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Por Osvaldo Mondelo, Periodista Diplomado.

 

Año 1953. Un escritor norteamericano por entonces poco conocido, Ray Bradbury escribía una novela irruptiva en la narrativa de la época. La obra habría de convertirse en un clásico universal de la literatura de ciencia ficción: “Fahrenheit 451”.

El autor, describía un mundo distópico, donde los libros estaban prohibidos y las personas lectoras, sospechadas de subversivas.

La obra, una ficción política de la persecución y la quema de libros, escrita en los primeros los tiempos de la guerra fría, habría de tener durante los oscuros años de la dictadura militar, (Proceso 1976-1983), su correlato escénico en la realidad de la Argentina.

En la trama de Bradbury, son los bomberos los encargados de arrestar personas e incinerar textos, en nuestro país, otros uniformados serían los protagonistas de la represión y la hoguera.

Cientos de escritores, periodistas, cineastas, artistas, y trabajadores de la cultura padecieron al integrar las listas negras la cárcel, la tortura, el exilio y la muerte. También, miles de lectores sufrieron el terrorismo de Estado, por el solo hecho de tener en sus bibliotecas libros proscriptos.

Los allanamientos domiciliarios, por lo general nocturnos y sin orden judicial, destrozaban viviendas en búsqueda de literatura extremista o material propagandístico.  El saqueo y destrucción de textos en bibliotecas universitarias y populares fue una práctica cotidiana del control social.

Un capítulo aparte significaría mencionar la perdida de editoriales y librerías que debieron cerrar sus puertas.

Muchos estudiantes y jóvenes de aquella generación debimos esconder, enterrar, cambiar las tapas o tirar libros a la basura ante el temor de la represión. Miedo a la brutalidad.

La cacería de libros y lectores superó la entelequia de Bradbury.

Ningún género literario quedó exceptuado de la censura. La literatura infantil, (“El principito” de Saint- Exupery), las canciones de María Elena Walsh, la poesía de Pablo Neruda, el tango Cambalache, los textos de las matemáticas modernas, la ficción de los principales autores latinoamericanos. Textos de revisionismo histórico. Libros de sociología, sexo, humor, rock, incluso documentos de la propia Iglesia Católica, formaron parte de un extenso inventario de libros prohibidos. Sacados de circulación o quemados por ser considerados subversivos, de infiltración marxista o contrarios a la moral occidental y cristiana de la sociedad argentina.

El 29 de abril de 1976, se materializaba en Córdoba una de las escenas plasmadas, imaginadas, en el libro “Fahrenheit 451”. Por orden del general Luciano Benjamín Menéndez, en los cuarteles del Tercer Cuerpo del Ejército, se procedía a la quema de más de mil libros. La gran fogata fue presidida por el jefe del regimiento, teniente coronel Gorleri, quien manifestó: “Incineramos esta documentación perniciosa que afecta al intelecto, a nuestra manera de ser cristiana… y en fin a nuestro más tradicional acervo espiritual sintetizado en Dios, Patria y Hogar”.

El militar argentino, fanático, como un monje religioso de la conquista española que ha eliminado los códices mayas y aztecas o encarnado en un miembro de la Inquisición medieval que ha quemado a una bruja en una plaza, regreso satisfecho a su oficina, mientras las letras se retorcían como hojas secas en el fuego purificador.

La política sistemática de la desaparición física de personas, del Proceso de Reorganización Nacional tuvo su correlato cultural. Era necesario establecer una amnesia colectiva en la sociedad para favorecer la represión planificada y para imponer un modelo económico que no fuera cuestionado por el pensamiento crítico.

En ese contexto el libro fue considerado un instrumento sedicioso del orden. Desde sus páginas se podría adoctrinar, infiltrar ideas y estimular la rebelión popular.

El propio libro de Ray Bradbury, fue prohibido por la dictadura militar argentina por narrar una quema de libros.

La escritora Beatriz Doumerc y el ilustrador Ayax Barnes, fueron censurados en 1975 por su obra infantil “El pueblo que no quería ser gris”. El cuento narra la historia de un Rey que quería pintar todo el pueblo de gris y los habitantes deciden pintar de colores sus casas. La resistencia a la autoridad y los colores como expresión de la libertad fueron argumentos para que un decreto determinara su prohibición.

¿Concluida la dictadura se terminó con la censura y las listas negras de escritores?¿La democracia nos liberó y podemos acceder a cualquier libro?

No siempre. Dos experiencias de autoritarismo:

  • 1984. Santa Cruz, gobierno Justicialista. El gobernador Arturo Puricelli, veta un proyecto de ley, aprobado por la legislatura de la provincia para que sea incluida en la currícula educativa,la lectura complementaria del libro “Los vengadores de la Patagonia trágica” del autor Osvaldo Bayer.

El proyecto aprobado por la mayoría de los diputados, conto con el voto negativo, de la Dra. Ángela Sureda, diputada por el radicalismo y ex–intendenta de facto de la última dictadura militar en el municipio de Río Gallegos, entre los años 1981-1983. El argumento no hay que abrir viejas heridas de la sociedad santacruceña. Puricelli y Sureda coincidan que mejor es el silencio, el ocultamiento de los fusilamientos de obreros rurales.

  • 2024. Presidencia de Javier Milei. La novela “Cometierra”, escrita por Dolores Reyes, traducida a 15 idiomas y destacada por la crítica literaria internacional, fue considerada de contenido pornográfico por la administración libertaria y sectores ultra-conservadores.

El libro incorporado al programa cultural “Identidades bonaerenses”, que incluye 122 títulos de ficción y no ficción para distribución gratuita en los colegios de la provincia de Buenos Aires, fue duramente criticado por el gobierno nacional, especialmente por la vicepresidenta de la Nación que calificó a la obra como una exaltación a la pedofilia y la sexualidad de los niños. Una fundación “apolítica” ha presentado una denuncia penal. La historia continua y la lucha por la libertad de la lectura también, es posible que haya otras acciones de censura.

Los libros seguirán siendo peligrosos para el poder. Y hay una cosa que tiene razón los censores. Sean estos milicos o civiles conversos, admiradores de Joseph Goebbels, funcionarios de Franco, Pinochet o Videla. LA LECTURA PERJUDICA SERIAMENTE A LA IGNORANCIA.

Así que a 50 años del golpe militar.  Que florezcan nuevas lecturas. Obras que despierten conciencia. Libros que estimulen a no ser cómplices de las injusticias.

“Fahrenheit 451”, es un texto, de imprescindible lectura para comprender las grandes encrucijadas de nuestro tiempo, como lectores y como ciudadanos.

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