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Hay talleres donde se reparan autos, y hay talleres donde se cocina la épica. El de los Gallardo entra de lleno en la segunda categoría: un lugar operativo donde conviven trofeos, olor a nafta y una gestión del detalle que haría sonrojar a cualquier gerente de calidad.

Apenas entro, Juanjo me recibe con una sonrisa breve —de esas que hablan de enfoque total— y un mate calentito que, francamente, venía con más temperatura que algunos debates del sector. “Estamos para pelear arriba, Carlos. No hay margen para regalar nada”, dispara de entrada. Y no exagera.

El campeonato: tensión, estrategia y cero margen

Cuando le pregunto cómo vive esta etapa decisiva, suelta una frase digna de manual corporativo premium:
En este momento del año no se compite: se gestiona la presión.”

Explica que cada fecha tiene una variable distinta: viento, grip, temperatura, succión. “A veces largás sintiendo que va a ser un trámite, y a la segunda vuelta entendés que no te perdonan ni medio error”, reconoce.

Sobre su principal rival, Facu, (Facundo Rodríguez) redobla la apuesta:
“Es el tipo que no te regala ni un centímetro. Si lo tenés atrás, te respira encima; si lo tenés adelante, tenés que inventar algo.”

Inicio de carrera: de la infancia al ascenso acelerado

Juanjo recuerda sus orígenes con la naturalidad del que no dramatiza lo extraordinario:
“Empecé a los ocho o nueve años. Me subieron porque no me podían tener quieto. Después se dieron cuenta de que no manejaba tan mal”, dice entre risas.

A los quince ya estaba en la Fórmula local, midiéndose con Belmonte, Núñez y el Gringo GuittardEn esa época no teníamos ni presupuesto ni experiencia, pero sobraban ganas. Hoy me doy cuenta de que corrí contra monstruos sin saberlo”.

El taller: una planta productiva de emociones

Camino entre los autos y la liturgia se vuelve evidente: Penélope —el auto destruido— sigue siendo mencionada como una ex que dejó huella. El 128 azul reluce con dignidad histórica. Y el Fiat actual, el arma con la que compite hoy, parece más un proyecto estratégico que un vehículo.

Lo armamos en 25 días. Fue una locura. Pero cuando hay que salir, salimos”, cuenta Juanjo. Y añade otra declaración que define su ADN operativo:
“Acá nadie espera que las cosas estén dadas. Si falta algo, se hace. Punto.”

El equipo trabaja como una unidad familiar imposible de tercerizar: su padre, su tío, Pedro, Ale. “Discutimos, obvio. Pero cada discusión termina en una mejora. Es un taller que produce rendimiento, no excusas.”

Técnica pura: motor, kilos y ese delicado equilibrio entre potencia y supervivencia

Cuando entramos en la parte más nerd del automovilismo, Juanjo se transforma en profesor titular.

Sobre el 1300:
“Es un auto noble, pero no te perdona nada. Si cometés un error, te pasan como poste.”

Sobre el 1600:
“La potencia te permite corregir, te permite inventar. Es otro juego.”

Sobre la categoría:
“Hace rato que los kilos complican todo. No solo afecta al rendimiento: afecta a la seguridad. Y si hay algo que no se negocia en ninguna industria, Carlos, es la seguridad. Estamos al límite.”

Y agrega una frase que pinta su mentalidad profesional:
“Lo técnico no es un capricho. Es lo que te permite volver a tu casa entero.”

El accidente en Pilar: un golpe de esos que te reordenan el GPS mental

Cuando menciona el accidente camino a Pilar, su tono cambia:
“Fue bravo. Nos salvamos de milagro. Ahí te das cuenta de que todo esto es hermoso, pero no es un juego.”

Ese episodio, dice, le cambió la forma de manejar riesgos:
“Después de eso, cada decisión la pienso dos veces. No para ir más lento, sino para ir más inteligente.”

Metodología Gallardo: desarmar, medir, ajustar, repetir

El proceso post-carrera es quirúrgico:
“Desarmamos todo. Todo. Caja, frenos, suspensión, motor. En este taller no existe el ‘anda bien, dejalo’. Todo se revisa.”

Le pregunto si no es exagerado. Se ríe.
“Exagerado es romper algo por confiarte. Nosotros trabajamos para que nada quede librado al azar.”

Mirada al futuro: hambre, convicción y un título que ya respira cerca

Cuando ya se está enfriando el mate, le consulto por el objetivo.
“Quiero el campeonato, Carlos. No lo digo para la tribuna. Lo quiero porque es el resultado de muchos años de laburo. Y porque sé que puedo.”

Pero enseguida vuelve a su tono pragmático:
“Si no se da, no se cae el mundo. Pero te garantizo que voy a dejar todo. Todo. Y si hay una vuelta más para dar, la voy a dar.”

Cierro la charla viendo a un piloto con 72 carreras, 10 victorias, 23 podios, un motor afinado en el corazón y un hambre de gloria que no entra en ninguna hoja de Excel. Y confirmo algo: en el taller Gallardo no se fabrican autos, se fabrican convicciones.

Así se baja la persiana de esta edición de Mateando con Carlos, un ciclo que —te lo anticipo— sigue acelerando.

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