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Nació en Caleta Olivia y a los 20 años, migró para cursar la carrera de abogacía. Trabajando en contratos vinculados al medioambiente y la gestión de residuos, recordó los días de carencia de su infancia y a partir de allí, inició un nuevo camino.
Hace tres años, Luján Haeder, creó Hæder, un proyecto de diseño de moda donde lo único que está de moda es la resignificación de prendas que esperan una nueva oportunidad en otras personas. En una entrevista con la revista Para Ti habló sobre diseño regenerativo.
– ¿Quién es Lujan Hæder?
– Soy muy amiga y también muy hija sobreprotectora de mi mamá. También soy intensa (risas) y muy exigente. Además soy la hermana del medio, la cuarta de ocho hermanos, la que está preparada para las conversaciones difíciles, siempre mirando y cuestionando ¡en el buen sentido! para entender por qué. Podría decirse que soy la más inconformista.
– En la moda hay una frase que dice que para ser linda hay que sufrir. Vos encontraste esta profesión a partir de la necesidad, la molestia y el dolor. ¿Crees que para ser linda hay que sufrir?
– No quiero romantizar la necesidad porque no está bueno, no es que pasarla mal está bien y que es el único camino para poder llegar a encontrar un propósito. El sufrimiento no debería considerarse una condición para alcanzar la belleza, el crecimiento o la realización personal. Sin embargo, si creo que incomodarse es necesario, que es distinto de sufrir. Sí creo que la incomodidad puede ser necesaria, porque nos obliga a hacernos preguntas y muchas veces funciona como motor de transformación. Pero incomodidad y sufrimiento no son lo mismo.
– ¿Y en tu caso particular?
– En mi caso fue más que una incomodidad. Fue bastante doloroso, me tocó. Sé que no soy la única persona que atravesó dificultades de ese tipo. Hoy ya no soy aquella Luján marcada por la carencia económica. Trabajé y me esforcé mucho para construir una vida diferente, pero eso no significa que haya dejado de reconocerme en aquella Luján. Esas experiencias siguen formando parte de mí y muchas de las situaciones que atravesé continúan ocurriendo a mi alrededor, tristemente. Haber conocido la pobreza genera una conciencia social que permanece en el tiempo
– En algunos casos sí, en otros casos no. Lo es cuando hablamos de rediseñar una pieza existente que viene de un sastre artesanal donde se ve el diseño de esa persona, donde se ve que hay una intención. Pero en la mayoría de los casos, que es sastrería industrial, la realidad es que ahí estoy corrigiendo problemas de diseño del sistema. La confección del sastre tiene intención, tiene una intención puesta en vos, en tu forma, en tu postura, en tu persona y lo otro es nada, la única intención es vender.
– En tu universo, ¿regenerar y reparar son sinónimos?
– En realidad podrían tratarse como sinónimos pero el segundo es condición del primero: para regenerar se necesita reparar. La reparación en sí misma es un acto de regeneración.
– Cada prenda que tiene una historia vuelve a tener un nuevo final cuando alguien se la lleva reparada y regenerada.
– Sí. El diseño nunca se termina porque en el caso particular de Hæder, nosotros pensamos la pieza dentro de un ciclo de vida abierto. Nosotros decimos: mira que esto no se termina acá, vos lo puedes volver a traer, no te compres nada nuevo, vení, lo elaboramos de nuevo, no hace falta. Nuestras prendas tienen tecnología NFC (dice la web de la firma: cada prenda integra información sobre su origen, trazabilidad y ciclo de vida, extendiendo su vínculo con quien la porta en el tiempo).
– Como el círculo del infinito.
– Exacto, el sistema de diseño regenerativo de Hæder está inspirado en la lemniscata de Bernouilli, que es ese infinito.
– Si una marca te ofrece su stock en colaboración, sin comprarlo, ¿lo harías?
– Una colaboración así es el escenario ideal. Es mi Disney (risas). Qué más quisiera yo que me llame una marca y me diga, “Luján, tenemos stock que quedó muy deteriorado por un problema de almacenamiento; parece imposible de rescatar y la única alternativa sería descartarlo.”. En ese escenario digo si. Esos desafíos me encantan porque es donde el sistema y esta idea de regeneración se hacen evidentes. En esos casos, en ese tipo de colaboración, lo que a mí más me importa, como directora de proyecto, es que la otra marca entienda que es posible producir y ganar dinero de forma responsable, revalorizando eso que parece que no sirve.
– ¿Se puede ganar dinero con este sistema de trabajo de moda?
