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Cada 14 de septiembre, el boxeo argentino recuerda una de las páginas más importantes de su historia. La fecha fue elegida en conmemoración de la histórica pelea que Luis Ángel Firpo protagonizó ante Jack Dempsey en 1923, en Nueva York. Aquel combate, por el título mundial de los pesados, quedó grabado para siempre en la memoria del deporte argentino y dio origen al Día del Boxeador.
En ese contexto, Fabián “Motita” Torres, exboxeador y actual entrenador, dialogó con LU12 AM680 y repasó una trayectoria atravesada por el deporte, las dificultades de la infancia, las grandes peleas de su carrera y, especialmente, la enseñanza que hoy busca transmitir a las nuevas generaciones.
Para Torres, el boxeo representa mucho más que subir a un ring. Es una disciplina que exige sacrificio, constancia y preparación, pero que también puede convertirse en una herramienta fundamental para cambiar el rumbo de una persona.
“Es un deporte muy sacrificado y hay que entrenar y estar solo”, explicó, antes de destacar la importancia de enseñar a los más jóvenes “lo lindo del boxeo”.
Su relación con esta disciplina no comenzó por una tradición familiar. En su caso, todos sus familiares estaban vinculados al fútbol. Fue su madre quien lo llevó por primera vez a un gimnasio de boxeo y aquel encuentro terminó modificando su vida.
“Mi madre me llevó a un gimnasio de boxeo y, gracias a ella, me enamoré del deporte”, recordó.
Torres atravesaba entonces una infancia complicada y encontró en el boxeo una forma de canalizar situaciones que le resultaban difíciles de manejar. Él mismo reconoce que durante aquellos años era habitual que protagonizara peleas en la calle.
“Tuve una infancia bastante complicada. El deporte me ayudó a sacarme toda esa ira violenta que tenía. Muchas cosas me pasaron”, relató.
Su primer contacto con el boxeo se produjo en Gobernador Gregores, donde vivía junto a su madre. Desde allí comenzó un camino que posteriormente lo llevaría a Río Gallegos y a compartir entrenamientos y escenarios con algunos de los nombres más reconocidos del boxeo de la región.
Con el tiempo, el boxeo se transformó en mucho más que una actividad deportiva. Para Torres fue una forma de alejarse de las malas compañías y de los malos hábitos, además de una herramienta para construir otra mirada sobre la vida.
“El boxeo me ayudó mucho. Me rescató mucho el boxeo”, sostuvo.
Hoy, desde su gimnasio Puños del Sur, intenta devolverle a la disciplina parte de todo lo que recibió. Después de 25 años vinculados al deporte y ya retirado de la competencia, continúa trabajando con chicos y jóvenes.
“El gimnasio lo hice con la intención de seguir ayudando a la gente. Soy jubilado en deportes, 25 años en deporte, y hoy sigo trabajando con el gimnasio, con la gente. Lo que más me interesa es la juventud”, explicó.
Torres también repasó algunos de los rivales que marcaron su carrera. Entre ellos recordó especialmente sus enfrentamientos con el chileno Garrido y con Juan “Chocodoy” Gómez, reconocido boxeador de Comodoro Rivadavia que llegó a ser campeón argentino, latino y mundial.
Con Gómez protagonizó varias peleas y guarda recuerdos de aquellos combates como parte de una carrera extensa. En total, recordó haber disputado 73 peleas amateur y otras 73 como profesional, en una trayectoria que le dejó numerosas experiencias.
“No me arrepiento del boxeo. El boxeo me dio muchas cosas. Me dio satisfacciones. Quizás no pude llegar a ganar un título argentino, pero me tenía mucha fe. Me dio mucha experiencia y muchas satisfacciones”, señaló.
Toda esa experiencia acumulada es la que hoy busca transmitir a quienes llegan a su gimnasio. Para Torres, la tarea de un entrenador no consiste solamente en preparar a un boxeador para ganar una pelea, sino en formar a la persona que existe detrás del deportista.
