La citación del Regimiento 7 de La Plata que llegó a su casa de Lanús el 9 de abril de 1982 marcó la vida de Jorge “Beto” Altieri.
El 13 de abril salieron del Regimiento hacia Palomar y el 14 con rumbo a Río Gallegos. El 15 de abril “tomé prestado un libro en un puesto de diarios del aeropuerto de Río Gallegos. Me interesaban las cosas paranormales, justo hablaban de pie grande o Sasquatch como le decían en el libro, pensé: Me lo llevo y lo leeré un poco allá y cuando vuelva, lo devolveré. Ahí empecé a escribir”, recuerda a casi 41 años, en diálogo con LU12 AM680.
Inesperadamente el libro de Renzo Cantagalli se convirtió en un diario de viaje. En una primera página y media, en los espacios en blanco del “enigma antropológico”, relata los detalles de la jornada, casi como una bitácora: distancias de caminata, preparación del campamento, comidas.

Pero “el 4 de mayo a las 5,30 horas cambió el destino de nuestras vidas porque empezó el ataque aéreo (…), nos despertamos con un fuerte estallido y después con ¡Alerta roja”. Salimos todos de las posiciones y veíamos como en aeroparque de Malvinas se iniciaba un violento combate: cuatro aviones ingleses, tres en el mar y uno cayó a tierra espectacularmente, esto en la isla, pero en el mar nuestros aviones ponían fuera de combate a tres corbetas y siete aviones”.
El escrito repasa el saldo de ese combate y menciona también al hundimiento del Crucero ARA General Belgrano. El diario de guerra se ve interrumpido por el joven de 20 años que dice “a todo esto yo estoy metido en este pozo lleno de barro y humedad con hambre y frío”.

La bitácora se retoma pero en esas circunstancias nuevamente los sentimientos afloran. “Esta vida no se soporta, uno se pasa todo el día pensando en los seres queridos, aunque esté peleado o no, pero por suerte y gracias a Dios para el 19 de mayo termina todo para nosotros pues esperamos irnos para Buenos Aires”, anhelaba por esos días.

“Escribí bastantes cosas, se frenó para los primeros días de junio porque para esa fecha cayó una bomba muy cerca de donde estábamos. A un soldado que se llama Grillo lo hiere en el brazo y a los otros dos que estábamos ahí nos desparrama, parece que eso me hizo frenar el pulso. Pucha ya estamos acá, estamos con riesgo de muerte, dónde irán a parar estas hojas, algo de eso habré pensado y dejé de escribir. Cuando finalizó mi combate (en Monte Longdon) el 12 de junio, porque fui herido, el libro quedó allá”, relata.
41 años después
Bryn Whyte del Cuerpo de Ingenieros del Ejército Británico fue quien encontró el libro en la posición en la que había combatido “Beto” y tomó las páginas escritas: ocho en total. “Él quería saber si el que escribió ese libro estaba vivo o había fallecido allá en el conflicto, junto con un muchacho de Santa Fe. En el libro no pongo quién lo escribía, no tenía una firma”, señala.

En Argentina el colaborador de la búsqueda fue Agustín Vázquez. “Empezaron a buscar quién estuvo en el Regimiento 7 en Monte Longdon, en la Compañía B, hicieron contacto con distintos soldados y nadie conocía al que lo escribió pero sí a la persona que nombraba en ese libro”.
Un compañero llamó a “Beto” para preguntarle si sabía a quién podían pertenecer las páginas y le comenzó a leer.
Las menciones al cabo Carrizo y a un Juan Carlos (hermano de “Beto”) que junto a su esposa habían sido padres le sonaba cercana.

“Las bombas de crema que hace Katy que son muy ricas”, recuerda que le leyó su compañero y ahí fue cuando “Beto” lo detuvo. “Pará, pará, eso es mío loco”, le dijo y tras escuchar unas líneas más confirmó, esas páginas las había escrito él.
– ¿De dónde lo sacaste? ¿Quién lo tiene?
– Mirá, está en manos de un soldado inglés, te lo quiere entregar.
– Haceme el contacto.
“Beto” se comunicó con Agustín Vázquez, quien le envió las copias que tenía de las páginas. Si existía alguna duda, ya se había disipado.
“Teníamos ganas de ir a Inglaterra para recoger las hojas y darle un abrazo fuerte a este soldado inglés, aunque hayamos sido enemigos en la guerra, pero por ahí podamos ser grandes amigos en la paz”.

