720 días de angustia, frustración, tristeza e incertidumbre vivió una familia de Río Gallegos, hasta que este miércoles supo que el asesino de su ser querido fue condenado a reclusión perpetua.
Se trata de la reconocida familia Romero, propietaria de una empresa de vigilancia privada que el 20 de agosto de 2024 denunció la desaparición de Nelson Ariel, de 56 años, al notar que no estaba en su casa.
Tal como lo informó La Opinión Austral en su momento, Nelson había sido visto saliendo de su trabajo en la calle Maipú y nada se supo de él hasta el 24 de agosto, cuando sus restos fueron hallados en los márgenes del ejido urbano de la capital de Santa Cruz, con un disparo en la sien.
El caso conmocionó a la provincia luego de que el perro de Nelson fuera visto en el barrio Marina y su camioneta apareciera con manchas de sangre en el barrio 366 Viviendas al día siguiente de su desaparición. Esto sería solo el principio de uno de los homicidios más cruentos del último tiempo.
El único acusado fue José Daniel Cabrera Gallardo, de mediana edad y oriundo de Tartagal, Salta, quien desde hacía seis años residía en Río Gallegos prestando servicios en el Ejército Argentino como suboficial. Él, al igual que otros camaradas, vivía en el barrio 366 Viviendas, sobre el pasaje Estados Unidos, a pocos metros de donde fue encontrada la camioneta Toyota Hilux de Romero.
Cabrera había sido trasladado a la Comisaría Primera y, si bien en un primer momento admitió haber robado pertenencias de la víctima, negó estar relacionado con la desaparición del empresario.
Una llamada entre el sospechoso y su madre fue el detonante para que la Policía de Santa Cruz comenzara a resolver el crimen. “Por favor, cuidá a mi hija”, le dijo Cabrera a su mamá desde un celular prestado en la seccional. Luego, el suboficial le reveló a las autoridades dónde hallar el cuerpo: “En el barrio Ayres Argentinos, al fondo, cerca de las vías del tren”.
Era el 24 de agosto de 2024, cerca de las seis y media de la tarde, cuando una comisión policial llegó al lugar: un valle en medio de la estepa patagónica donde, tras un montículo de tierra, sobresalía el rostro de Romero, quien yacía boca arriba.
“Es la persona que buscábamos. Hay que avisar a la superioridad”, le dijo un agente a otro. Así comenzó una labor que se extendería hasta el día siguiente con luz solar, siendo la punta del ovillo para reconstruir lo ocurrido con Romero entre el 19 y el 24 de agosto, y determinar la conexión entre él y el suboficial.
El trabajo policial, apoyado en cámaras de seguridad, fue fundamental para destrabar el caso. Como detalló La Opinión Austral durante el juicio, la División de Investigaciones (DDI) reconstruyó el trayecto que unió al sospechoso con la víctima cerca de las ocho de la noche del 19 de agosto, en la esquina de San Martín y Tierra del Fuego.
La camioneta se dirigió por la autovía 17 de Octubre hacia el Barrio Forestal, donde vivía Romero. Antes de llegar, ocurrió el ataque: Cabrera bajó del vehículo, caminó por detrás hasta la puerta del conductor y efectuó dos disparos, uno de ellos mortal en la sien izquierda del empresario.
Todo esto fue reconstruido en el juicio que comenzó el pasado 28 de agosto, a poco más de dos años del hecho, ante la atenta mirada del acusado, quien permanece alojado en la Alcaidía Sexta.
Durante el debate, Cabrera se mantuvo estoico y solo habló al presentarse ante el tribunal. Sus abogados, Gonzalo Marín y Matías Solano, intentaron torcer la suerte de su cliente planteando nulidades que no prosperaron, al menos en esta instancia.
Cabrera usó el celular de Romero para comprar un iPhone 15 Pro Max mediante Marketplace de Facebook con un perfil falso. Sin saber que dejaba rastros, el suboficial realizó cuatro transferencias y empleó una tarjeta de crédito del empresario para abonar el teléfono. Luego mandó a buscar el equipo a un camarada, dado que al día siguiente debía hacer guardia.
