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* Por Pablo Gustavo Beecher
De Cabo Verde a América
Julio: Nuestro padre, Juan Bautista Rocha, nació el 24 de junio de 1897 en la isla africana de Cabo Verde, que era parte de la colonia portuguesa en ese continente. Era costumbre que los hijos colaboraran en la Iglesia y papá recordaba que siempre lo ponían de monaguillo. Cuando tuvo diez años de edad, sus padres lo persuadieron para que ingresara al seminario de la Iglesia y fuera sacerdote, pero él no estuvo conforme con esa idea y decidió escaparse como polizón en un buque.
Jesús: En alta mar fue descubierto y, ya en Brasil, el capitán decidió llevarlo a la Embajada portuguesa para regresarlo a Cabo Verde, considerando que era tan solo un niño. En ese barco también viajaba un contingente de salesianos misioneros que, enterados del asunto, hicieron que un sacerdote, a quien mi padre imploró que no lo dejara regresar a Cabo Verde, tomara partido por él. El religioso convenció al capitán de que él se haría cargo del niño y juntos continuaron viaje a Buenos Aires.
Julio: La misión salesiana llegó en barco a Punta Arenas y, al cabo de un tiempo, algunos sacerdotes y papá siguieron viaje a Tierra del Fuego. Papá recordaba con gratitud todo lo que aprendió de los curas. En la isla ingresó a la Subprefectura Marítima y pudo establecerse; pasaron los años y hasta fue guardiacárcel del famoso presidio de Ushuaia.
Irma: Luego conoció a una joven gallega, Asunción Pérez, que había nacido en Vigo, provincia de La Coruña, y que tenía un hijo: Adolfo. Asunción llegó a Tierra del Fuego con su hermana Purificación, quien luego se radicó en Punta Arenas. Papá y mamá se casaron y en 1927 se trasladaron a Río Gallegos, donde había otra sede de la Prefectura.
En Río Gallegos
Julio: Mis padres y el pequeño Adolfo vivieron en una casita del campamento de la Prefectura que estaba ubicado en la esquina de Roca y Córdoba, donde luego nacieron sus hijos Enrique y Ángel. Después vivieron en una casita de la esquina de Roca y Elcano, donde nací yo, Julio. Más tarde nos mudamos a una casa de la calle Jofré de Loaiza, entre Zapiola y Roca, donde nacieron Jesús César y Ana. Por último, nos fuimos a vivir a una casa de esquina Alberdi y Mendoza, donde nacieron Irma Teresa, Héctor y Enedina.
Enedina: Nuestros vecinos del barrio eran: “Piyuco” Ubina; la señora que fue más conocida por “La Cucaracha”; Angelina Fernández; los Álvarez; los Barragán; los Alvarado; Inés Cárdenas; los Saldía; los Medina Varesse, que tenían un pozo surgente de donde buscábamos el agua; y los hermanos Gómez, otra familia numerosa. Los más amigos de papá eran Almeyda, Silva, Pedro Guirado, Bartolo Estévez (p), Maillo y Parisi; prácticamente toda la vecindad.
De prefecto a capataz de playa
Julio: Papá era cabo de Prefectura, pero no resistió la dinámica de ese trabajo y decidió retirarse para ser capataz de playa, aprovechando los conocimientos adquiridos sobre la marea. Eran años en los que todo el abastecimiento de los pueblos y las estancias sureñas se realizaba por vía marítima, transformándose la playa en un hormiguero de hombres que cargaban y descargaban los buques. Las líneas marítimas que llegaban a Río Gallegos tenían sus representantes en las firmas Enosis, que pertenecía a La Anónima; los buques Lucho, de José Peisci; y la agencia de Sureda.
Papá fue capataz de playa de todas las agencias. A veces le tocaba encargarse de dos buques por mes y otras veces pasaba un mes y medio sin movimiento portuario.