– Se puede. Hace poquito presenté un paper para el Congreso Latino-Europeo de Moda y Regeneración, donde hablo justamente de diseño regenerativo que es una parte de la cadena de producción inexplorada. La cadena de producción tradicional es lineal: tomás, hacés, usás, descartás. ¿Y qué pasa después? Hay un montón de recursos reutilizados que es dinero muerto. Ni siquiera solamente pasa por una cuestión de regeneración y responsabilidad ambiental, social, económica, se trata también de falta de ¿cómo decirlo? de viveza gaucha.
– Entiendo, entonces, que existen otras maneras de producir.
– Están todos como locos produciendo de cero y también tenes todo esto que está descartado y que podes hacer algo y ganar plata. Y además podes ser pionero en esto porque no hay nadie que lo esté haciendo. En China están empezando este reproceso y haciendo upcycling automatizado con máquinas ¡imagínate! Estamos a tiempo de poder hacer eso, ese es mi mundo ideal, otra vez, mi escenario de los sueños soñados, que Argentina pueda hacer uso de eso que no está viendo, que nadie está ofreciendo: producción luego de la cadena productiva lineal que conocemos. No hay industria del reproceso.
– Llamas archivo emocional a las prendas que traen las clientas. Después de esa primera entrevista ¿cómo sigue?
– Archivo emocional es una experiencia de transformación, no es una experiencia de compra, no es una experiencia de personal shopper. Entonces, la pieza se termina de editar o llega hasta un punto de edición en el que la persona que la trae decide que culmine. Se puede extender en el tiempo, no cambia nada si se extiende un mes, dos meses, tres meses. Porque también es cierto que lo que sucede con el archivo emocional es que son personas que vienen a duelar.
– ¿Cómo es eso?
– Por ejemplo, me pasó con la hija de un papá muy machista, maltratador pero con una sastrería muy buena. Ella tenía cierto rechazo a conservar los trajes de una persona que le tocó que sea su padre, de quien sufrió un poco su existencia y su amor. Y ese proceso fue difícil pero lo resignificamos y lo descontextualizamos para que pueda usar esa ropa. Son duelos que no se apuran, se acompañan. Es muy personal.
– Con las prendas ayudaste a hacer las paces.
– Claro, en ese caso hicimos las paces, pero fue heavy. Esas cosas necesitan tiempo.
– Ayudas sin olvidarse que es un negocio…
– Si, pero el negocio también puede estar humanizado. Una cosa es tener inteligencia emocional y otra cosa es ser un sicario mercantilista. Se puede hacer plata con amor y se puede hacer plata con cuchillo en diente. Yo elijo hacerlo con amor. Si el propósito de la reparación es hacer un hábito de consumo y en ese ejercicio vos al mismo tiempo reparás otra cosa, ya está, yo ya estoy hecha.
– Con esto de prendas y partes y piezas, ¿sos como el dr. Frankenstein?
– No. Desde el punto de vista teórico del upcycling el Frankenstein es el híbrido monstruoso, una combinación de insumos y elementos todos juntos que, cuando en el ciclo de vida de la prenda deja de existir, es muy difícil hacer la separación en origen y se convierte en un pasivo.
El tono de voz de Lujan toma otro cariz cuando se trata de la justicia social. Su infancia carenciada estuvo enriquecida de amor y pasión por la familia, por el trabajo y por el progreso.
– Aprendiste el oficio de la costura de parte de tu madre. Después viajaste a Venecia para aprender sastrería veneciana y ahí te diste cuenta qué querías hacer. ¿Crees que es necesario el ordenamiento académico en la costura?
– No y ahí hay un tema. Yo no digo que la academia no sea necesaria, La academia, la universidad son progreso, es muy importante que la gente estudie. Con lo que no estoy de acuerdo categóricamente es con ponerle el pie sobre la cabeza a aquella persona que sabe coser y que no tiene el privilegio de ir a la universidad porque tiene que darle de comer a sus hijos, porque tiene que salir a la calle. En eso no estoy de acuerdo. No estoy en contra de la universidad ni de la facultad de diseño, las celebro si la persona tiene la posibilidad de hacerlo. Pero no le pongamos el pie en la cabeza al que no tiene la posibilidad de hacerlo y tiene el talento porque no le quedó otra alternativa que sentarse a coser con su mamá y su tía en una casa precaria en el conurbano bonaerense. Sí hay profesiones que requieren título habilitante como la medicina, la abogacía, el físico nuclear, gente que puede poner en riesgo la vida de otras personas. El diseño de indumentaria no pone en riesgo la vida de nadie. Cada uno puede elegir su camino, pero entendamos que en una sociedad como Argentina no todos pueden elegir.
