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El Cerro Fitz Roy volvió a colocarse en el centro de la escena internacional del alpinismo y los deportes extremos. El 7 de enero de 2026, Boris Egorov, Vladimir Murzaev y Konstantin Jäämurd alcanzaron la cumbre del emblemático cerro patagónico tras escalar la ruta Royal Flush por la cara este y, desde allí, realizaron un salto BASE hacia el valle. No existen registros previos de un salto documentado desde esa cima y la acción se desarrolló en un área donde este tipo de actividades se encuentra prohibida.
La secuencia combinó una escalada de alta complejidad técnica con una salida aérea extrema en uno de los macizos más exigentes del planeta. La hazaña, difundida luego por los propios protagonistas, reabrió un debate histórico en El Chaltén sobre los límites entre la exploración deportiva, la ética de montaña y la normativa vigente en áreas protegidas.

De la cumbre al vacío: cuando la cima se transforma en salida
En el Fitz Roy, alcanzar la cima no siempre marca el final del desafío. Para Egorov, Murzaev y Jäämurd, guías de montaña y vuelo vinculados al colectivo Dirty Climbers, la cumbre se convirtió en un punto de partida. Tras evaluar durante semanas las condiciones meteorológicas, decidieron aprovechar una ventana de estabilidad poco frecuente para ejecutar un plan que integró escalada de pared, logística de salto BASE y una salida directa hacia el valle.
Según relataron en comunicados y redes profesionales, la operación exigió trasladar equipo técnico adicional durante toda la escalada y sostener la concentración durante varios días, con la certeza de que el descenso no sería por una vía clásica, sino por el aire.
“Konstantin había escalado con éxito el Fitz Roy hacía unos diez años por la ruta Matte y Porro , mientras que yo había intentado previamente, sin éxito, la Franco-Argentina . En esta nueva aventura, también nos acompañó nuestro amigo Ilya Kull”, contó Boris Egorov en Planet Mountain.
Royal Flush: tres días en una de las rutas más duras del Fitz Roy
La elección de la ruta no fue casual. Royal Flush recorre el centro de la cara este del Fitz Roy y representa una de las líneas más exigentes del macizo. La vía tiene unos 950 metros de longitud, con una dificultad estimada en 7b A0 M, y se extiende hasta unos 1.250 metros al enlazar con secciones superiores rumbo a la cumbre. La escalada presenta largos sostenidos en fisuras, escasas repisas y una logística que penaliza cualquier error.
La pared obligó al equipo a avanzar durante tres días, condicionados por la humedad, el viento y la necesidad de encontrar lugares viables para pasar la noche. Royal Flush también carga una fuerte impronta histórica: una cordada alemana abrió la línea en 1995 hasta enlazar con El Corazón, y en 1998 otros escaladores completaron el trazado hasta la cima. Desde entonces, la ruta funciona como un termómetro del alpinismo patagónico por su exigencia técnica y ética.
“Antes de empezar a escalar, los dos escaladores estadounidenses Will Fazio y Zach Dreher nos adelantaron y comenzaron a subir por la misma línea. Su intención era terminar la ruta en un día, pero resultó ser más difícil de lo que tanto ellos como nosotros esperábamos. Nos encontramos con ellos al final del primer día de escalada, en una cornisa después del largo 14. Allí, decidimos unir fuerzas y continuar como un solo equipo. Compartimos la comida y el espacio para las tiendas, con ellos liderando los largos mientras nosotros nos concentrábamos en el izado”, narró Boris.

El descenso como objetivo
A diferencia del alpinismo tradicional, donde el descenso se resuelve por la opción más segura, en este caso el descenso definió toda la estrategia. El salto BASE condicionó el ritmo de progresión, la cantidad de material transportado y la gestión del cansancio. En una pared como la del Fitz Roy, cada decisión se volvió crítica: dónde dormir, cuánto tiempo esperar en la parte alta y en qué momento convertir la cima en plataforma de salida.
Boris Egorov sintetizó la experiencia con una frase que circuló rápidamente en el ambiente de montaña: “Una pared enorme, un ascenso de varios días y una nueva e impresionante salida. Una organización perfecta. Tuvimos verdadera suerte, ganada a través de la experiencia de toda una vida”.
“El 7 de enero nos despertamos con la certeza de que estábamos justo en el lugar correcto, muy cerca de la salida, a solo unos 15 metros de lo que habíamos visto en la foto que Rolando Garibotti nos mostró com salida prevista. Estábamos a unos 300 metros por debajo de la cima, las condiciones eran perfectas, así que decidimos saltar”.
Un salto inédito en la cumbre, pero con antecedentes en el macizo
El episodio marcó el primer salto BASE documentado desde la cumbre del Fitz Roy, aunque no representó el primer vuelo en el macizo. En la Patagonia existe una larga historia de actividades aéreas, desde los primeros vuelos en parapente a fines de los años 80 hasta experiencias de “climb and fly” desde distintas cumbres secundarias.
“Konstantin y Vladimir volaron con trajes aéreos y aterrizaron a nivel del bosque. Yo salté con un traje de seguimiento y aterricé en el glaciar, justo al pie de nuestra línea. Para un vuelo con traje aéreo, representó una de las mayores diferencias de altitud del mundo: 2 minutos y 40 segundos de vuelo, seguidos de unos 2 minutos bajo el dosel. El salto fue simplemente impresionante”.
Los propios protagonistas reconocieron antecedentes en el Cerro Torre y en agujas como Mojón Rojo, Guillamet y Saint Exupéry. En ese contexto, el salto desde el Fitz Roy no surgió como un hecho aislado, sino como una acción planificada a partir del conocimiento acumulado de la zona y de experiencias previas en el macizo.
“Mientras saltábamos, Ilya, Will y Zach continuaron su camino hacia la cima antes de descender por la ruta franco-argentina y llegar al campamento base en el glaciar en plena noche. Nuestros amigos bajaron casi todo nuestro equipo, tan importante y costoso. Fue de gran ayuda; quizás la primera vez que saltamos tan cómodamente, sin todo el equipo debajo de los trajes”, agradeció Egorov.
La controversia: volar donde no está permitido
Uno de los puntos sensibles del hecho no reside en la proeza técnica, sino en el marco legal. Tanto el salto BASE como el parapente se consideran actividades no permitidas dentro del Parque Nacional Los Glaciares. La normativa del área protegida se apoya en un principio claro: toda actividad que no cuenta con autorización expresa se considera prohibida, y la prioridad recae en la preservación del entorno y la seguridad pública.
Desde sectores del colectivo de vuelo, algunos argumentan que el impacto ambiental de estas prácticas resulta mínimo si se realizan en condiciones controladas y reclaman un esquema de regulación. Del otro lado, las autoridades del parque sostienen que cualquier incidente transforma una acción privada en un problema público que exige rescates complejos en un entorno extremo.
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