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A minutos de la medianoche del 23 de marzo, en la antesala de un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976, en Las Heras se desarrolló una vigilia por la memoria, la verdad y la justicia que reunió a vecinos, jóvenes y organizaciones de la comunidad.
La actividad fue organizada por el colectivo Sembrando Memoria, una organización local con ocho años de trayectoria en la localidad, creada con el objetivo de visibilizar la fecha y generar conciencia en la comunidad.
El encuentro tuvo lugar en el barrio Don Bosco, en el patio externo de la EPP N°53, donde durante la noche se compartieron distintas expresiones artísticas y espacios de reflexión.
Hubo música en vivo con la participación de bandas locales, intervenciones culturales, pintura mural en vivo en el marco de los 50 años del golpe y actividades colectivas como la intervención de pañuelos, además de momentos de encuentro entre vecinos que se acercaron a compartir la vigilia.
En ese contexto, atravesado por la memoria colectiva y el compromiso de nuevas generaciones, La Opinión Austral dialogó con Gustavo Laguardia, profesor y licenciado en Filosofía —hoy asesor pedagógico en el Secundario N°3 de Las Heras, donde vive desde hace 15 años—, quien aportó una mirada profunda sobre el presente, la historia reciente y los desafíos de sostener la memoria en la Argentina actual.
A horas de cumplirse 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, Laguardia no habló desde los libros sino desde la experiencia. Tenía 12 años cuando los militares tomaron el poder y, como él mismo recuerda, ese fue el punto de partida de una historia personal atravesada por la dictadura, el silencio, la búsqueda y, años más tarde, la docencia.
“Los contextos van cambiando, pero hoy en Argentina hay un escenario muy atravesado por el negacionismo. Para quienes venimos trabajando hace años en memoria, verdad y justicia, se hace cada vez más difícil sostener todo lo que se construyó”, expresó en diálogo con La Opinión Austral.
Su mirada no se limita a lo político, Laguardia piensa desde la filosofía, y en ese marco introdujo el concepto de “conciencia reflexiva” como una herramienta necesaria para comprender el presente.
“Una conciencia reflexiva implica una relación de pertenencia con la historia. No es repetir, es hacer un anclaje en quienes pensaron y lucharon antes que nosotros. También tiene que ver con lo que planteaba Kant: el sapere aude, atrévete a saber”, explicó.
A esa idea sumó otra que consideró clave: la “justicia epistémica”, entendida como la necesidad de habilitar voces en una sociedad donde, según advirtió, se intenta imponer un único relato.
“Hoy hay una conciencia social un poco obturada. Se busca inhabilitar voces, y eso es muy peligroso. Cuando se pierde la diversidad de miradas, se pierde también la posibilidad de entender lo que nos pasó”, señaló.
En ese contexto, cuestionó la insistencia en reducir el debate a cifras sobre la cantidad de desaparecidos durante la dictadura.
“Discutir un número es querer tapar el sol con un dedo. El Nunca Más trabajó sobre casos, pero sabemos que no son todos. Los números son simbólicos. Detrás de cada desaparecido hay familias, historias, vidas atravesadas por el dolor”, afirmó.
Para Laguardia, el problema de fondo es más profundo. “Se instalan consignas cortas, sin contenido, que la gente repite. Eso rompe la reflexión. Es una forma de negar los procesos históricos”, sostuvo.
En ese escenario, remarcó el rol central de la escuela, aunque advirtió que hoy también atraviesa tensiones.
“Si no hay una relación de pertenencia con la historia, la memoria se pierde. Y la escuela es clave en eso. Pero hoy las instituciones están en el lugar que les han dado. Algunas cosas dejaron de ser obligatorias y eso impacta directamente en la formación”, explicó.
En un contexto marcado por un cambio generacional —donde más del 50% de los argentinos nació después de la dictadura, según se ha señalado en recientes análisis periodísticos—, Laguardia fue contundente: “La memoria no es algo romántico. Es el anclaje que tenemos como sociedad. Si una persona pierde la memoria, pierde su identidad. A una sociedad le pasa exactamente lo mismo”.
Pero su reflexión no quedó sólo en el plano conceptual. Al hablar de la memoria, Laguardia llevó el análisis a su propia historia y a una experiencia que lo marcó desde la adolescencia. En ese contexto, recordó a su vecino de Olavarría, Jorge Miguel Toledo, conocido como “el Negrito Toledo”, víctima del terrorismo de Estado durante la última dictadura.
“Yo vi cuando se lo llevaron”, recordó Laguardia sobre Jorge Miguel Toledo, a quien conocía como vecino en su ciudad natal, Olavarría. “Era un pibe lúcido, extraordinario. A los 21 años ya era contador público. Nos daba charlas en el colegio. Y después… todo terminó en su muerte y desaparición”, señaló. Ese episodio, según explicó, lo marcó para siempre.
Quién fue el “Negrito Toledo”, el joven que marcó la vida del profesor Gustavo Laguardia
El relato del profesor y licenciado en Filosofía Gustavo Laguardia tuvo un momento en el que dejó de ser una reflexión general para volverse profundamente personal. Allí apareció el nombre de Jorge Miguel Toledo, conocido en Olavarría como “el Negrito Toledo”, un joven que fue víctima del terrorismo de Estado y cuya historia lo marcó desde la adolescencia.
Jorge Miguel Toledo fue un joven militante de la Juventud Universitaria Peronista, que se destacó por su formación y compromiso político en los años previos a la dictadura.
Conocido como “el Negro” o “Negrito” Toledo, se había recibido de contador a una edad temprana y tenía una fuerte presencia en el ámbito estudiantil.
El 10 de febrero de 1978 fue secuestrado cuando salía de su oficina. A partir de ese momento comenzó un recorrido por centros de detención y cárceles del sistema penitenciario, donde fue sometido a torturas.
Estuvo detenido en unidades como Sierra Chica, La Plata y Caseros. Su estado de salud se deterioró gravemente producto de las condiciones de detención y los tormentos sufridos.
Murió en cautiverio a comienzos de la década del 80, en un contexto que distintos testimonios vinculan directamente con el accionar del terrorismo de Estado. Su caso forma parte de las reconstrucciones judiciales y de los registros históricos que documentaron los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura.
De la dictadura a la vida religiosa
La historia de Laguardia no terminó ahí. Tras atravesar su juventud en plena dictadura, inició un camino personal que lo llevó a la vida religiosa. Durante varios años fue fraile franciscano, una experiencia que —según relató— le permitió elaborar lo vivido y atravesar el dolor desde otro lugar.
“Necesité un tiempo de silencio, de retiro, para poder entender todo lo que había pasado”, explicó.
Ese proceso, lejos de alejarlo del mundo, terminó acercándolo a la educación. Hoy, desde Las Heras, donde vive desde hace 15 años, trabaja como docente y asesor pedagógico, llevando esas reflexiones al aula.
A 50 años del golpe de Estado, en tiempos donde la memoria vuelve a ser discutida y tensionada en el debate público, la mirada de Laguardia se vuelve una interpelación directa al presente:
“No podemos perder ese anclaje con la historia. Las Madres y las Abuelas fueron una fuente de lucha enorme. Hoy la pregunta es qué lugar ocupan, qué lugar les quieren dar. Por eso es tan importante trabajar una conciencia reflexiva como sociedad”, concluyó.
Y en esa memoria que sigue viva, todavía resuena un nombre.
El de su vecino.
El del “Negrito” Toledo.
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