Jesús: También cabe recordar que la lana y la carne que producía la zona de Gallegos salían del puerto local. Lo mejor de la carne ovina de la región se lo llevaban los ingleses y papá debía esperar varios días en el mismo buque caponero, anclado en Punta Loyola, hasta que se cargara completamente. Me dijeron que cuando yo nací papá estaba en un caponero; tal es así que me anotaron el lunes después de Semana Santa porque papá temía que le llamaran la atención si dejaba su lugar de trabajo.
La ría
La ría de Gallegos era muy particular porque los buques grandes debían esperar en la boca del mar, a la altura de Punta Loyola, para que las chatas, con un remolcador, condujeran las mercaderías hacia el buque o las retiraran, según el caso. Allí el changarín debía cargar al hombro las bolsas de arena, bolsas de cemento, cal, etcétera. Una vez que las chatas llegaban a la playa, debían bajar la misma mercadería caminando sobre los tablones para no enterrarse en el pedregullo y luego caminar más de cien metros por la playa hasta dejarla en los depósitos o en la intemperie para que los comerciantes la retiraran. Era un esfuerzo físico muy duro.
El sacrificio
Durante el invierno el trabajo de la playa era realmente de lo más ingrato, porque resultaba casi imposible resguardarse del frío. Estamos hablando de escarchas de hasta 25 grados bajo cero, en días en los que igualmente había que descargar mercadería. El mismo trabajo suministraba las calorías para continuar en movimiento y, tal vez, en algún instante se podía descansar cerca de alguna fogatita. De los compañeros de trabajo de papá recuerdo a Carlos Costanzo y a Almarán.
Jesús: Vuelta a vuelta a papá se le escarchaban las manos y debía recuperarlas para seguir con el trabajo, que no tenía pausa, porque el operario que no se movía no cobraba.
Julio: Papá ganaba un sueldo que alcanzaba para mantener a su numerosa familia, pero el dinero no sobraba. Tal es así que recuerdo cuando un día perdió cinco pesos y lo vimos llorar como un niño porque era lo único que había para comer durante la semana.
Rocha esquilador
Julio: Los trabajos más populares de la época, además del comercio, eran la carga y descarga de los buques, la zafra del Frigorífico Swift y la esquila en las estancias. Papá tenía fama de ser uno de los mejores esquiladores de la zona y todavía esquilaba a tijera, integrando la comparsa de esquila de Julio Corzar.
Jesús: Papá contaba que jugaban apuestas para ver quién esquilaba mayor número de animales y que el pago del trabajo se hacía por animal. En ese tiempo las estancias funcionaban muy bien. Recuerdo que papá trabajaba en las estancias de los Riquer, de los Ariztizábal y de los Suárez; a todas esas estancias las peinaban ellos. Esa changa compensaba la falta de trabajo cuando no llegaban los buques al pueblo.
La actividad de nuestro padre en la playa finalizó en la época peronista, porque él era radical y el movimiento político de los otros capataces hizo que no lo aceptaran más en la playa y se quedó pronto sin trabajo. En ese entonces estaba a pleno el frigorífico y Bartolo Estévez (h), enterado de la situación, le dijo:
—No te hagas problema, ya no necesitás seguir siendo capataz para romperte con tanto frío.
Y lo llevó de sereno al Swift, donde más tarde se jubiló.
Julio: Nuestro hogar estaba situado en un lote que sorpresivamente salió a la venta después de muchos años, cuando apareció un heredero de quien lo había solicitado a principios de siglo. Entre todos los hermanos pedimos un préstamo en el Banco Provincia para comprar el terreno familiar y nos atrevimos a pedirlo porque teníamos la seguridad de que, con los sueldos de todos, podíamos hacer frente al préstamo.
El hogar
Jesús: La casa de Alberdi y Mendoza contaba con un terreno de 80 x 50, donde criábamos gallinas, pavos, chanchos, chivas, que nos suministraban la leche, y hasta un piñito de ovejas. A las seis de la mañana papá ya estaba arriba atendiendo la quinta y regando los surcos, aprovechando que la presión era mayor en la mañana.
