Your browser doesn’t support HTML5 audio
La trama de sometimiento, manipulación y violencia física que conmocionó a Río Gallegos tuvo su punto de quiebre en las últimas horas, cuando la justicia resolvió mantener tras las rejas a K. Romero, una mujer de 27 años acusada de privar de la libertad y lesionar gravemente a su expareja.
La detención se logró tras un operativo desplegado por la División de Investigaciones (DDI) de Río Gallegos en una vivienda de la calle Tres Lagos, luego de que las tareas de inteligencia criminal permitieran rastrear el automóvil vinculado al hecho.
Sin embargo, detrás del rigor de los partes policiales y las actuaciones del Juzgado de Instrucción Número 2, emerge la voz de la sobreviviente, Y.B., una joven de 23 años que rompió el silencio en exclusiva ante la audiencia de LU12 AM680 para reconstruir los casi siete meses de terror que padeció en la intimidad del hogar.
Lo que comenzó como una amistad sin señales de alarma terminó convirtiéndose en un verdadero calvario. La relación entre ambas se gestó en el terreno virtual, lejos de cualquier presagio delictivo.
Según relató la propia Y.B. a la Decana de la Patagonia, el vínculo “surgió a base de Instagram, nos habíamos conocido como amigas para tomar mate. Era conocida de un amigo de la familia porque trabajaba con él en su momento en el Ejército y no me había comentado nada negativo de ella, entonces no lo vi mal plan para conocerla y después se fue dando la relación”.
En aquel entonces, las trayectorias de ambas parecían discurrir por carriles habituales dentro de la comunidad local. Respecto a sus ocupaciones, la víctima detalló que Romero “trabajaba antes en el ejército, pero le dieron de baja por mala conducta. Yo en su momento no trabajaba o era asistente de mi tía en una joyería. Entonces de vez en cuando iba a ayudarle y ella me pagaba”.
La convivencia
No obstante, la convivencia no tardó en tornarse asfixiante y violenta. Las agresiones verbales gradualmente escalaron hacia agresiones físicas de extrema gravedad durante los primeros meses del año, acentuadas por el consumo de sustancias por parte de la agresora. Al respecto, Y.B. recordó con precisión cómo la escalada afectó su integridad: “Ella me tenía bajo amenaza de que le podía llegar a hacer algo a mis hermanitos o a mi nena.
El primer hecho de violencia que tuve con ella fue a principio de este año que empezaron los golpes; antes eran insultos y esas cosas, pero volaron este año, que fue un golpe en la nariz que me dejó hinchado, creo que por dos semanas, y en abril más o menos empezó el calvario, que fue lo más feo, fue que me quemó los pechos con una plancha que tuve que denunciar”.
Sometida a un cerco psicológico donde la vida de sus seres queridos estaba en juego, la joven permaneció atrapada en la vivienda sin margen para escapar. La coacción era directa y constante, según sus propias palabras: “Seguía conviviendo con ella dado que, me decía que iba a hacerle algo a mis hermanos más chicos“.
Esta situación se veía agravada por los hábitos de Romero, quien canalizaba la violencia de manera imprevista. La sobreviviente puntualizó sobre este factor que “sí, ella fumaba porro, tomaba de vez en cuando y eso hacía que ella se ponga más agresiva o se le ocurra idea de cómo con qué lastimar y todo eso”.
El desenlace de esta pesadilla se produjo de manera casi milagrosa gracias a la intervención del entorno familiar de la víctima, en un episodio donde la contención doméstica logró perforar el aislamiento. Y.B. expresó su profundo agradecimiento hacia quienes actuaron sin dudar para rescatarla: “igual estoy muy agradecida con mi familia y la familia que me ayudó en ese momento, que gracias a Dios estaban afuera haciendo asado, que no tuvieron ni un momento para pensar en ayudarme y en llamar a la policía, bajo a que yo dije que no quería a la policía y que quería solo a mi papá. Me ayudaron bastante, he estado muy protegida en este tiempo que estoy en mi casa”.
La atención posterior
Tras la alerta dada por los allegados, se activó el protocolo judicial y las fuerzas de seguridad iniciaron una intensa búsqueda. En el centro médico local, la joven debió someterse a exhaustivas revisiones para certificar los daños sufridos en el cuerpo. “Sí, me revisaron dos tipos de médico en el hospital. Fue el médico forense y el médico de la policía”, explicó Y.B., al tiempo que rememoró los días en que la acusada permaneció prófuga: “cuando pasa todo esto, a mí me derivan al hospital y a ella la estuvieron buscando dos días enteros, que ella estaba justo en una casa de su conocida que trabaja en Anses allá en la calle Tres Lagos”.
La captura de Romero y su posterior conducción a la Comisaría Tercera marcaron el inicio de la etapa procesal, en la cual se determinó que la imputada continuará en prisión preventiva. Frente a las novedades del expediente, Y.B. confirmó sus recientes gestiones en la sede judicial: “la última denuncia la hice yo, pero probablemente mi hermana le había hecho una denuncia”.
Asimismo, agregó sobre su última presentación que “hoy (por este lunes) fui a rectificar la denuncia, fui a agregar más cosas, me informaron que ella sigue detenida, va a seguir detenida por un largo tiempo hasta que se haga lo del juicio”.
El camino hacia la recuperación física, legal y emocional recién comienza para la víctima, quien busca articular su defensa técnica y apoyo psicológico mientras procesa el impacto institucional y social de lo sucedido.
En relación con las herramientas legales y de contención médica a las que apela en este momento, Y.B. indicó que “hoy me dieron un certificado para ir a buscar un psicólogo que me ayude. La Dirección de Políticas de Género de la Municipalidad se comunicó conmigo”.
A su vez, sobre la representación letrada, anticipó que “ahora para mañana tengo turno para buscar un abogado particular para mí, y me dieron dos abogados que también me estarían asistiendo”.
El impacto social de la causa se sintió con fuerza en la comunidad de Río Gallegos. Sobre la postura del entorno de la acusada, la sobreviviente aclaró que “su familia está desligada de ella. Su familia tiene también policías y tiene una nena, están al tanto de todo esto y no quieren saber nada con la situación“.
Por su parte, al reflexionar sobre las consecuencias emocionales en sus propios seres queridos, manifestó que la revelación del calvario “fue un baldazo de agua fría para muchos que me conocen, que conocen a mi familia y saben más o menos cómo soy. Entonces, algo muy fuerte para mi círculo más que nada”.
Hoy, tras la intensidad de los primeros abordajes institucionales, comienza el proceso más complejo: el silencio del hogar y la asimilación del trauma. En un rapto de profunda introspección, Y.B. compartió la sensación que la embargó en las últimas horas: “Ayer fue la primera vez que caí porque estuve dos días en etapa de familia que estuve muy cuidada, pero ayer fue la primera vez que me pude sentir un poquito más sola y ahí tenía para pensar bastante”. La disparidad de edad y de madurez entre ambas -“ella es más grande. Ella tiene 27. Yo tengo 23”, recordó la joven- completa el cuadro de una asimetría que se tradujo en violencia sistemática.
Mientras la Justicia continúa investigando la causa, Y.B. se encuentra con su círculo íntimo buscando sanar una situación que pudo haber terminado siendo más grave y que es uno de los más estremecedores del último tiempo en Río Gallegos.
Leé más notas de La Opinión Austral
Compartir esta noticia