– ¿Cuál es el futuro de la moda?
– Para mí tiene que ser regenerativo. En algún momento alguien tiene que levantar el pie de la máquina de coser para hacer ropa nueva y empezar a reparar lo que ya existe.
– ¿Y cómo es hacer la moda que haces en Argentina?
– Hay algo que me molesta por sobremanera de la moda argentina que es esto de estar mirando lo que hacen afuera. ¡Ay, me parece aburrido! Que te digan qué tenes que diseñar para que la gente te compre o decirte que para vender hay que hacer lo mismo que hicieron otros… Todo eso me parece una tontera, un universo medio abstracto en el que uno tiene que seguir ciertas reglas que no terminas entendiendo. Me queda bastante incómodo. Entonces si esa es la manera de hacer moda creo que definitivamente soy medio rebelde en este nicho.
– Mas allá de estas normativas que contas que hay en la moda, ¿sentís que se puede hacer la moda que haces?
– ¡Si se puede! Ojalá que todos se den cuenta que se puede.
– ¿Cómo sería?
– A nivel tecnológico Argentina no tiene un gran desarrollo de los talleres de confección industrial. Son pocas, algunas naves en Buenos Aires, el AMBA, Córdoba y algunas provincias importantes tienen esta capacidad instalada. Además hablamos de marcas que también están importando, entonces tampoco hay tanto desarrollo, hay sí muchas fábricas o talleres familiares.
– ¿Te parece que sería importante que las marcas tengan un departamento que refiera al sistema de trabajo de reordenar y volver a hacer?
– Si, un departamento de reprocesamiento. De hecho en este escenario que está atravesando Argentina en la transición de la apertura de las importaciones y ver qué haces con la con la capacidad instalada ociosa en los talleres productivos, creo que es fundamental, ayudaría a que continúen trabajando.
– Con tu mirada, ¿por dónde crees que pasa el lujo de la moda?
– El lujo es lo menos de lo menos, es una porquería.
– ¿Entonces el lujo está pasado de moda?
– No creo porque todo el mundo habla de lujo. El lujo, como la belleza, es bastante subjetivo. Además, ¿el lujo en boca de quién? Para mí lujo es no tener ninguna preocupación económica. A mí me hace un poco de ruido hablar de lujo en la ropa. El lujo real viene de la mano del discernimiento, tiene que venir acompañado de criterio.
– Tu mamá crió sola a sus hijos. Por otro lado resignificas la sastrería masculina que es un símbolo de poder económico y laboral muy fuerte. ¿Es porque no hubo una figura de padre presente?
– No tiene que ver con eso. Si lo analizo en terapia seguro mi viejo tiene culpa de algo. En realidad el único contacto que tuve con el poder fue cuando no cosía solamente con la familia y salí de mi casa a trabajar. Antes de llegar a Buenos Aires trabajé como promotora, como modelo, fui reina de belleza y conocí gente con muchísimo poder. Y la gente más despreciable era la que mejor se vestía y la que más poder tenía. Por como viví la forma de usar la ropa en mi adolescencia, en la sastrería encontré un muro, una cierta armadura. Cuando estudiaba derecho me costaba entrar en el personaje de la abogada, de la mujer corporativa y es muy loco pero el efecto psicológico que tenía en mí un buen saco bien armado era de mucha fortaleza.
– Una cosa es poder y otra es fortaleza.
– Con el diario del lunes, hoy te puedo decir que la fortaleza es mucho mejor que el poder porque, mientras el poder se pierde, la fortaleza se sostiene, es lo que te sostiene, es la base del estoicismo. Me gusta la idea de pensar que puedo resignificar un símbolo de poder en mis propios términos y quitarle la carga negativa. Con esto quiero decir que la sastrería es una coraza frente a esos hombres que, curiosamente visten trajes como armaduras, se aprovechan de su lugar de poder, ellos tienen poder, pero les falta fortaleza. Es muy loco, es la primera vez que lo digo, que me sincero.
– ¿En qué se diferencia la sastrería femenina de la masculina?
– Comparándolas me di cuenta que la femenina sexualiza y está hecha para que la mujer sea vista de una manera. Y la masculina está hecha para hablar de poder exclusivamente.
– En esto de traspolar un traje de hombre a una mujer ¿hay poder femenino?