En julio o agosto papá preparaba la tierra de la quinta para sembrar las legumbres y las verduras, llegando a sacar hasta seis bolsas grandes de papas, zanahorias, también lechuga, repollos, etcétera. En el invierno la verdura se conservaba en el galpón y papá cuidaba que no se echara a perder.
Julio: ¡Si nos habremos ligado más de un reto por descuidar a las ovejas! Teníamos que llevarlas a pastar donde hubiera buen pasto, pero nosotros nos poníamos a jugar al fútbol y los animales terminaban comiendo el maíz derramado de las bolsas que estaban en los predios de la Prefectura, cerca de la playa. La Municipalidad secuestraba a los animales y papá tenía que pagar una multa para retirarlos.
Cuando queríamos hacer alguna parrilladita, íbamos al Matadero Municipal para que el capataz Espinoza nos regalara algunas achuras, mondongo o sangre para las morcillas. Espinoza era un hombre muy bueno que, para el 13 de septiembre, aniversario del Club Matadero, nos conseguía una vaquillona de algún estanciero amigo y nos daba media res para el festejo.
Los carniceros Mauricio Cárdenas, Alfonso Parisi, Gerónimo Ayán y Manuel Payllamán, entre otros, empujaron a los pibes para formar el Club Matadero.
La cocina
Julio: Mamá le preparaba a papá uno de sus platos preferidos: la cachupa, que consistía en una comida a base de porotos, maíz blanco, zanahorias y papas con trozos de chancho y carne.
Enedina: Para Semana Santa mamá cocinaba empanada gallega y, en otras oportunidades, preparaba las empanadas de carne de capón. Los hermanos competíamos para ver cuántas empanadas se comía cada uno (risas).
Los días de lluvia mamá preparaba tortas fritas con grasa de capón o pan con chicharrones para la merienda. El chicharrón se conseguía calentando la grasa que, al derretirse, dejaba un restante crocante muy sabroso.
Jesús: Las fiestas de Navidad y Año Nuevo eran como un cumpleaños: toda la familia debía estar presente. Mamá hacía una torta y en una olla preparaba el chocolate caliente con las barras de Águila o Nestlé.
Enedina: Para las fiestas de fin de año mamá buscaba el mejor pavo, un pollo y un pato y los preparaba para la cena. Después venían a saludarnos familias amigas como los Brun, los Iglesias y los Parisi.
Julio: Comprábamos pescado a Díaz, a Muñoz o a don Agraso. Había épocas en que las ballenas corrían a los cardúmenes de sardinas o palometas que entraban en cantidades descomunales a la ría. Aprovechando esa abundancia que ofrecían los pescadores, papá salaba las sardinas colocándolas en tinajas: una camada de sardinas y una capa de sal sucesivamente. Así se conservaban en buen estado durante todo el invierno.
Irma: Desayunábamos cascarilla y, eventualmente, café. En los días de invierno debíamos tomar cada uno una cucharada de aceite de bacalao, que nos suministraba toda la vitamina, y ojo con poner mala cara (risas).
El ingenio
Julio: Los buques también traían grandes troncos de madera que quedaban depositados en la playa hasta que los compradores los llevaran. Entonces acompañábamos a papá a juntar los pedazos de la corteza seca que quedaban en el suelo y que nos servirían para la cocina y las estufas octogonales de casa.
En ese tiempo se aprovechaba todo: la bosta de caballo y también las matas, porque no siempre se podía comprar carbón o leña.
Jesús: Los hermanos íbamos de paseo hasta la Bajada de las Matas, pasando la última baliza río arriba. En una oportunidad nos encontramos en la playa con varios tablones en muy buen estado que la marea había arrastrado. Le pedimos prestado el carro y el caballo a don Sabino Cuervo, que tenía cerca el tambo, y con Alfonso Parisi rescatamos las maderas, compartiendo entre todos el botín.
Juan Bautista y Asunción en comunidad
Julio: La colectividad portuguesa en Río Gallegos estaba integrada por los Almeyda, Silva, Santos y unos Suárez. Papá se reunía con sus paisanos portugueses en algún bar para tomar un trago y jugar al cacho o al truco.
