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La madrugada del 24 de marzo de 1976, fuerzas de la Marina irrumpieron en una vivienda de Río Gallegos y detuvieron a Ramón Torres Molina. Según el relato de su hijo, el operativo incluyó disparos en la ciudad y la presencia de un grupo de unos treinta efectivos armados. Torres Molina pidió que ingresaran solo tres y retiró ropa antes de que lo trasladaran esposado a la Unidad 16.
Ese episodio marcó el inicio de su condición como uno de los primeros presos políticos del régimen. Ramón había sido convocado por el gobernador Jorge Cépernic como su asesor directo y al poco tiempo fue nombrado Fiscal ante el Tribunal Superior de Justicia. Su esposa, Celina Lacay, fue detenida meses después, el 3 de junio, tras una citación de la Policía Federal.

El testimonio fue publicado este sábado en la crónica titulada “Ese 24 de marzo”, escrita por Javier Torres Molina y publicada en la plataforma de periodismo narrativo En Estos Días. Tres años antes, Belén Manquepi publicó en La Opinión Austral una entrevista a su hermana, Celina, quien recuperó las cartas que su madre escribió desde la cárcel y reconstruyó la historia de resistencia amorosa de las presas políticas.

El texto describió el ingreso de los militares al hogar, la separación familiar inmediata y el traslado posterior de los hijos a La Plata. También registró las condiciones de detención de ambos padres en distintos centros del país.
En Estos Días es un medio digital especializado en crónicas y relatos de no ficción del sur argentino y chileno. Funciona desde 2017 y articula con la Fundación de Periodismo Patagónico y la Universidad Nacional de Río Negro.
Detenciones, traslados y denuncias
Tras su detención en Río Gallegos, Ramón Torres Molina permaneció en la Unidad 16 y luego lo trasladaron a la cárcel de Rawson. En octubre de 1976 lo llevaron al Regimiento de Infantería 8 de Comodoro Rivadavia, donde sufrió torturas y simulacros de fusilamiento, según el testimonio.

Celina Lacay, en tanto, pasó por dependencias policiales, centros clandestinos y unidades penitenciarias. Permaneció desaparecida hasta octubre de 1976 y luego quedó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. En 1982 recuperó la libertad bajo vigilancia.
Ambos presentaron denuncias y recursos judiciales durante su detención. Torres Molina impulsó acciones legales desde la cárcel para cuestionar las condiciones de encierro. Las causas se incorporaron luego a investigaciones judiciales.

El juicio en Comodoro Rivadavia y las condenas
El 18 de diciembre, el Tribunal Oral Federal (TOF) de Comodoro Rivadavia condenó a cuatro responsables de los hechos ocurridos en el Regimiento de Infantería 8. El tribunal dispuso penas de prisión y ordenó preservar el lugar como Sitio de Memoria.
El autor recordó que su padre reconoció ese centro en 1984 y en 2025, y declaró en instancias judiciales. Durante el juicio, Ramón Torres Molina afirmó: “Yo le gané al torturador”.
La Crónica completa de Javier Torres Molina publicada en EN ESTOS DÍAS:
“Ese 24 de marzo”
La madrugada del Golpe de Estado de 1976, Ramón Torres Molina era sacado a la fuerza de su casa en Río Gallegos. Se convertía en uno de los primeros presos políticos de la dictadura. Su esposa Celina Lacay sería detenida días después. Un hijo recuerda con los ojos de la infancia, con la mirada adulta. Vuelve al horror para abrazarse al sentido de luchar por un futuro mejor.
Aún no eran las tres de la madrugada cuando se escucharon disparos en buena parte de Río Gallegos. A los pocos minutos, unos treinta integrantes de Infantería de la Marina bien armados se agolparon en mi casa para llevarse a mi papá. Cuando él abrió la puerta pidió que sólo ingresaran tres y que le dejasen retirar algo de ropa.
Acostado en mi cama, en la parte de abajo de una cucheta, lo vi entrando y saliendo de la habitación que compartíamos con mis hermanas. En una cuna dormía la más chica, aún no había cumplido dos años, la más grande que tenía siete lo hacía en la parte superior de la cucheta. Papá estaba vestido y parecía tranquilo, mamá iba detrás nerviosa, tenía puesta una bata sobre su camisón. Enfrente de las camas estaba el ropero, de donde él sacó un pequeño bolso de color marrón que se encontraba en el extremo superior derecho.
Los tres militares no los perdían de vista. Dos llevaban revólveres cortos que tenían apoyados sobre sus hombros apuntando hacia el techo y el otro tenía un arma tan larga que incluso chocó sin querer con la lámpara colgante que iluminaba la pieza. La luz se movió de un lado a otro durante unos segundos y él mismo la detuvo con la mano que tenía libre.
