Por estos días, el corazón de un hogar de Río Gallegos, la calidez familiar busca contrarrestar la helada secuela del horror. Allí, con una contextura diminuta que penas supera el metro y medio de altura, la mirada firme pero con un cuerpo que por momentos no puede evitar temblar al recordar, se encuentra Yamina.  Ella, a sus 23 años, lleva en la piel y en la mirada las huellas recientes de una pesadilla que duró meses y que tuvo su pico más atroz durante dos semanas de cautiverio absoluto.

Los hematomas que persisten en su rostro se confunden con las profundas ojeras que le dejó el insomnio de la violencia. La joven, que logró librarse de su captora la semana pasada, abrió las puertas de su casa a La Opinión Austral para dar un testimonio desgarrador sobre lo que le tocó atravesar a manos de su expareja, K Romero, una mujer con formación militar que la mantuvo secuestrada, atada con alambres a una escalera o a la cama, sedada contra su voluntad y bajo amenaza permanente de muerte.

Refugiada en el cariño de los suyos, Yamina repasó este martes el tiempo transcurrido desde que recuperó la libertad y, con la firme decisión de no quedar cruzada de brazos ante la impunidad, aseguró: “Estoy avanzando en todo, estuve buscando abogados”. El camino de la recuperación física y emocional es lento, pero el entorno afectivo funciona como un escudo imprescindible: “Por ahora me siento mejor, estoy contenida por todos lados, tanto mi familia como mis amistades“.

Sin embargo, las secuelas corporales demandan cuidados diarios en la intimidad de la casa: “Ando con tema de curación, me curan en mi casa las heridas porque he tenido bastantes cosas que recuperarme de los brazos y las piernas, pero hasta ahora bastante bien”, dijo con un tono que oscilaba entre lo firme y lo tembloroso.

El choque con la dura realidad de haber esquivado la muerte deja huellas profundas en la psiquis: “Solo un día fue que me sentí un poquito decaída de que volví a la realidad de que estoy viva, ¿pero a qué costo?, dije yo”. Con un suspiro contenido, sintetizó el impacto inicial: “Fue un baldazo de agua fría, pero de a poquito se va mejorando”.

Del contacto en redes al tejido del aislamiento

Para entender la dimensión del cautiverio es necesario desandar el camino de la manipulación. Todo comenzó a través de las redes sociales, como cualquier otra relación : “Todo se dio en sí se dio por base a Instagram, que éramos conocidas”. La vinculación parecía segura por haber un nexo cercano: “Era justo una compañera de un hermano de corazón que tengo, que siempre me comentó que no había nada malo en ella, pero que me fije igual porque muchas chicas dicen ser una cosa y son otra”.

En un principio, nada hacía presagiar la violencia que vendría: “No me dio alarma de nada, entonces nos llevábamos bien y era para amistad la cosa, pero se fue dando más para una relación”. No obstante, el escenario cambió radicalmente con el paso de las semanas: “Entre octubre y noviembre se empezó a poner más fea la cosa: empezaron los celos y las prohibiciones más que nada con mi familia y con mis amigos“.

Las lesiones provocadas por un martillo en la frente de Yamina. FOTO: LEANDRO FRANCO/ LA OPINIÓN AUSTRAL

El cerrojo afectivo comenzó a cerrarse progresivamente sobre el entorno más íntimo de la víctima: “No le gustaba que la gente se acerque, no le gustaba que yo comparta con mi familia, era hasta con mis hermanos por la relación que yo tengo con ellos”. El ataque contra el núcleo familiar era constante: “Ella siempre apuntaba como que mis hermanos no tenían por qué llevarse así conmigo porque la familia tiene que estar de lejos no más”.

K. Romero desplegó una estrategia sistemática para disolver la rutina y la autonomía de Yamina: “Ella veía cómo era todo mi día a día e intentaba cambiarlo tratando de hacer que haga otras cosas”.

Los ojos, con hematomas y las ojeras de estos días de Yamina. FOTO: LEANDRO FRANCO/ LA OPINIÓN AUSTRAL

En ese sentido indicó que la desconexión con sus afectos históricos fue calculada al detalle: “Tenía días específicos que veía a mis amistades de años, y como a ella no le gustaban esos días, hacía que le dolía algo o que pasaban cosas en su casa para que fuera a verla”. El desenlace de esa manipulación no se hizo esperar: “Desde ahí fue encerrándome más a no ver a nadie y solo verla a ella”.

Convivencia y el perfil de la agresora

El traslado de la pareja a una vivienda prestada por un amigo de la acusada se aceleró tras un conflicto doméstico originado por los prejuicios: “Nos fuimos a convivir a Doctor Boris Gos en octubre porque provocó un conflicto en mi casa con mi mamá por el tema de la orientación sexual”.

Aunque el panorama familiar se reconfiguró rápido -“Aunque yo no iba a cambiar de opinión y mi mamá lo terminó aceptando, el problema era con ella; a mi mamá no le gustaba la presencia de ella en mi vida”-, la madre de Yamina percibía un peligro latente.