Todos los días recorría los distintos ámbitos donde se reunían amigos y conocidos. Visitaba el Club Hispano, el almacén de Gallardo, la Tienda Patagonia de Neil, el negocio de Anglesio y el Hotel Londres, donde se reunían los operarios de la playa, a quienes conocía.
Jesús: Recuerdo cuando venían visitas a casa y se sentaban a conversar con papá. Una sola mirada bastaba para saber que debíamos saludar e irnos al dormitorio o afuera, porque los chicos no podían escuchar la conversación de los grandes.
Enedina: Mamá Asunción era gallega y el 25 de julio participaba con entusiasmo de la fiesta de Santiago Apóstol en el Centro Gallego, donde, después de una abundante comida, bailaba la jota, la muñeira y también enseñaba a bailar a las más pequeñas.
El 12 de Octubre, Día de la Raza, se preparaban pulpos a la gallega o paellas y se reunían en la Casa España. Papá también era amante de la música y le gustaba bailar valses, tango y pasodobles.
Julio: Mamá quería enseñarnos el dialecto gallego, pero nos tentábamos de la risa y abandonábamos la clase. También papá, que había aprendido inglés con los curas, quiso enseñarnos ese idioma y el portugués, pero terminábamos distrayéndonos y lo echábamos a perder. Hoy nos arrepentimos.
Papá hablaba el castellano atravesado con algunas palabras en portugués y tenía la costumbre de “chilotear” cariñosamente a los chilenos:
—Che, chilote, vení a trabajar.
Y todos lo aceptaban porque sabían que lo decía sin mala intención.
Jesús: Detrás de nuestra casa había un bajo y era el lugar de asentamiento de los gitanos, que acampaban estrictamente por un mes porque las autoridades municipales no les permitían hacerlo por más tiempo. A nosotros nos daba mucha curiosidad y los visitábamos. Enseguida las gitanas nos decían:
—Te saco la suerte, chico… te saco la suerte, chico.
Rocha y el deporte
Julio: Papá fue socio fundador de varios clubes deportivos: el Neptuno, el Hispano Americano, donde también formó parte de los Bomberos Voluntarios, y el San Lorenzo, en el que tanto trabajaron los López Caló y “Maquinita” Muñoz, con el aporte incondicional de don Zanetto.
Más adelante el Club Matadero eligió a papá presidente para que organizara sus actividades. Le encantaba el deporte, especialmente el fútbol, y después de jugarlo quiso enseñar a los más chicos, preparando a los equipos del Colegio Salesiano: Pibes Alegres, que reunía a niños, y Juventud Triunfadora, que comprendía a chicos de más de 14 años.
Viajaba con esos equipos periódicamente a Punta Arenas. También venía la famosa Pandilla de mi Barrio, de Punta Arenas, y nos daban una paliza de aquellas (…risas…).
Papá era muy simpático con los chicos que preparaba en el fútbol; ellos decían contentos:
—Ahí viene el Negro Rocha.
Claro que también era exigente y, si alguien faltaba al entrenamiento, al día siguiente le decía:
—Señor, hoy usted se queda en el banco por haber faltado.
Por esa intensa actividad deportiva es que, durante la gestión del intendente Marcelo Cepernic, se bautizó a un nuevo Gimnasio Municipal con el nombre de nuestro padre: Juan Bautista Rocha, gesto por el cual nos sentimos muy honrados.
Nosotros, los hijos varones, jugamos al fútbol desde muy chiquitos y luego estuvimos en la Selección que dirigía Lucho Fernández. Si faltaba el árbitro en un partido, le pedían a papá que hiciera de árbitro y… ¡ojo!… Con que alguien nos dijera o hiciera algo, a pesar de que jugábamos en el equipo de San Lorenzo, contrario al de papá, que era el Hispano.
