Una noche, hace 32 años una beba de 2 meses desapareció de la carpa de un camping en un parque nacional australiano. Era la menor de tres hermanos y si bien su madre dijo que vio un dingo llevándosela en su boca, nadie le creyó y fue condenada a perpetua.
Esta es la historia de Azaria Chantel Loren Chamberlain, quien vivió brevemente del 11 de junio al 17 de agosto de 1980 y que, con sólo nueve semanas de vida, protagonizó el policial más famoso, dramático y taquillero de Australia.
Esa noche, la familia estaba en el fogón conversando con la gente del camping. Un rato después, escucharon un grito procedente de su tienda, situada a unos 20 metros de distancia. La mamá se paró rápidamente y fue a ver qué ocurría. Cuando llegó a la carpa, cuya puerta estaba abierta, vio a un dingo salir disparado hacia la oscuridad con la bebé colgando de sus fauces.
“¡¡¡Un dingo se llevó a mi hija!!!”, chilló desesperada mientras corría hacia su esposo y el resto de los que acampaban allí. Relató en ese momento lo que repetiría a lo largo de los años una y mil veces: el dingo sacudía la cabeza gruñendo con fiereza con la beba entre sus dientes.
Unas 300 personas, entre turistas y rangers aborígenes, se abocaron durante toda la noche a buscar a Azaria. La policía llegó rastrilló la zona. Lo único que encontraron fueron unas pocas huellas de dingo cerca de la carpa de los Chamberlain.
Si bien una primera investigación apoyó la versión de los padres, la segunda no. El caso inundaba los medios escritos, televisivos y radiales. En ese entonces no se conocía en Australia ni un solo caso de un ataque de un dingo a un ser humano. Si bien eran salvajes y carnívoros, se solían alimentar de canguros, zarigüeyas o wombats. No había antecedentes de que se hubieran comido jamás a una persona.
Como los Chamberlain eran adventistas del Séptimo Día, esos Milleritas que pronosticaban el fin de los tiempos, ¿podrían haber sacrificado a su hija en un ritual?
De a poco el prejuicio sobre la mamá creció y creció. Y se instalaba no solo entre los investigadores, sino también en la mesa familiar de cada hogar de los australianos.
La policía se centró entonces en investigar la explicación más fácil: la madre había asesinado y enterrado a su hija en algún sitio del parque. En 1982 el jurado consideró que ella era culpable y que su esposo había sido su cómplice. El juez la condenó a cadena perpetua y fue puesta tras las rejas.
Este año, 32 años después, la madre reveló algo más sobre aquella noche, su hijo de 4 años compartía carpa con Azaria de 2 meses. ¡Él estaba despierto cuando el dingo atacó! Pero no recordó nada hasta que ellos, un tiempo después, le compraron un perrito como mascota.
La casualidad y los avances de la ciencia, no la compasión, los que vinieron en su rescate para demostrar lo que antes no se había podido. Un saquito blanco y sucio de bebé, hallado de casualidad, fue al fin suficiente prueba para que el dingo fuera declarado culpable. Y para que la madre pudiera recobrar parte de esa vida.
Fuente: INFOBAE
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