* Por Belén Manquepi Gómez
Un cuerpo semienterrado en la costanera local. El rostro quemado con cigarrillos. Las piedras sobre su boca. Son algunas de las imágenes que quedan del registro de “Mis deseos ya no son”. Durante la primera semana de noviembre, la artista chilena Paola Ferraris participó del Campamento Artístico Curatorial que se realizó en Río Gallegos y eligió la acción de la performance para abordar la trata de personas. En diálogo con La Opinión Austral, se refiere a su obra.
¿Cómo surge el interés por la temática de trata?
Paola Ferraris: La trata siempre es un tema pendiente cuando hablas de violencia de género,
aunque yo nunca la había abordado directamente, era una deuda, y ahora siento la necesidad de ahondar mucho más. Fue el lugar lo que me condujo. Cuando se abrió la convocatoria para participar del Campamento, me puse a investigar sobre Río Gallegos. No sabía prácticamente nada, soy chilena, vivo en Buenos Aires desde hace siete años, y éste fue mi primer viaje a Santa Cruz.
Leyendo me encontré con sorpresas. Me enteré de la existencia del barrio de “Las Casitas”, la relevancia y fama que había tenido como “El barrio rojo” de todo el sur de Argentina, y con ello, el dolor de la trata. No te digo que todos esos lugares llevaran chicas engañadas, es imposible saberlo. Da mucha impotencia leer testimonios de chicas que lograron escapar o fueron rescatadas; piensas que eso sigue pasando y no se hace nada. Aunque las casas del barrio ya no funcionen como prostíbulos, el negocio se ha distribuido por la ciudad. Ahora sólo es menos visible.
¿Consideras que es un tema del que se habla?
P. F.: No se toca como debería, casi no se habla, como si eso hiciera que no exista. Es un negocio que mueve mucha plata y nadie quiere investigar, menos denunciar. El sistema está arreglado, hay mucho miedo.
Chicas trabajadoras sexuales han muerto por denunciar. La ley de trata tampoco es clara y tiene deficiencias, entonces te encuentras con que se esconde el problema debajo de la alfombra, cuando es un tema tan grave, que tendríamos que estar gritando en las calles por todas esas chicas.

¿Por qué elegiste la performance?
P. F.: La adopté este año, es una disciplina nueva para mí. Me interesa cada vez más el arte público y efímero. Esa percepción de cada espectador que luego deviene en vago recuerdo. Para mí, al menos es difícil recordar los detalles de una perfo; me queda sólo una noción de lo que fue, pero sí muchas emociones y
reflexiones. Me pasa como espectadora, pero sobretodo como performer. Ese transitar de mi cuerpo por la acción, me transforma. Me remueve cada célula. La experiencia colectiva, el empezar cada acción sin saber cómo va a terminar, qué se va a generar, qué va a producir en el público que, muchas veces, se hace
parte. Todo eso me conmueve. Es arte totalmente vivo e impredecible.
¿Cómo viviste esta performance?
P. F.: Este caso en particular fue muy potente. Tuve que lidiar con aprensiones, con desnudarme, con el frío. Sentí que no podía hacerlo vestida, la perfo habla del abandono del cuerpo luego de un femicidio. Tenía que ser lo más real posible. Mi cuerpo tenía que ser un “algo” del cual había que deshacerse. El abandono es la última forma de violencia que sufre una mujer víctima de femicidio, y yo necesitaba sentir eso en toda mi piel, y lo hice. Experimenté el abandono en la frialdad y humedad de las piedras de la ría que me cubrieron esa mañana. Me conecté con el dolor y con la muerte. Fueron segundos, tal vez un minuto o más. No tengo noción del tiempo que pasó, eso también es cosa de performance, y es hermoso.

Fue muy fuerte sentir directamente en la piel, cómo me iban enterrando. Cada montón de piedras y arena que caía sobre mí. Y luego, bajo la humedad, mi cuerpo iba perdiendo calor, mientras me alejaba de la realidad. Hasta que mis compañeres vinieron a rescatarme, en el abrazo cálido y contenedor que ya estaba necesitando.
¿Qué quisieras que deje tu obra?
P. F.: Quisiera que genere incomodidad, sea una interpelación. Que sea capaz de remecer de alguna manera. Y es tan difícil el arte en ese sentido, porque nos cuesta tan poco olvidarlo cuando nos metemos en el día a día, en el mecanismo de supervivencia. Por eso me interesa cada vez más el arte que podemos encontrar en la calle; porque es el que nos va a sorprender y a sacar de lo que esperamos vivir ese día. No es un arte que vayamos a buscar al museo o galería, es un arte que nos encuentra a nosotres como espectadores, y nos saca de la somnolencia habitual. Ojalá fueran muchas las incomodidades que recibimos a diario. El arte puede y debe cambiarte la vida.
¿Cuál es tu balance de la participación en el Campamento?
P. F.: Es la mejor experiencia que he tenido en relación a mi trabajo. Es difícil explicar lo que se generó entre todes. Fue y es realmente hermoso. Todo fue generosidad y amor. De alguna manera íbamos imbuyéndonos en el trabajo de les otres, tanto que, de alguna manera, lo sentíamos como propio. Con respecto a mi trabajo, específicamente la performance, no hubiera podido hacerla sin mis compañeres y curadoras. Directamente les pedí que me enterraran. Me entregué a elles el tercer día de conocernos. La confianza que sentí, fue total. Sé que les costó emocionalmente, que no fue fácil, por eso les valoro mucho más. Performamos. No fue mi obra, fue la de todes.
Actualmente, Ferraris está trabajando en una muestra individual para presentar en marzo en la Municipalidad de Berazategui y preparando una performance con respecto a la situación actual en Chile.
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