Your browser doesn’t support HTML5 audio
Hay historias que no pueden contarse solamente con estadísticas. Hay trayectorias que se entienden cuando uno entra a un taller, mira los motores desarmados, las herramientas acomodadas y escucha hablar a quien pasó gran parte de su vida respirando olor a nafta.
En la segunda temporada de “Mateando con Carlos“, el ciclo de entrevistas del Grupo La Opinión Austral, el protagonista fue Mario “Marito” Ojeda, uno de los nombres más respetados del automovilismo santacruceño.
Sentado entre motores y recuerdos, el ex piloto comenzó el recorrido por una carrera que empezó hace casi seis décadas.
“El único deporte que hice fue el automovilismo”, resume con la sencillez de quien nunca necesitó exagerar para explicar una vida entera.
Su debut fue casi una aventura.
“Empecé con el Ford Ranchero que me preparó Santiago Cvitanic. Armamos el coche, armamos el motor y me dice: ‘Vamos a probarlo’. Salimos para la ruta y, cuando pegamos la vuelta, me dijo: ‘Pisale a fondo’. Llegamos casi a 180 kilómetros por hora. Una sola vibración tenía el auto, vibraba por todos lados.”
Aquella prueba terminó convirtiéndose, casi sin buscarlo, en la oportunidad de correr su primera carrera.
“Fuimos al circuito para decidir quién manejaba. Corrió primero el Tano Requia e hizo un tiempo. Después me subí yo y le bajé casi tres segundos. Santiago me dijo: ‘Bueno, corrés vos’. Yo quedé sorprendido porque enfrente estaban todos los monstruos de la época.”
La ilusión duró hasta las últimas vueltas.
“Faltaba experiencia. Levanté la pata en una curva, el auto se cruzó, agarré la zanja del circuito y se rompió todo. El tren delantero, el diferencial, las puntas de eje… hasta nosotros nos golpeamos porque los cinturones eran muy precarios.”
Sin embargo, hay una imagen que todavía lo hace sonreír.
“Lo único que no se rompió fueron las llantas. Eran especiales. Se doblaron los palieres, las puntas de eje… pero las llantas quedaron intactas. Siempre cuento esa anécdota.”
De piloto a constructor
Después de algunos años sin competir, volvió al automovilismo acompañado por Néstor “Chiquero” Castro, en las históricas 24 Horas.
Más adelante llegarían las victorias, pero también otro desafío: empezar a construir sus propios motores.
“Llegué al barrio en el ’74 y desde el ’75 empecé a armar yo mis motores. Primero para mí. Después seguí corriendo y preparando todo.”
Ese cambio marcaría el resto de su carrera.
“Nunca tuvimos mucha plata para correr. Vialidad nos daba una mano con la logística, pero plata no había. Corríamos contra gente que tenía muchos más recursos.”
Pese a esa diferencia económica, los resultados llegaron.
“Con el Gordini ganamos dos veces las 24 Horas. El auto era un misil. Yo siempre decía que si queríamos ganar había que sacar una vuelta de diferencia, porque si era por una sola la podíamos perder. Por suerte el coche no se paraba nunca.”
Una vida de sacrificio
Ojeda recuerda aquellos años como una época donde el esfuerzo era parte natural del automovilismo.
“Íbamos andando con el auto hasta Punta Arenas. Llevábamos una cajita de herramientas y una cubierta de repuesto. Llegábamos al autódromo, clasificábamos y corríamos.”
La anécdota todavía sorprende.
“Una vez llegamos cuando estaban terminando la clasificación. Nos preguntaron si recién llegábamos. Les dijimos que sí, que veníamos andando desde Río Gallegos. Salí a clasificar y quedé segundo.”
También rememora otra escena que refleja cómo se vivía el deporte en aquellos años.
“Gané una carrera en Gregores. Terminó la revisación técnica, armamos el motor ahí mismo con mi hermano y salimos de madrugada para Río Gallegos manejando el auto de carrera. Llegué a mi casa a las siete de la mañana y a las ocho entré a trabajar a Vialidad.”
Tres generaciones sobre el asfalto
Si hay algo que emociona a Marito es ver cómo la pasión siguió recorriendo la familia.
Después de él llegó su hijo Héctor. Hoy es su nieto Martín Ojeda quien representa el apellido en las pistas.
Y hubo un momento único: competir juntos.
“Es una sensación rara. Yo soy medio frío, no me emociono mucho, pero correr con Martín fue algo especial.”
Cuando Carlos Zapico le preguntó cómo veía a su nieto, la respuesta salió sin dudar.
“Martín me hace acordar a mi hermano Tito. Hay gente que se sube a un auto y anda. No necesita veinte vueltas para adaptarse. Lo trae de nacimiento.”
Incluso recordó las primeras pruebas del actual campeón.
“Probó el Ford Escort cuando era chico y hacía los mismos tiempos que hacía yo. Inclusive menos. Ahí nos dimos cuenta de que tenía condiciones.”
“Nunca nos sobró nada”
Ojeda insiste en que el automovilismo siempre fue un deporte construido con sacrificio.
“La verdad es que nunca tuvimos mucha plata para correr. Siempre armábamos todo nosotros. Era otra época, pero igual había que rebuscársela.”
Esa filosofía nunca cambió.
Piloto, mecánico, motorista y constructor, hizo prácticamente todas las tareas posibles dentro de un equipo.
Una historia que se resume en más de 160 carreras disputadas, decenas de triunfos, victorias en las tradicionales 24 Horas y una pasión que hoy continúa viva dentro del mismo taller donde todavía siguen naciendo motores.
Porque para Marito Ojeda el automovilismo nunca fue solamente una competencia.
Fue, y sigue siendo, una forma de vivir.
Leé más notas de Carlos Zapico
Compartir esta noticia