“Los técnicos somos formadores de boxeo y formadores de personas. Mi objetivo como técnico quizás, como todo, es tener un campeón, pero lo que más me interesa es tener una buena persona”, afirmó.
En ese sentido, sostiene que el boxeo puede cumplir un papel importante frente a situaciones de violencia, conflictos sociales o malas influencias. Lejos de considerar que la disciplina fomenta la violencia, Torres plantea que puede ser precisamente una vía para canalizarla.
“Hay más violencia en la calle. En el boxeo, por lo contrario, la persona que es muy violenta o tiene mucho problema social te enseña a ser una persona más tranquila, a ver las cosas de otra manera y a valorarte como persona”, explicó.
Para el entrenador, el entorno también resulta determinante. La presencia de buenos referentes y la capacidad de acompañar a los jóvenes pueden marcar una diferencia.
“Depende mucho de la gente que está al lado tuyo. A mí me tocó gente buena y gente que me supo llevar siempre por el buen camino. Eso es lo que sirve al deporte”, remarcó.
Torres también explicó que el boxeo puede comenzar a practicarse desde edades tempranas, aunque con objetivos y métodos diferentes según la etapa. En su gimnasio, los niños pueden acercarse a la disciplina desde los seis años con una finalidad recreativa, mientras que alrededor de los 12 o 13 años comienza una preparación más orientada a la competencia, siempre con autorización de los padres.
En las primeras etapas, el objetivo no pasa por formar inmediatamente a un competidor, sino por familiarizar a los chicos con el gimnasio, las técnicas y el entorno del ring. Las exhibiciones y los trabajos controlados permiten que los jóvenes aprendan a manejar los nervios y la presión que implica enfrentarse a un público.
“Es tratar de enseñarles a los niños que aprendan a sacarse esos nervios que da arriba de un ring, enfrente de una persona y enfrente de un grupo de gente”, explicó.
Entre las personas que más influyeron en su formación, Torres recordó especialmente a Walter Gómez, de quien aseguró haber aprendido una enseñanza que todavía mantiene vigente: el respeto por el boxeo.
“De Walter, entre todo, lo principal era el respeto. El respeto al boxeo, al enseñar, al preparar bien a un competidor”, recordó.
También destacó una frase que quedó grabada en su memoria y que hoy utiliza como enseñanza para sus propios alumnos: “Los guapos están en el cementerio”.
La reflexión detrás de aquella frase es clara para Torres: no se trata de demostrar valentía de manera irresponsable, sino de aprender, entrenar, cuidarse y entender los límites.
“Hay que ser un guapo vivo, hay que pensar, pensar en lo que están diciendo, entrenarte bien y cuidarte en la vida”, sostuvo.
Ese mensaje atraviesa buena parte de su tarea actual. En una época en la que los jóvenes están expuestos a distintas problemáticas y tentaciones, Torres considera que el gimnasio puede transformarse en un espacio de contención y aprendizaje.
Y su propia historia es, quizás, el principal argumento. Aquel chico que encontró en el boxeo una salida para una infancia difícil hoy se encuentra del otro lado del ring, intentando ofrecerles a otros jóvenes la misma oportunidad que alguna vez recibió.
“Yo estoy orgulloso de mi profesión. Soy un bendecido de que hago lo que me apasionaba, me gustaba. Me jubilé en lo que yo quería y sigo enseñando”, afirmó.
Para Torres, enseñar nunca fue simplemente un trabajo. “Para mí no era un trabajo, era una pasión”, resumió.
En el Día del Boxeador, su historia permite mirar a este deporte desde una perspectiva que va mucho más allá de los golpes, las victorias y las derrotas. En cada entrenamiento, en cada chico que llega al gimnasio y en cada consejo que transmite, “Motita” Torres continúa devolviéndole al boxeo todo aquello que alguna vez el deporte hizo por él.
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