Los cinco hermanos jugábamos en San Lorenzo y, años más tarde, Ángel y Héctor se pasaron al Club Río Gallegos, en el que ganaron tres campeonatos seguidos. Jugaban los López Caló, Laffitte, De la Torre, Pidal y otros más.
Los padrinos
Julio: En el día de nuestros cumpleaños visitábamos, cada uno de los hermanos, a nuestro respectivo padrino, quienes nos obsequiaban algo; podía ser un par de zapatos acharolados, un saco o un pulóver.
Mi padrino era Julio Corzar, el de Jesús el señor Almeyda y los de Enedina eran Manuel y Enedina Ajís.
La ropa del hermano mayor iba pasando al siguiente y, si era necesario, mamá la remendaba, pero nunca nos dejó usar medias con “papas”, como llamábamos a los agujeros.
Pelota de trapo
Julio: Cerca de casa estaba la canchita de fútbol donde jugábamos con una pelota de trapo porque no teníamos manera de comprarnos una buena pelota.
Luego recolectamos centavo por centavo entre los amigos del barrio y compramos una pelota de cuero con tientos que, si la cabeceábamos en la parte de la costura, nos dejaba la marca (risas…).
El problema de comprar una pelota entre todos era que, si uno de los chicos era un tronco jugando al fútbol, pero al mismo tiempo había colaborado en la colecta, no nos quedaba más remedio que dejarlo jugar (risas…).
Los partidos de fútbol se jugaban por la Champañita, que era una gaseosa parecida a la Crush.
Jugábamos competencias entre los barrios Matadero, la Pina, Gaydos, Frigorífico y Tiro Federal.
Cuando nos enterábamos de que en la radio se transmitía un partido de fútbol, nos acercábamos a la ventana de la casa de don Parisi para escucharlo, porque en casa no teníamos aparato.
Recuerdos de infancia
Jesús: Comprábamos en Casa Méndez las figuritas de los jugadores de fútbol de los clubes argentinos y llenábamos el álbum.
En una oportunidad nos ganamos una bicicleta media carrera y un neceser con elementos de tocador. Con esa sorpresa todos los hermanos aprendimos a andar en bicicleta.
Julio: Jugábamos a las bolitas con la variante de la troya, que consistía en sacar, con un toque de bolita, las que estaban acomodadas dentro de un círculo; y a la piquicuarta, en la que se trataba de ganar las bolitas que se tocaban con cada tiro.
La yapa de los negocios solían ser bolitas y cada chico tenía su montoncito.
En el invierno, la cancha inundada del barrio se transformaba en pista de patinaje. Había patinadores que eran artistas, como Ernesto y Arturo Gómez, “Maquinita” Muñoz, Etelvino Álvarez y Cuca Álvarez, quienes, además de hacer el ocho y la palomita, dibujaban patinando sobre el hielo.
En la noche seguíamos patinando porque la gente llevaba faroles que iluminaban la laguna.
Las travesuras
Julio: Una vez papá y mamá salieron juntos y yo quedé a cargo de mis hermanos menores.
Papá había dejado una damajuana de vino tinto de cinco litros y, jugando a ser grandes y que tomábamos vino, emborraché a mis hermanos Ana y Jesús (…risas…).
Cuando escuchamos que nuestros padres llegaban, yo corrí afuera de la casa y me escondí en el retrete.
Jesús: Yo quise correr a mi pieza y me caí frente a mamá, que enseguida se dio cuenta de la situación.
El gran reto se lo ligó Julio porque estábamos a su cuidado.
La disciplina
Julio: Cuando íbamos a la escuela y nos mandaban a la casa por haber hecho alguna macana, sobre el reto y, a veces, la cachetada de la maestra, también nos ligábamos el reto y la paliza de papá, que nos decía:
—Si la maestra los retó, es porque ustedes fueron indisciplinados.
Recuerdo cuando la maestra le pegó una cachetada a Yiyi Parisi y yo grité:
—¡Abusadora!
Cuando me descubrieron me enviaron a casa y la volví a ligar.
