El marco no podía ser más propicio para encender la charla. En la segunda temporada de “Mateando con Carlos”, el ciclo de reportajes del Grupo La Opinión Austral dedicado a rescatar a las grandes figuras del deporte santacruceño, me tocó sentarme cara a cara con un amigo de muchísimos años. Un hombre que respiró fútbol en cada rincón de Río Gallegos y que dejó una huella imborrable en la formación de cientos de pibes. Rubén Darío, histórico director técnico y referente de Ferro y del fútbol de salón local, repasó sus orígenes, las anécdotas más insólitas de su etapa como jugador, la gesta histórica en los Juegos Evita y su mirada profunda sobre la docencia deportiva.

De las calles de barrio Güemes al debut en la Liga

Rubén encontró su lugar en el mundo al mudarse al barrio Güemes. Allí, entre los potreros de tierra y los desafíos cotidianos, la pelota se transformó en una extensión de su vida. “Jugábamos a la pelota con los muchachos del barrio. Algunos que por ahí la pisaban distinto, como Javier Águila, Vera o los Mansilla. Así que, linda gente. Y bueno, siempre de chiquito atrás de la pelota”, rememora con nostalgia sobre aquellos años iniciales.

El salto a la competencia organizada no tardó en llegar. Apenas a los nueve años, impulsado por una figura emblemática del fútbol barrial, dio sus primeros pasos formales. “Apareció una persona que andaba buscando chicos para hacer divisiones infantiles para jugar en la Liga de los Barrios, que fue Dona Cinelli, por el Club Libertad. Así que Dona Cinelli nos juntó ahí en el barrio y empezamos a jugar para Libertad. En ese tiempo el clásico de los barrios era Libertad con Matadero. Terribles partidos, tremendos jugadores“, repasa.

Posteriormente, el destino lo llevaría a las filas de Hispano Americano de la mano de Don Lucho Fernández, iniciando una trayectoria que alternó etapas de recambio y la exigencia de medirse con figuras consolidadas. “Jugué como cuatro años o cinco en Hispano. Más en Cuarta, pero alternaba por ahí algunos partidos en Primera. Siempre nos reímos porque nos juntamos en Puerto Madryn con el ‘Pato’ Estevez y yo le digo: ‘yo era tu eterno suplente’. El ‘Pato’ por ahí llegaba tarde y yo jugaba medio tiempo, después me sacaban y jugaba el ‘Pato'”, cuenta entre risas sobre la camaradería de aquella época.

Pases insólitos, la gloria con Los Indios y 12 horas en la comisaría

El recorrido futbolístico de Darío guarda pasajes tan desopilantes como representativos de la idiosincrasia del fútbol del interior. Tras un breve y frustrado paso por Ferro generado por un insólito canje dirigiencial —”hicieron un trueque entre don Galian y Lucho, pero a mí me limpiaron como zaguán de rico, no jugué y me fui”—, rearmó su camino en la Liga de Barrios y Huracán, hasta llegar al recordado plantel de Los Indios en la temporada 1983/1984.

En Los Indios coincidió con futbolistas de enorme jerarquía, entre ellos el padre del actual defensor internacional Marcos Senesi. “Llegó a Los Indios y me encuentro con unos jugadores excelentes. ¿Sabés quién jugaba con nosotros? El papá del muchachito que anda jugando en Europa, Senesi. También el ‘Turco’ Mansur, el ‘Bocha’ Stheling de 9, Juancito Vilche de 8. Arrasamos ese año y salimos campeones”, detalla sobre aquél inolvidable ascenso a Primera. Sin embargo, el destino del equipo dio un vuelco insólito tras la consagración: “Hubo un cambio de comisión directiva en Los Indios y el presidente que asumió dijo ‘no se juega más al fútbol, esto es bowling nomás’. Y desaparecimos todos”.

Pero el episodio más insólito de su carrera ocurrió en un picante cruce frente a San Lorenzo en la cancha de Ferro, donde el arbitraje desencadenó una verdadera batalla deportiva. “El árbitro nos echa a cuatro jugadores. Cuando echa a Trejo, yo jugaba de once y me corté en diagonal hasta mitad de cancha. Reaccioné mal y le pegué un cachetazo”, confiesa sin rodeos. La secuencia posterior pareció extraída de una comedia policial: “Don Salvatore, secretario de la Liga, estaba en el alambre y llama a los policías: ‘¡Llévelo preso!‘. El Bocha se subió al auto y se fue, y yo me comí doce horas adentro de la Seccional Segunda”. La paradoja cerró de manera magistral horas después: “Resulta que el árbitro trabajaba en la misma seccional y había pedido permiso para arbitrar. Yo había trabajado tres años en la Policía y los oficiales eran todos amigos míos. Estaba tomando mate en la oficina con el oficial de guardia, golpean la puerta, entra el árbitro y cuando me ve sentado ahí tomando mate, quedó mudo. Le dije ‘¡son cosas que pasan!'”.

