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Siempre fui la oveja negra y problemático como todo hijo único” comienza relatando Héctor Fabián Camporro su iniciación en el Karate. Y ahonda en detalles.

Era el año 1982, plena guerra de Malvinas. Tenía 14 años y en ese año la ENET (NdR: Escuela Nacional Educación Técnica) abrió una escuela de karate en la calle Vélez Sarsfield. Ahí fue mi primer contacto con un dojo de karate y me gustó tanto que empecé a comprarme las revista Bruce Lee y Yudo Karate. Pero no me convenció el estilo que enseñaba el profesor de ese entonces” rememora.

Luego de esa primera experiencia siguió adentrándose en el mundo del karate pero sin practicar. Hasta que en 1985 decidió retomar la práctica en el año en el Club Hispano Americano.

En ese momento el dojo donde se practicaba funcionaba debajo de la pileta y como el piso no era el adecuado para entrenar, el grupo de karatecas del que formaba parte Héctor se organizó para colocar un piso totalmente nuevo.

Era un piso innovador en la Patagonia. No había un piso flotante de madera de esa calidad en otro lado” recuerda. En esa escuela que funcionó bajo las órdenes del profesor Furriol durante 35 años, Héctor se hizo cinturón negro en los primeros siete años de práctica.

Pero tuvieron que pasar siete años más de ese logro para que empezara a sentirse con la capacidad de poder enseñar todo lo aprendido. A la par que seguía practicando, se convirtió en secretario de la primera asociación de karate que se fundó en la provincia. La número 310 recuerda con precisión. Ahí pasó, según sus palabras, a ser un “dirigente practicante”.

A medida que iba perfeccionando su técnica y ya con el respaldo de la asociación, empezó a viajar y competir representando a Santa Cruz. De esos viajes hay anécdotas que vale la pena rescatar.

Viajábamos en el colectivo El Pingüino a Capital Federal, a Chaco, a Corrientes representando a la provincia y a veces se nos rompía la calefacción o tardábamos cuatro días en llegar y terminábamos compitiendo con las piernas entumecidas.”

A pesar de tantos años practicando Héctor seguía sintiendo que no estaba preparado para enseñar a otros. Sin embargo, este tipo de viajes y competencias fueron generando en el algo más fuerte que la sola práctica. Empezaba a sentir que de alguna forma sí podía transmitir sus conocimientos, los cuales creía que se afianzaban en base a cada torneo o campeonato del que participaba.

No pensaba que tenía la capacidad de enseñar. Pero después de tantos sacrificios, con viajes donde nos alojábamos en gimnasios del ejército o donde llegábamos en total desventaja contra otros competidores, y viendo también que otras personas enseñaban sin tanta trayectoria, decidí animarme” y agrega lo que parecería ser una sentencia: “para enseñar hay que estar más preparado que tener un simple cinturón negro”.

En el año 1994, representando a Santa Cruz en un campeonato nacional en Corrientes. FOTO LA OPINIÓN AUSTRAL/1994

Así fue que finalmente en el año 1999 decidió presentar su propio proyecto de escuela en el Boxing Club. Aunque aclara que previamente había ayudado a organizar el primer torneo de la disciplina en el año 1994, una experiencia que también lo ayudó a convencerse que su camino podía seguir por el lado de la enseñanza.

De aquellos primeros años enseñando en el Boxing aún mantiene frescos algunos recuerdos que explican un recorrido lleno de sacrificios y pasión por este deporte.

“Entrenábamos en la cancha de squash del Boxing cuando estaba en avenida San Martín, así que antes de cada clase iba con el balde agua y lavandina a limpiar los escupitajos de los jugadores.”

Desde aquellos días limpiando saliva ajena para que los alumnos entrenen en condiciones óptimas, pasaron más de dos décadas, con experiencias en colegios de la ciudad como el Poplars School y con alumnos que han sabido coronarse en competiciones nacionales e internacionales, e incluso continuaron su camino, enseñando y abriendo más escuelas de Karate.

La historia de Héctor con el deporte está llena de condimentos, de vivencias, e incluso de legado entre generaciones, ya que sus hijos también abrazaron esta disciplina consiguiendo destacados logros e impartiendo sus conocimientos en diferentes instituciones.

Lo cierto es que el reconocimiento Héctor lo tiene más que merecido. Por sus enseñanzas, sus compromiso y su humildad para transmitir lo aprendido.

En el HCD con su familia y alumnos recibiendo el reconocimiento. FOTO: LEANDRO FRANCO/ LA OPINIÓN AUSTRAL

Para concluir este pedacito de su historia, nada mejor que hacernos eco de sus propias palabras escritas.

“Siento que todavía tengo mucho por dar. Seguiré trabajando desde mi lugar, como profesor y como director técnico provincial, con el objetivo de que el karate continúe creciendo y formando mejores personas, que es, en definitiva, nuestro verdadero propósito.”

 

 

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