–¿A dónde lo llevan? –preguntó mi mamá cuando salían de la casa.
–A la Unidad 16 –le respondieron.
Lo subieron esposado a un vehículo con seis militares. Mucho tiempo después, papá me contaría que por el camino vio cómo integrantes de las distintas Fuerzas Armadas entraban a los edificios públicos, mientras le indicaba cómo llegar a la cárcel al chofer, que no conocía el camino.
Era el 24 de marzo de 1976, se estaba consumando el Golpe de Estado y mi papá, Ramón Torres Molina, se convertía en uno de los primeros presos políticos del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Yo tenía tres años y medio y esa escena en la habitación es el primer recuerdo nítido que tengo de mi infancia.
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Con mi mamá y mis hermanas tuvimos que dejar enseguida esa casa, que pertenecía a la provincia de Santa Cruz y nos la habían asignado cuando mi papá llegó a Río Gallegos, convocado por el gobernador Jorge Cépernic como su asesor directo, aunque al poco tiempo lo nombró Fiscal. Mi mamá, Celina Lacay, sólo pudo seguir trabajando por unos meses como profesora de historia en una escuela católica, la habían dejado cesante en la estatal y en el Instituto Universitario de Santa Cruz.
Estuvimos alojados en lo de unos amigos de mis padres y recuerdo cuando me desperté llorando, preguntando por mi mamá y me calmé recién cuando ella llegó. A la mañana siguiente se repitió la misma situación. A partir de ahí no recuerdo nada más.
Se que un día mamá salió y no regresó. No sé cómo me explicaron que nos mudaríamos con mis hermanas a La Plata y que íbamos a vivir con otros familiares. No recuerdo el viaje a esa ciudad con mis abuelos ni como nos recibieron mis tíos y primos. Tampoco sé cómo me dijeron que mi papá y mi mamá se convertían en presos políticos, categoría que tuve que explicar por cierto con mucha dificultad a mis compañeros de jardín y opté por ocultar a los de la primaria.
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Mamá fue detenida el 3 de junio de 1976, por orden del área militar 113, correspondiente al I Cuerpo del Ejército. La citaron a la dependencia de la Policía Federal de Río Gallegos y estuvo un día en la Comisaría 3 de la provincia de Santa Cruz, que alojaba mujeres.
En un vuelo regular escoltada por un policía la llevaron a la Superintendencia de la Policía Federal en la ciudad de Buenos Aires. Hasta el séptimo día estuvo con los ojos vendados y atada -“en condiciones durísimas”, según le contaría años después a mi papá y él lo declararía en uno de los juicios de lesa humanidad- sin que la interroguen, hasta que fue trasladada a La Plata, a 1 y 60, sede de la Guardia de Infantería donde se estableció un centro clandestino de detención. Esa misma noche la llevaron a un lugar que no pudo identificar para ser torturada, le aplicaron picana eléctrica y recibió constantes golpes en el pecho con un palo. De vuelta en 1 y 60 primero estuvo esposada y con los ojos vendados en un calabozo con un guardia permanente. Luego la trasladaron a una habitación pequeña con otras detenidas.
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Mamá permaneció desaparecida hasta el mes de octubre, aunque una enfermera avisó a mis tíos médicos que se encontraba en ese lugar. Mi abuela interpuso un habeas corpus, que fue rechazado al negar las autoridades de facto que la tenían detenida. Fue trasladada a la Comisaría 8ª y puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional mediante el decreto 02441. Ya en el mes de noviembre la trasladaron a la Cárcel de Olmos y a los pocos días a la de Devoto, con el resto de las presas políticas del país que habían sido “legalizadas”.
Su pedido de detención se fundamentaba en que había integrado la Guerrilla del Ejército de Liberación, cuando en realidad el nombre correcto era Guerrilla del Ejército Libertador, organización de inspiración sanmartiniana que había sido desarticulada por la represión en 1971.
Con poco más de 30 años, le tocó el rol de contener a las más chicas de sus compañeras, que ni llegaban a los 20, y le decían “manzanita” por el rojo de sus cachetes que contrastaba con el resto de su cara bien blanca.
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Luego de permanecer en la Unidad 16 de Río Gallegos, el 15 de julio del ‘76 a mi papá lo llevaron a la cárcel de Rawson.
Las condiciones de detención eran deplorables. El día que llegó le rompieron las costillas, permaneció durante 15 días en una celda de aislamiento prácticamente sin comida, durmiendo los primeros días en el suelo sin mantas ni colchón, vestido con ropa de verano en días en que la temperatura alcanzó once grados bajo cero.
