Por Sandro Díaz
José Sánchez, de nombre artístico Zeta, es un rapero y estudiante de la Licenciatura en Psicopedagogía de la Unidad Académica Río Gallegos (UARG) de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral (UNPA) que en marzo de 2020 tuvo que dejar por la mitad la realización de un álbum. Confiesa que “el año pasado fue un poco difícil, nunca había transitado tanto encierro.
“No supe organizarme bien con los tiempos entre la universidad y lo recreativo, pero sobre todo con los de mi vida artística, que empecé a dejarla de lado. Pero hubo momentos en los que me ayudó a componer música. Eso fue positivo, porque también aprendí a usar programas de instrumentos digitales para hacer mis propias melodías”, rescata.
José Sánchez, alias “Zeta”
Para José existe una situación un tanto ambigua con relación a cómo afectó la pandemia a nivel musical: “Están a quienes les tocó de forma negativa, que la pasaron un poco mal, porque no siempre fluía la creatividad estando en casa encerrados, sumado a la falta de batallas de freestyler, que fue un factor clave porque hizo que la gente que recién comenzaba se encontrara descolocada por no poder competir. Algunos se sumaron a torneos virtuales, pero nunca es lo mismo eso que la esencia de la plaza o del escenario”. Pero también ve que, como le pasó a él, “lo positivo es que muchos chicos de distintas edades vieron eso y se dedicaron a escribir, a hacer canciones, a desarrollar su musicalidad”.
Tuvo, en lo que va del año, tres shows presenciales: “En el primero se dio un momento bastante emotivo -dijo-, cuando comenzaron a aplaudir y gritar, mientras a mí me daba una sensación de piel de gallina, era con lo que necesitamos volver a conectarnos, con el mundo real”, reflexionó y luego agregó: “Yo creo que la virtualidad fue una etapa de crecimiento de la realidad como la conocíamos y fue adaptarnos a ver solamente nombres de Instagram, contactos en WhatsApp o amigos de Facebook viendo tu directo y eso había hecho que todo tuviera otra transmisión, importaba más la estética que lo que generabas”, sentencia.
Entre tanto, rescata que sus objetivos para este año son “sacar un tema por mes y terminar el disco, aunque, por otro lado, comencé a tocar con Otto, una banda de rock-punk y otros géneros, pero a largo plazo busco musicalizar mucho más mis canciones y encontrarme con otra música”, confiesa.
También José advierte que hubo últimamente un cambio de perspectiva: “Los pibes tienen muchas ganas de activar, de hecho, hubo un evento el pasado mes de febrero en la Casa de la Juventud que demostró que los más antiguos y los más nuevos están ensayando, se involucraron. Esto no sólo pasa en Río Gallegos, en varios puntos de la provincia es así. Todos tienen ganas de salir, de hacer un recital independiente. Creo que, en definitiva, se ha reforzado la interpretación que tenía la gente del show y de lo importante que era moverse”, señala, al tiempo que también advirtió que antes se notaba poco compromiso a la hora de generar un espectáculo, pero ahora “se revaloriza aquello que habíamos tenido anteriormente y tiene otro sentido”.
“Hay cada vez más movimientos independientes que dan a conocer la fuerza cultural que había en la ciudad y que en un momento parecía estar medio apagada”, finaliza.
De murales se trata
Por su lado, el muralista Leandro Correa, alias “Dogore”, que también es trabajador gastronómico, recuerda que de niño empezó a meterse en el dibujo, hasta que luego inició el camino de desarrollarse como muralista: “Me gustó mucho esa cultura, ver gente pintando en la calle y que los vecinos vean el arte que uno lleva adentro”, resume a La Opinión Austral.
Leandro Correa, “Dogore”
Cuenta que en marzo del año pasado tuvo que dejar de salir a “muralear” y que por eso “la verdad que la pasé re feo, aunque tuve más tiempo para poder perfeccionar mi arte en casa y ponerme a estudiar las técnicas digitales. Eso viene dando frutos porque veo una evolución. También miraba películas de terror, porque soy fan de las películas clase B, que es un poco en lo que se basa mi estilo, en el arte bizarro donde hay personajes como mutantes, zombis, cadáveres, parásitos. Es un estilo bastante único el que hago porque es bizarro, mucho no se ve por acá. Está basado en dos referentes dibujantes, que son Jim Phillips y Martin Barbero”, dice con gran entusiasmo.
A pesar de la pandemia, Leandro observa que “a los pibes les decís que activemos y activan al toque para poder hacer un mural, pero hoy sería siempre con las medidas de protección que se tienen que tener en este caso”, y luego remarca que “todos compartimos las pinturas, está bueno eso porque es como una unión, y de a poco van saliendo otros artistas”.
Aunque la vida de Leandro también pasa por el tiempo que le demanda su trabajo. En ese sentido confiesa que son muchas horas las que se dedica a eso.
“Tengo que levantarme a las siete de la mañana para trabajar, porque yo vendo comida y estoy las 24 horas recibiendo pedidos. Pero el arte es algo de uno mismo, que te lleva a activar, está muy bien que tengas tus responsabilidades, pero yo lo veo como un cable a tierra, es una forma de relajarme, expresar lo que a mí me gusta y que la gente también lo vea”, sintetiza.