Jesús: El 25 de Mayo finalizaban las clases porque comenzaba el invierno y se festejaba con juegos en la intersección de Roca y San Martín. Hacían carreras de embolsados, carreras de tres piernas y el juego del huevo y la cuchara.
La promesa de Rocha
Julio: Antes de partir de su hogar, papá le había hecho la promesa a su madre, que era muy religiosa, de que acompañaría a su última morada a cada vecino del pueblo donde viviera.
Así lo hizo.
Incluso él ayudaba a cambiar al difunto, a realizar los trámites municipales para el entierro y acompañaba el cortejo fúnebre desde el velatorio hasta el cementerio.
Algunas familias venían a buscarlo y él les decía:
—Yo me encargo.
Papá se enojaba si mamá o nosotros no le avisábamos de algún fallecimiento porque él debía cumplir con su obligación.
En la intendencia del doctor Wenceslao Peisci se estableció que no era necesario cargar a pie el féretro hasta el cementerio y que podía llevárselo sobre la carroza.
Esto enfureció a papá, pero igualmente siguió acompañando la carroza a pie.
Para él era importantísimo cumplir con esa misteriosa ceremonia hasta que, ya anciano, dijo:
—Ahora sí, ya cumplí con mi promesa.
Y luego de dos años falleció.
Siempre nos pareció de lo más enigmática una promesa de estas características y la conducta para cumplirla con cristiana devoción.
A su velatorio y entierro nos acompañaron centenares de vecinos, seguramente las amistades que papá había cosechado durante tantos años.
Los hijos
Nuestro hermano Adolfo Pérez había nacido en España en el año 1921. Estudió parte de la primaria en Gallegos y después ingresó como plomero soldador en el Taller de Soldadura de Pisabarro, que estaba ubicado en Sarmiento y Alberdi.
Luego Adolfo compró el taller y continuó trabajándolo.
En el mismo terreno había una casa donde vivió hasta que falleció, en 1962.
Había enfermado de los pulmones por el efecto de las soldaduras, ya que aspiraba el ácido muriático que se desprende al realizarlas.
Enrique Rocha nació el 7 de abril de 1928, estudió hasta sexto grado e ingresó como vendedor en la agencia Ford, de Davidson y Muñiz, que estaba ubicada en calle Roca.
En 1948 Enrique entró como cartero en el Correo y se jubiló como tesorero.
Jugó al fútbol y fue dirigente del Club San Lorenzo.
Ángel Rocha nació el 12 de diciembre de 1929. También estudió hasta sexto grado de la escuela primaria e ingresó como dependiente administrativo marítimo de la agencia Enosis de La Anónima.
Trabajó con Horacio Fernández y Simón Giubetich, entre otros.
Luego estuvo en la sucursal de La Anónima de Río Turbio y más tarde regresó a Gallegos, donde fue secretario de la Cámara de Diputados y después ingresó en Rentas hasta que se jubiló.
Se radicó luego en Buenos Aires y allí falleció.
Julio Rocha: Nací el 6 de febrero de 1931. Tuve más suerte porque, como mis hermanos mayores colaboraban con el presupuesto familiar, me permitieron estudiar en la Escuela de Artes y Oficios, donde aprendí carpintería.
Egresé en 1948 y en 1950 ingresé en Obras Portuarias, justo cuando se estaba construyendo el muelle de YCF.
Hice el Servicio Militar en San Julián y luego ingresé en la Planta de Almacenaje de YPF, donde me jubilé como jefe de Planta en 1991.
En la Planta se recibía el combustible para abastecer a Gallegos y al resto de las localidades de la provincia.
Jesús César: Nací el 25 de marzo de 1932 y, después de la escuela, trabajé con mi hermano Adolfo en el taller.
En esa época se hacían canaletas, caños para estufas, se arreglaban radiadores y los tanques de nafta de los vehículos.
Trabajábamos mucho con soldadura a fuego con estaño.
Cuando tenía 19 años, Pauline Martínez, que se desempeñaba en el Correo, me ofreció ingresar a ese organismo.
