavatorio de los pies. Allí subrayó el valor del servicio como expresión concreta del amor cristiano.

“Jesús abraza tu vida, no le importa por dónde estuviste ni lo que cargás. Lo que pasa en los pies es reflejo de lo que pasa en la vida”, expresó, en una de las frases más fuertes de la celebración. Y agregó que la vida también “duele, se lastima y a veces se tapa por vergüenza”, pero que el amor de Dios irrumpe precisamente en esa fragilidad.

Finalmente, convocó a los fieles a asumir ese mismo camino: “Si Dios lavó tus pies y abrazó tu vida, no te queda más que abrazar la vida de los demás”, dijo, en un llamado directo a vivir la fe desde la misericordia, el perdón y el servicio.

La celebración del Jueves Santo marcó así el inicio del tramo más intenso de la Semana Santa, con un mensaje centrado en la necesidad espiritual del ser humano y en el compromiso concreto con el otro.

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