En cuanto a la proyección para el presente 2021, el artista adelantó que “quiero realizar un evento con artistas de distintas disciplinas del arte urbano, aprovechando que los vecinos hoy en día te dan permiso para pintar murales, que eso antes no pasaba. Por otra parte, me gustaría invitar a los chicos que hacen skater y lomborg”, finaliza.
La cumbia que arrasa
Zarina Giardino, cantante de la banda Zariband de cumbia santafesina, narra que “el comienzo de la cuarentena nos agarró de sorpresa, porque veníamos de hacer nuestra primera mini gira, oportunidad en la que recorrimos muchas ciudades, hasta llegar incluso a Las Grutas (Río Negro)”.
“Tocamos en peatonales, bares y hasta en la playa. Volvimos de esa experiencia y tuvimos dos tocadas más en Río Gallegos y teníamos agendadas futuras fechas hasta el mes de mayo”, recuerda Zarina, quien también rememora que “todo cambió de repente, cuando un día antes que iniciara la cuarentena estricta participamos en un casamiento. Todo fue muy sorpresivo, pero al principio me lo tomé como un descanso”, ya que, aparte de la música, ella trabaja en el sector comercial, lo cual le insume la mayor parte del día.
Zarina y la Zariband
Aun así, recuerda que “llegó un punto en el que pensamos que esto no se termina más y entonces decidimos comenzar con las trasmisiones vía Facebook, a través de la página de la banda, para poder seguir en contacto con la gente y, por suerte, tuvo resultados muy positivos”, rescata.
Por otro lado, dice que por la cuarentena y el apoyo de los seguidores del grupo en redes sociales, Zarina se pudo sumar a Punto de Encuentro, iniciativa orientada a descubrir nuevos talentos y que es llevada adelante por Pablo Serantoni, productor artístico. Gracias a esa charla en vivo por Instagram, pudieron emitir un videoclip del grupo en el reconocido programa de la movida tropical “Pasión de Sábado”.
En cuanto al lado desfavorable de todo esto, lamenta que “a parte de perder fechas, demoró mucho el disco en el que estábamos trabajando, teníamos días agendados para seguir grabando temas, pero algunos chicos no querían arriesgarse yendo a grabar por el contexto de la pandemia”, comenta Zarina, quien adelantó que para este 2021 “la idea es terminar entonces el primer disco, que va tener covers y canciones propias”.
Por lo pronto, mañana 10 de marzo la banda va a sacar a través de las plataformas digitales un nuevo tema, llamado “De los besos que te di”, aunque el objetivo a largo plazo es ir el próximo mes de noviembre a la provincia de Santa Fe para “probar suerte” en la Fiesta de la Cumbia Santafecina, confiesa con entusiasmo.
El arte en la piel
Finalmente, Ezequiel Fraccarolli, tatuador, ilustrador y estudiante del Profesorado de Artes Visuales en el IPSA (Instituto Superior en Arte), fue una de las personas varadas desde el comienzo de la cuarentena.
Ezequiel Fraccarolli, tatuador
Asegura que lo encontró la cuarentena en Buenos Aires “y fue toda una odisea poder volver a Río Gallegos, con más o menos dos o tres meses sin poder trabajar, por cuestiones obvias, por toda la paranoia que había, y también porque no llegaban insumos para poder tatuar, aumentaron los precios de los elementos básicos que siempre usamos, como el alcohol en gel, los guantes, las servilletas, las cosas de limpieza”, detalla.
Por otro lado, advierte que “se perdió mucha salud mental en la sociedad, más allá de los problemas económicos y sociales durante todo este parate, todos los problemas que ya estaban se agravaron y se generaron nuevos”, opina.
En todo caso, lo que para él sí fue positivo durante la pandemia es que “uno vive pensando en que tenés que trabajar o estudiar, y por lo menos a mí el estar encerrado hizo replantearme qué quería para mi vida. Respecto a mi trabajo, siento que progresé en ese sentido porque comencé a trabajar en un estudio privado, me independicé más y pude invertir más en el tatuaje”, rescata.
Ezequiel espera de este año “que sea un poco mejor, con un poco más de tranquilidad, que se vuelva a lo que era antes. El año pasado esperaba muchas cosas, este año no espero mucho, la verdad que prefiero sorprenderme antes de tener expectativas que no se puedan llegar a cumplir”, dijo, aunque, entre los proyectos que se vienen planteó “seguir invirtiendo en el estudio de tatuajes, retomar los estudios terciarios, seguir capacitándome y a largo plazo poder concretar viajes relacionados con el trabajo y también con el ocio”, concluye.
Expectativas
Si bien todos concuerdan con la idea de seguir trabajando por sus objetivos, queda bastante de manifiesto que el año pasado ha sido lo suficientemente duro como para dejarse llevar por grandes pretensiones, y no porque no las tengan -al contrario-, sino porque todos son conscientes de que la pandemia aún sigue entre nosotros. Mientras tanto, a la creación los llamaron. Y en eso están.
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