Al poco tiempo debí hacer el Servicio Militar en la Marina durante dos años y luego retomé mi trabajo de mantenimiento en el Correo.
Más tarde ingresé en la Planta de Almacenaje de YPF, donde me jubilé como segundo jefe de Planta.
Me casé en 1963 con Margarita Agraso, perteneciente a otra familia de origen gallego, y nació nuestro hijo Mario Rocha.
Mario se casó con Claudia Guardia y tuvieron a Ximena, Daiana y Ayelén.
Él se desempeñó como locutor en distintos medios de comunicación y en la Municipalidad hasta que, lamentablemente, enfermó y falleció.
Ana Rocha nació el 17 de diciembre de 1933, hizo hasta el sexto grado de la Escuela N.º 1 y tiempo más tarde ingresó al Correo.
Ella se casó en 1958 con Laureano García, quien trabajaba como maquinista de barco, y se trasladaron a Ushuaia, donde nació su hija Norma y allí vivieron por nueve años.
Luego, en Gallegos, nacieron sus hijos Daniel y Félix y, otra vez en Ushuaia, nació Eduardo.
Laureano se retiró de la actividad marítima e ingresó al Correo y más tarde se radicaron en Buenos Aires.
Daniel y Eduardo se desempeñan hoy en el Correo Central de Buenos Aires.
Irma Teresa: Nací el 13 de noviembre de 1935. Me casé jovencita, en 1953, con Segundo Andrés Gallegos, de profesión hojalatero, y nació nuestra hija Irma Victoria Gallegos.
Trabajé en el sector administrativo del Hospital Regional y me jubilé en 1992.
Irma Victoria se desempeña hoy en el sector de Rendición de Gastos del mismo Hospital.
Ella se casó en primeras nupcias con Mario Oscar Casanovas, retirado de la Policía, y nacieron Mario Andrés, Stella Maris y Susana Beatriz.
Irma Victoria se casó después con Ramón Flores, jubilado del Hospital, y tuvieron a Vanesa Anahí.
Stella Maris se unió a Rodrigo Oscar Caamaño y tienen a Daniel Oscar.
Héctor Rocha nació el 12 de agosto de 1937. Fue a la escuela y años más tarde ingresó en Mantenimiento de la Gobernación, donde se jubiló como director de Mantenimiento.
Se casó con Susana Torres y tienen a Silvia Asunción, que hoy estudia en Buenos Aires.
Enedina Rocha: Estudié hasta sexto grado y luego acompañé a mis padres en casa hasta que, a los 18 años, empecé a trabajar en el Hospital, donde me desempeñé durante treinta años en el sector administrativo.
Me casé en 1963 con Luis Luna, oriundo de Buenos Aires, que había llegado a Gallegos en 1962.
Mi esposo se jubiló como cabo primero de la Jefatura de Policía.
Nuestra hija Adriana Mabel hoy es auxiliar de la Secretaría del Colegio Nacional República de Guatemala.
De su unión con Roberto Adrián Puebla nacieron Adriana Beatriz y Ana Belén.
La reflexión
Jesús: Es una emoción muy grande recordar esos tiempos de infancia junto a mis padres.
Para mi hijo Mario visitar a su abuelo Juan Bautista era toda una alegría y es por eso que quisiera que mis nietas valoren el recuerdo de sus ancestros.
Irma: Es un recuerdo muy grato porque, si bien soy una de las hermanas menores y no viví los primeros años de sacrificio, me sensibiliza mucho recordar a mis padres.
Julio: La conducta de nuestro padre fue ejemplar por su bondad y su vocación de servicio para con la comunidad.
Juan Bautista Rocha nos ha dado la riqueza de los valores para que caminemos por la vida éticamente.
Enedina: Soy la menor de los hermanos y hoy, en mi papel de abuela, les cuento a mis nietas sobre la historia familiar que tanto nos enorgullece.
La descendencia














* Artículo original publicado en la edición impresa La Opinión Austral el domingo 16 de abril de 2000, en el Suplemento Dominical.
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