En octubre fue llevado al campo de concentración que funcionó en el Regimiento de Infantería 8 de Comodoro Rivadavia. Fue torturado con golpes y descargas de electricidad. En dos oportunidades le realizaron simulacros de fusilamiento con disparos de armas. Estuvo todo el tiempo atado en una cama, con los ojos vendados y muy poca alimentación.
–Pasaron dos semanas y nos preocupábamos, teníamos miedo, podía estar muerto, pero un día felizmente lo trajeron –declaró en el Juicio a las Juntas Hipólito Solari Yrigoyen, refiriéndose a mi papá.
–Era un desecho humano cuando lo tiraron al pabellón, tenía la espalda destrozada, el cuerpo destrozado –señaló ese histórico dirigente del radicalismo de Chubut, que expuso además que todo lo que se hacía en la cárcel era para destruir la personalidad de los presos.
Otro compañero de prisión una vez me dijo:
–Tu papá era un moretón.
Estuvo dos semanas allí y luego lo volvieron a trasladar a Rawson. Cada vez que papá recuerda la fecha en que lo sacaron de Comodoro Rivadavia siente que es su segundo cumpleaños. Dice que no lo fusilaron ni desaparecieron porque siempre negó lo que los torturadores le preguntaban. Eran católicos y sentirían culpa si mataban a alguien que no había confesado.
***
–¡¡¡Subversivos de mierda, quédense quietos y sin hablar!!!
Todos conocían esa voz en el centro clandestino de detención donde se encontraba mamá.
Mientras estaban sentados en el piso como podían, algunos apoyándose en la espalda del otro para sostenerse, sabían que nadie debía hacer el mínimo movimiento ni mucho menos emitir ningún tipo de sonido.
–¡¡Las vendas!! ¡¡Ojo con las vendas!! ¡¡No quiero ver a nadie sin las vendas!!
Todos tenían sus ojos tapados. Nadie podía ver nada cuando ellos entraban.
Mamá como el resto seguía esas indicaciones, pero justo cuando pasó frente a ella se le cayó la venda y lo vio.
–¡¡Subversiva!! –gritó mientras detenía su marcha inclinando la cabeza para dirigirle sus gritos –¡¡les dije que tengan la venda bien puesta!!!
Con sus dos manos atadas hizo un pequeño movimiento y se lo volvió a acomodar.
A los pocos días entró la misma persona. Ya no era necesario que estén todos vendados. Todos y cada uno de los que estaban en ese lugar lo podían ver, saber quién era. Y ahora no gritaba.
–¿Vos también acá? –le dijo a mi mamá cuando pasó frente a ella.
–Sí. Como tantos otros –le contestó mirando bien a los ojos del represor con quién había compartido juegos en el mismo barrio de La Plata durante la infancia.
***
Cuando papá regresó a la cárcel de Rawson fue trasladado a una pequeña celda que no tenía nada, continuaron los golpes, las vejaciones y los insultos. Los obligaban a bañarse con agua fría, les hacían hacer flexiones, saltos de rana, trotar y los sancionaban en forma indiscriminada: “Se nos sometió a un sistema de privación sensorial en que únicamente recibíamos estímulos negativos que culminaron con una total militarización que controlaba continuamente nuestra conducta mediante órdenes que se nos impartían constantemente”, expresó papá en una denuncia realizada cuando aún permanecía en esa cárcel. Habían prohibido la lectura y cualquier tipo de actividad física, no tenían información del mundo exterior y debían permanecer acostados en la cama catorce horas y media por día, pero cada dos horas hacían un recuento controlado por la mirilla y los presos se tenían que mover así demostraban que estaban vivos.
Con el transcurso del tiempo, para forzar la comunicación con los jueces y así se modificaran las condiciones carcelarias, los presos se organizaron y definieron presentar un amparo. Como era abogado, papá ideó el argumento jurídico que sostenía que se trataba de una cárcel de castigo, cuestión prohibida por la Constitución, además de establecer los requisitos formales del escrito. Entre todos se las ingeniaron para que la información llegue a cada preso que iba a presentar el amparo, memoricen esa cuestión legal y agreguen lo que se estaba viviendo allí. Tardaron dos meses en escribir a mano ese amparo que lo disimulaba de la requisa escondiéndolo entre las cartas.
Se presentaron alrededor de 240 amparos el mismo día. Si bien la mayoría fueron rechazados por meras formalidades, hubo un hecho que representó un pequeño triunfo para todos ellos: el jefe de turno que certificaba las firmas se refería a cada preso como “Interno Detenido” y no como “Delincuente Terrorista Detenido”.