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En el marco del campeonato homenaje que se desarrolló en el Gimnasio Municipal Lucho Fernández en agosto, el Club Social y Deportivo Ferrocarril YCF reconoció la trayectoria y el compromiso de Rubén Darío. Los miembros de la comisión directiva Luciana Arozarena, Fernando De Cenarriaga e Iván Jones junto al presidente del club, Carlos González, hicieron entrega de una placa conmemorativa al profesor.

La creación de “Ferrito” y el hito nacional en los Juegos Evita

En 1994, su perfil dio un giro definitivo hacia la docencia y el entrenamiento de juveniles cuando se incorporó al gimnasio Lucho Fernández. Ante el desborde de chicos, sumó al proyecto a Juan Ramón “Chule” Navarro —quien lleva ya 29 años de labor ininterrumpida— y estructuró una red formativa que debió adaptarse a los vaivenes políticos de la época.

Entre los destacados niños que Darío formó en sus inicios, se destaca Leonardo “Colo” Gil, futbolista profesional de gran trayectoria en argentina y en el exterior, que hoy juega para Huracán.

Cuando la gestión municipal de turno retiró a los gimnasios de la Liga Sur, Rubén tomó una decisión categórica para no dejar a los chicos en la calle: “Me llevé a 60 chicos a Ferro porque justo esas categorías no las tenían. Hablé con Claudio Alarcón y arrancamos con la escuelita que le pusimos ‘Ferrito‘”.

Rubén Darío junto a Leo “Colo” Gil. El jugador que actualmente está en Huracán siempre recuerda sus primeros pasos en el fútbol de la mano de Rubén Darío en el gimnasio Lucho Fernández.

Allí, junto al profesor que ya trabajaba en Ferro, Jesús Beorlegui -a quien Darío describió como “un hermano”- inició un exitoso ciclo que formó a decenas de futbolistas y cosechó innumerable cantidad de títulos.

Aquel espacio no solo cobijó a cientos de pibes de la ciudad, sino que gestó una mística de trabajo colectivo donde las familias jugaban un rol central organizando actividades para costear viajes, indumentaria y pasajes. Entre las tantas giras por Chile y la región, el grupo alcanzó la gloria máxima en 2008. “Ese grupo de la categoría 94 participó en Mar del Plata en los Juegos Evita y los ganó. Siempre les digo a los chicos que recuerden que fue el primer equipo de Santa Cruz que logró salir campeón nacional en los Juegos Evita. Fue algo hermoso, fruto de todo el esfuerzo que hacían los papás”.

La categoría 94′ de Ferrocarril YCF fue el primer equipo de Santa Cruz en coronarse en los Juegos Evita Nacionales, en el 2008. Todos los integrantes de plantel, pasaron por “la mano” de Rubén Darío, en infantiles y juveniles.

El rol del formador y la tranquilidad del deber cumplido

Al analizar la actualidad del deporte local y el estado de los clubes, Rubén no oculta su emoción al ver los avances en la infraestructura, como la colocación del césped sintético el estadio “Aníbal Rey Méndez” de Ferro YCF. “Los que hemos vivido ahí tantos años, ver eso hoy es un sueño. Miraba por el portón y pensaba que si viviera Claudio Alarcón se muere de vuelta de la alegría. Claudio vivió para esa cancha”, expresa conmovido.

Sin embargo, marca con claridad la diferencia entre dirigir un equipo de Primera y la responsabilidad pedagógica que exige el fútbol infantil. “En ese tiempo había muy pocos formadores. Yo siempre dije que faltan formadores, ojalá aparezcan muchachos con ganas de enseñar. Muchos creen que es tirarle la pelotita a los chicos y no es fácil, hay que estar adelante de ellos. Hay que amarlo a esto, porque si no le ponés amor y cariño a una cosa así, no tiene sentido, no le sirve a nadie”.

Radicado desde hace cinco años en Puerto Madryn, Darío disfruta hoy de un merecido descanso, alejado de las exigencias cotidianas de la dirección técnica pero satisfecho con el legado construido a lo largo de décadas. “He tenido propuestas para seguir trabajando en formativas, pero dije que no. Perdí mucho contacto con mi familia durante años porque esto es algo en lo que trabajás de lunes a lunes y el fin de semana no podés programar nada. Ya está, me quedo con lo que hice. Será poco, pero me siento feliz”, concluye Rubén Darío, con la serenidad de quien lo entregó todo por la pelota y por la formación de las futuras generaciones santacruceñas.

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