“Tuve otras parejas mujeres que mi mamá conoció y nunca reaccionó así, solo con ella fue el tema“, recuerda Yamina, añadiendo una reflexión sobre aquella mirada materna: “En su momento pensó que era por su estado de madre protectora, pero se ve que había algún trasfondo que yo no veía”.

Tapa del Diario La Opinión Austral del lunes 5 de octubre de 2026, Río Gallegos, Santa Cruz, Argentina.

Al mudarse inicialmente a Boris Gós, la dinámica mutó hacia el control absoluto: “Al principio, era paz de estar tranquila, pero después empezaron los reclamos de por qué me mandaban mensajes o por qué mis amigos me querían ver“. La manipulación psicológica se acentuó: “Me hacía sentir culpable de querer ver a mis amigos y me cuestionaba si no le era suficiente para estar con ella”.

Detrás de la conducta de Romero existía un historial institucional y de instrucción física que más tarde utilizaría como herramienta de sometimiento: “Ella trabajó en el Ejército, le dieron la baja por mala conducta con su exesposa e intentó entrar a la policía, pero no le dio el psicológico“.

YB y K, Romero, en tiempos otrora más felices. FOTO: LA OPINIÓN AUSTRAL

A pesar de la diferencia de tamaño, el dominio físico era asimétrico: “Ella era mucho más chica que yo en cuerpo y contextura, pero tenía mucha más fuerza y habilidades que yo no tenía”. La táctica de sometimiento era puramente militar y destructiva: “Lo que hacía era dar golpes bajos para bajarte a su altura y ahí ella tenía todo el control”.

Escalada de torturas

El nivel de ferocidad alcanzó un punto crítico a comienzos de año. Yamina rememora con precisión la fecha: “Ocurrió en la casa de Boris Gós en marzo de este año, un día antes del cumpleaños de mi nena“. El desencadenante fue la intolerancia a la vida social de la joven: “Ella estaba enojada porque yo seguía yendo a una actividad en el CEPARD y no le gustaba que mis compañeras me acompañaran a mi casa”.

Aquella jornada, la violencia verbal se transformó en un episodio de tortura física: “Esa noche se levantó enojada, empezó a pegar, agarró un cuchillo de la cocina para amenazarme y me clavó un destornillador en el brazo“. Con una frialdad espeluznante, la agresora justificó el instrumento utilizado: “Me dijo en calma que era más fácil que entrara un destornillador que un cuchillo”.

Acto seguido, redobló el sadismo: “Dejó el cuchillo y me dijo: ‘Si vos te querés ir, te vas ahí, pero cuando yo te termine de quemar los pechos con una plancha‘”. Sin posibilidad de resistencia, la pesadilla se ejecutó: “Me terminó atando de brazos para quemarme con la plancha porque me había pegado golpes en la cabeza y en las costillas que no me dejaban respirar”.

Las heridas que presentó la víctima. FOTO: LA OPINIÓN AUSTRAL

Durante el ataque, la amenaza médica era aterradora: “Me dijo que me quemaba un segundo o me quemaba hasta donde ella quisiera y no sabía si recuperaría los pechos”.

El cuadro de perversión sumó un elemento traumático adicional: “Todo esto ocurrió viéndolo su nena, que estaba presente durante todo el proceso”. Tras la tortura, la agresora mutaba bruscamente de actitud: “Después volvió a actuar tranquila y me dijo que fuera a ducharme, que ella me curaba”.

Atada con alambres y sedada

Romero arrastraba antecedentes que la víctima fue descubriendo con el tiempo: “Tiene un trastorno derivado por su psicóloga, pero ya era agresiva con sus exparejas anteriores”. Sin embargo, el aislamiento extremo impidió que Yamina pudiera ponerse a salvo antes: “Soy la única que habló, que hizo algo y que sufrió más porque las otras se pudieron alejar y a mí me molestaba a mí o a mi familia”.

El sometimiento continuó. El chantaje afectivo sobre los seres queridos de la joven garantizaba su inmovilidad: “Me tuvo con la amenaza de que si no me quedaba le iba a hacer algo a mis hermanitos más chicos y a mi hija”.

La tortura psicológica alcanzaba niveles perversos: “Un día se levantó nerviosa y me dijo que mandó a matar a mi hermano y a mi hija, y me amenazaba con si quería escuchar los audios o ver el video”. Los condicionamientos no daban tregua: “Me condicionaba diciendo que me portara bien o mandaba a matar a mis sobrinos”.

El periodista Martín Muñoz Quesada junto a Yamina y los diarios que reflejaron su caso. FOTO: LEANDRO FRANCO/ LA OPINIÓN AUSTRAL

Durante el mes de agosto, la privación ilegítima de la libertad se volvió total: “Estuve dos semanas de agosto atada con alambres en la escalera o en la cama, y solo me soltaba para ir al baño o para acostarme“.