Pasaron cinco horas desde el homicidio hasta que Cabrera fue a dormir. Tal como informó La Opinión Austral, en ese lapso compró el celular, volvió a su casa, buscó una pala, lavó sus prendas ensangrentadas, abordó otra vez la camioneta y descartó al bulldog francés de Romero en los márgenes de la ciudad, presuntamente para desviar la investigación.
La cámara de seguridad de una vecina resultó clave al registrar la llegada de Cabrera a su casa cerca de las tres de la madrugada del 20 de agosto. Tres horas después, se lo vio salir con uniforme del Ejército y una mochila.
Días más tarde, la actitud del sospechoso reforzó las sospechas. En el regimiento, Cabrera preguntó a sus compañeros si conocían a alguien que comprara oro, pues tenía una cadena y dos anillos de ese metal precioso sin origen claro. Pertenecían a Romero.
Esa misma mochila fue crucial para consolidar el nexo entre víctima y victimario: incautada por la Policía tras ser entregada por el Ejército, contenía el celular de Romero, la llave de su camioneta manchada con sangre y una pistola calibre 9 mm en idénticas condiciones.
El miércoles pasado, tanto la fiscal Verónica Zuvic como los abogados querellantes Gabriel Bertorello y Cristian Arel se mostraron categóricos en sus alegatos. Ambos solicitaron la única pena contemplada para el homicidio criminis causae agravado por el uso de arma de fuego: reclusión perpetua.
En contraposición, la defensa pidió la absolución de Cabrera alegando irregularidades en la instrucción y la vulneración de garantías constitucionales. De modo subsidiario, solicitaron la pena mínima de 10 años por homicidio en ocasión de robo, contemplando su falta de antecedentes.
Tras cinco días hábiles de deliberación por parte del tribunal presidido por María Alejandra Vila, junto a Jorge Yance y Enrique Arenillas, este miércoles al mediodía se conoció el veredicto.
La lectura del fallo
Según la transmisión en vivo de LU12 AM680, la audiencia comenzó con la lectura de María Alejandra Vila ante los presentes, en ausencia de Arenillas y del propio imputado.
En representación del acusado solo asistió su defensa técnica. Como dato relevante, no estuvo presente Simón, hermano de Cabrera que lo había respaldado durante el proceso.
Néstor Romero, hermano de Nelson Ariel y querellante en la causa, permaneció sentado con la mirada al frente, las manos entrelazadas sobre el vientre y apoyando apenas las puntas de los pies durante la audiencia.
Durante la alocución de Vila, se observó a Solano mover una lapicera y a Gabriel Bertorello, amigo y abogado de Romero, con sus dedos entrelazados como un puño y firmes sobre el mentón, a la espera de que el trabajo técnico realizado en estos dos años bastara para hacer justicia.
Finalmente, tras adelantar que el tribunal rechazó los pedidos de nulidad de la defensa, Vila leyó: “Condenar a José Daniel Cabrera, de las demás circunstancias personales obrantes en autos, como autor penalmente responsable del delito de homicidio agravado criminis causae y por el uso de arma de fuego”.
Mientras continuaba la lectura del fallo, en la sala se sintió un alivio. Los allegados a Nelson Ariel se fundieron en abrazos interminables y lágrimas al sentir que finalmente se lograba justicia.
Entre ellos estaban también extrabajadores de Romero Sistemas y Valeria Garnica, ex empleada doméstica de Nelson, quien en el juicio lo definió como la mejor persona que había conocido, visiblemente emocionada por la resolución de la Cámara.
Como detalle, tras conocerse la sentencia, la primera reacción fue de Cristian Arel, quien con empatía le tocó el hombro a Néstor. Este relajó la postura al comprender que la pesadilla transitada por más de dos años culminaba con la condena del asesino de su hermano.
Luego sobrevino el trámite burocrático cuando las partes firmaron las copias del fallo, algo que poco le importó a la familia Romero. Tanto en la sala como en el patio interno y la explanada de la Cámara Oral, continuaron abrazados y brindándose afecto para dar cierre a un dolor que, según admitió Néstor a La Opinión Austral, temieron no superar.
Cabe remarcar que la condena aún no está firme: tal como indicó la jueza Vila, comenzaron a correr los plazos recursivos para las eventuales apelaciones de las partes. A pesar de ello, el fallo de la Cámara dispuso el cierre de uno de los casos más cruentos y fríos que hayan conmocionado a Río Gallegos en el último tiempo.
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