Desde Inglaterra, el soldado envió las páginas originales a Santa Fe.
Fue el pasado 19 de enero que Vázquez viajó a Buenos Aires para encontrarse con “Beto”.
“Nos encontramos en el Monumento de Malvinas, nos quedamos charlando un rato. La emoción… se me llenaron los ojos de lágrimas de tocar nuevamente el papel que había tocado hacía casi 41 años”, cuenta.
En la Patagonia
El lazo con el sur no es sólo con las Malvinas, también con Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.
“Cuando mi mamá Hazel Quintina vino a la habitación donde estaba internado, me puse a llorar por como estaba, no me dejaron ver mi cara en un espejo, después pude conseguir verme. Mi mamá me decía: Beto no llores, estás acá, por lo menos estás. Esa fue la emoción que uno tuvo de recibir a la madre ahí y que te haga poner más valiente de lo que fuimos en la guerra”, cuenta.

Al año siguiente, regresó a Comodoro, quería agradecer. El avión pasó por Río Gallegos pero sólo para cargar combustible, entre idas y vueltas, logró bajar en el aeropuerto.
“Busqué el puesto de diarios para contarle lo que había pasado y agradecerle por el libro que lamentablemente ya no tenía, pero el puesto no estaba más y había otras personas, no pude cumplir mi misión de hablar y decirle gracias por ese libro que pude tomar”, señala.
Hasta Tierra del Fuego también ha viajado en varias oportunidades para participar de la vigilia que cada 1° de abril se realiza en Río Grande.
En tanto que a Malvinas, después de la guerra, regresó en tres oportunidades, en 2004, en 2012 y 2018.
En 2012 viajó con un grupo de veteranos y a su regreso de las islas, cuando bajaron del avión en Río Gallegos, recuerda especialmente el recibimiento que les dieron los excombatientes locales: “Entramos al aeropuerto y empezaron a tocar la marcha de Malvinas, la emoción fue tan grande de mis compañeros, de que te reciban como nos tenían que haber recibido aquel 14 o 15 de junio con una banda, nos abrazamos, nos quedamos con ellos toda la noche y al otro día regresamos a Buenos Aires”.

“Sé que en el sur, en la Patagonia, Malvinas es distinto, en la Patagonia a la guerra la vivieron de otra forma. En Buenos Aires Malvinas era el Mundial, los cines, los boliches bailables. Únicamente los familiares directos estaban con la radio puesta en la oreja, escuchando Radio Colonia o alguna otra emisora para ver cómo iba el problema allá en el sur de Malvinas, por ahí algunos estarían igual, pero los más allegados eran los que sufrían más y hasta el momento lo siguen sufriendo, todavía quedan papás y mamás de los soldados muertos en Malvinas”.
Uno de esos soldados es Omar Brito. “El cuerpo no se encuentra en Darwin y no sabemos dónde está, pensamos que está en Monte Longdon enterrado en un lugar que no sabemos y no lo encontraron los británicos”.
“Estamos tratando que tanto Argentina como Inglaterra se pongan las botas bien puestas y pueda hacer el trabajo de encontrarlo. De tanto que tiraba este soldado, un francotirador ingles le tiró un tiro en la frente, en el casco”, comenta y agrega:

“La lucha de Malvinas para los combatientes no termina, seguimos con todo y en especial con casos así, nunca íbamos a imaginar que nuestro compañero iba a estar olvidado en el monte Longdon”.
En este sentido, añade: “Lo que decimos siempre los combatientes de Malvinas es que si es necesario volver, volvemos”.
En 2019, luego de ser subastado en dos oportunidades, “Beto” recuperó el casco con el que salvó su vida, historia que luego se convirtió en libro. Ahora, recuperó su diario.
“Por suerte ya tengo los papeles conmigo y creo que ya cerré gran parte de mi historia en lo que fue la guerra de Malvinas conmigo y mis compañeros”, cierra.
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