Para mantener el control físico, recurría al sometimiento químico: “Ella tenía una caja de medicamentos con los que me drogaba metiéndolos en la comida o en el agua para dejarme tonta o en cama y pegarme sin que me pudiera defender“.

Las agresiones físicas iban acompañadas de humillaciones e intimidaciones aberrantes: “Amenazó con violarme con la parte de atrás del mismo martillo con el que me pegó en la cabeza, aunque nunca me agredió sexualmente”.

Las lesiones en una de las piernas de la sobreviviente. FOTO: LEANDRO FRANCO/ LA OPINIÓN AUSTRAL

La sentencia de muerte era explícita y cotidiana: “Me dijo directamente que no iba a salir viva de esa casa, que saldría en partes y que le mandaría una parte a mi mamá”. Asimismo, descargaba su furia contra el entorno de la víctima: “Le tenía un odio tremendo a mi hermana y amenazaba con hacerle vivir el mismo horror”. Yamina resumió aquel período como un calvario de múltiples dimensiones: “Sufrí amenazas de muerte constantes, violencia psicológica y suministro involuntario de sustancias”.

La huida desesperada

El velo del terror comenzó a rasgarse por una grieta insospechada en medio del aislamiento. Un archivo de voz en el teléfono celular le devolvió a Yamina la noción de la realidad: “Escuché un audio de mi mamá donde de fondo mi nena preguntaba por mí, y ahí pensé que todo lo que me decía era mentira y que me tenía que ir de ahí como fuera“.

Días después, en un intento por reafirmar su dominio, la captora la trasladó nuevamente: “Me llevó a la casa de Boris Gos para mostrarme que todavía tenía el poder de dejarme encerrada”. En ese inmueble, la violencia volvió a estallar: “Se volvió a enojar pensando en las cosas que habían pasado y me quiso clavar un destornillador otra vez”.

Romero tras ser detenida por las autoridades. FOTO: POLICÍA SANTA CRUZ

Fue en ese instante límite cuando Yamina, acopiando una fuerza visceral, decidió enfrentarla: “Le dije que estaba cansada y que conmigo se terminaba su historia de querer golpear a la gente y hacerse la intocable“.

Aprovechando un descuido, la joven logró zafarse y ganar la calle: “Salí del auto y corrí por la calle, donde me ayudó una familia que estaba haciendo un asado afuera”. La agresora intentó frenar el escape a los gritos: “Ella me gritaba desde el auto que entrara, pero un chico de la familia salió y llamó a la policía”.

Con el corazón en la boca y temiendo por su vida, Yamina hizo una súplica urgente a los vecinos: “Pedí que llamaran a mi papá, que es policía, porque necesitaba ver a alguien conocido para irme de ahí”.

El cuadro al llegar la asistencia médica reflejaba la crudeza de la situación: “Llegué al hospital toda golpeada, descalza, en pantalones cortos y sin abrigo en un día con temperaturas bajo cero”. La atención de urgencia se prolongó durante horas: “Estuve hasta las 3 de la mañana en el hospital con radiografías, curaciones y análisis de sangre y orina”.

El reclamo a la Justicia

Ahora, con la causa en manos de las autoridades judiciales de Santa Cruz, el mayor temor de Yamina es que los antecedentes de salud mental de la imputada sean utilizados como una estrategia de impunidad: “Espero que la justicia vea las cosas y no la deje hacerse pasar por loca”.

Ya en el tramo final de la entrevista, sostuvo con vehemencia que la agresora medía cada uno de sus actos: “Ella estaba bastante cuerda, escribía todo en su WhatsApp y actuaba así porque se sentía intocable al ver que la policía no hacía nada”. Por ello, su pedido a los tribunales es firme: “Espero que esta vez se quede donde tiene que estar y no la metan a un hospital psiquiátrico para que después salga no más”.

La jueza Yamila Borquez durante un juicio, como vocal subrogante, instruye la causa. FOTO:LEANDRO FRANCO / LA OPINIÓN AUSTRAL

Al mirar en perspectiva el calvario superado, la joven busca transformarlo en una herramienta de concientización y ayuda hacia otras personas que puedan estar atravesando situaciones similares. “Aconsejo que si tienen una amiga o amigo pasando por esto, no los dejen solos, aunque se los pidan por manipulación de la pareja”, enfatizó. Y ofreció su propio testimonio como un canal de escucha: “Cualquiera que necesite ser escuchado o apoyado cuenta conmigo libremente porque sé lo que es estar sola y que nadie te escuche”.

Esa vivencia cambió su percepción sobre la empatía y la solidaridad: “Muchas personas te creen y hasta los desconocidos te pueden ayudar más que la gente cercana”. Por eso, no duda en guardar un reconocimiento eterno para quienes le tendieron la mano en el momento más crítico de su vida: “Estoy profundamente agradecida con la familia de vecinos que me ayudó, me contuvo e incluso fue a declarar como testigos a la comisaría”. Y concluyó conmovida: “No cualquiera te ayuda cuando ve que estás pasando por algo así, y para mí fue un gesto enorme que me reconforta“.

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