– Sí, de hecho es bastante feminista mi visión al respecto. Está muy en pugna esto de hablar de igualdad entre géneros o entre posición o roles. Hablemos de roles y no de géneros porque hoy la línea es borrosa en ese sentido. Y hablando de roles sociales quienes ocupan un rol un poco más femenino tienen menos fuerza y usan un uniforme que viste ese rol. A mí lo que me gusta de hacer moda o trabajar la sastrería es que puedo establecer los términos y condiciones de cómo se va a dar una conversación. Así como para la ley existe la discriminación positiva que refuerza la normativa de favorecer a los más desfavorecidos, yo hago lo mismo con las sastrería. Entonces esa mujer que está y que lidera un negocio y que se tiene que sentar en una mesa con los que supuestamente cortan el bacalao, tiene la misma espalda para poder hacerlo.
– ¿Sentís que tu sastrería en una mujer corporativa es como una pancarta?
– Puede ser una pancarta o también puede ser una daga. Me gusta pensarlo de esa manera, como un arma más que una pancarta, te visto pero no avisas, vas sin el cartelito.
– ¿Para quiénes se viste las mujeres?
– No quiero hablar en términos absolutistas pero estoy segura que existen tres tipos y puedo distinguir tres miradas. Están las mujeres de los 90 para atrás que se visten para los hombres, yo me crié en ese momento y recuerdo perfectamente cuando me vestían para los desfiles y era “vestite para que te vea el jurado, para agradarle a ellos” independientemente de que hubiese mujeres. Después está la típica que es tan mala o peor a la primera: “vestite para que te miren las mujeres” fomentando la envidia que me parece una tontería. Y después la tercera, que es con la que yo hoy me siento representada, que es “vestite para estar cómoda”, punto.
– ¿Para quién sentís que se viste en tus clientas?
– Depende el caso porque también vienen algunos hombres. Para archivo emocional eligen vestirse de su propia historia y eso me parece muy lindo, es un gesto muy íntimo y lo que deciden hacer después con esa pieza tiene que ver pura y exclusivamente con ellos. Hay un caso que me parece muy lindo: una agente de cambio (una clienta) profesora de geografía que se dedica a derechos humanos vino con un blazer de su mamá. Atravesamos toda su historia, su archivo emocional y creamos una pieza de archivo emocional para que la acompañe en esos momentos donde tiene que representar los derechos de alguien.
– De chica fuiste cuidada y estuviste acompañada. ¿Es por eso que tus prendas son también para no sentirse sola y estar acompañada de alguien que significó mucho?
– Tiene que ver con eso, totalmente. De hecho, todos tenemos algo que heredamos de alguien y lo conservamos. Me pasó con la chaqueta de médico de mi viejo, ¿qué hago con esta chaqueta que no la voy a usar nunca? Es una linda forma de resignificar vínculos a través de las objetos y hoy la uso para trabajar.
– También sabemos que la indumentaria refiere a la pertenencia.
– Si bien sucede en todo el mundo, en Argentina ocurre mucho más. La indumentaria es una herramienta para poder acceder a un círculo social, uno se viste para pertenecer o para destacarse. Cuando una persona está formando su personalidad se viste para pertenecer y uno tiende a vestirse igual o a replicar lo que otro usa en lugar de elaborar lo que uno tiene. A mí por una cuestión forzosa me tocó vestirme con lo que tenía, pero lo celebro porque eso me permitió construir mi personalidad. Cuando uno empieza a ser deja de consumir indumentaria sin sentido.
– Dijiste que permanencia mata tendencia. ¿Cada nueva prenda marca una nueva tendencia con voz propia?
– Sí, y para toda la vida.
– ¿Es la tendencia que te interesa?
– Sí, la tendencia en el sentido de la elección que no es la tendencia de lo que se usa. Vas a usar mucho más algo que hiciste para vos que tuvo que ver con tu historia. Ahí está la verdadera sostenibilidad en términos de consumo.
– ¿Qué le dirías a la Luján miedosa que trabajaba como abogada y un día dejó la profesión para arrancar con Hæder?
– Aunque un poco me sigue pasando, ser tan romántica con mis ideas me daba vergüenza. Yo me embalo, mis ideas están muy idealizadas. En ese momento me daba miedo dejarme llevar por mis ideas románticas de que es posible un mundo mejor y, mirá como son las cosas, hoy estoy haciendo una marca para salvar el mundo (risas). Le diría que no tenga miedo, que sea romántica.
– En esto de volver a darle una nueva vida a las prendas, ¿crees en la reencarnación?
– No sé si tiene mucho que ver con la ropa. Puede que si de una forma análoga. Cuando hablo de archivo emocional puntualmente son puentes metafísicos que conectan un vínculo con otro, uno puede estar en este plano y no, y eso me encanta.
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