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A mamá fuimos a visitarla con frecuencia durante los siete años que duró la detención.
Siempre martes. De madrugada. Taxi. Terminal y empresa Río de la Plata. Viaje largo, ni el Camino Centenario existía, mucho menos la autopista. Constitución y colectivo de línea rojo. Avenida, unas cuadras y ahí estaba -y sigue estando- esa mole que corta la normal geografía callejera de Villa Devoto.
Esperábamos en el bar de enfrente. Mesas de madera, mozo con guardapolvo típico. Pebete de jamón y queso, de esos grandes como venían antes, y gaseosa. Con el tiempo abrió otro en la esquina, atendían mozas, máquina de café más moderna, mesas y sillas de fórmica, aunque todavía faltaba mucho para que en ese tipo de bares pongan televisión.
Cola, documentos y entrar. Pasillo y espera ordenados en fila en un amplio salón con un mural con figuras femeninas que siempre observaba. Mujeres para un lado y varones a otro. Casi siempre yo era el único varón. En vestidor me palpaban minuciosamente: cintura, bolsillos, piernas, tobillos y espalda.
Conmigo terminaban rápido y me quedaba esperando a que revisen a mi abuela y a mis hermanas. No solo eran más las mujeres, sino que la revisión era más meticulosa y hasta podía ver señoras grandes con enaguas. Recuerdo un día mis nervios cuando un oficial penitenciario me sacó del bolsillo pequeño de los jeans un tornillo que había encontrado jugando.
Todo eso para poder hablar con mi mamá un rato a través de una especie de micrófono que conectaba las voces desde los dos lados del vidrio que nos separaba.
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Mientras papá estuvo detenido en Rawson solo pudimos ir a verlo una vez. Cuando entramos a la sala de visitas me di cuenta de que era él por los gestos que nos hacía a mí y a mis hermanas y a mi abuela. No se correspondía con la imagen que me había formado a través de las fotografías y ya no tenía recuerdos de cuando estábamos todos juntos. Habíamos pasado cuatro años sin verlo.
A mediados de 1981 un vuelo del Servicio Penitenciario que salió desde Trelew, pasó por Córdoba y finalizó en Buenos Aires, depositó a papá por cuatro días en la Cárcel de Caseros. Luego lo trasladaron a la Unidad 9 de La Plata. Desde entonces las visitas fueron semanales y de “contacto”, es decir, podíamos estar en el mismo lugar sin ningún vidrio de por medio. El camino era corto, íbamos con mi abuela en taxi por la calle 7 y ella siempre tenía la necesidad de contarles a los conductores a dónde nos dirigíamos y por qué lo hacíamos.
En ese tiempo los taxistas no estaban absorbidos por la radio y algunos solían mostrar cierta simpatía hacia nosotros:
–¡Cada día que pasa siento que soy más peronista! –dijo uno con mucho énfasis después de intercambiar impresiones con mi abuela sobre el rumbo del país.
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Durante todo ese proceso en el que mamá y papá estuvieron detenidos la comunicación también fue por cartas.
Papá también contaba sobre su desempeño como zaguero central del equipo que habían armado con sus compañeros en la cárcel de La Plata cuando en una verdadera cancha de fútbol los dejaron jugar una vez por semana y siempre terminaba las cartas con un “del papá que los quiere mucho”. Mamá nos inventaba historias y fabricaba cuentos, hacía dibujos e historietas, con las hojas formaba figuras; eran color y poesía. En ellas siempre buscaba que entendiéramos que era una injusticia que no estuviéramos juntos.
Y los dos nos mandaban mensajes para que se lo digamos al otro, porque al principio no se podía enviar correspondencia entre cárceles.
Eso sí: cada vez que abríamos el sobre, lo primero que veíamos era un sello que decía “CENSURADA”.
***
Mi abuela había presentado en 1978 un habeas corpus en favor de papá que fue inmediatamente rechazado; generalmente a esos recursos los redactaba algún abogado y los firmaba un familiar, pero jugándose la vida a ese escrito lo firmó un abogado amigo de mi abuelo.
Al año siguiente y a partir de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, habían comenzado a salir escritos dirigidos a la Justicia y papá desde la cárcel presentó otro habeas corpus, esta vez firmado por él. Los que se habían presentado cuestionaban la razonabilidad de la detención, pero en virtud de los “antecedentes” que enviaba el gobierno, la justicia declaraba que la detención efectivamente era razonable. Para contrarrestar eso, papá argumentó sobre la inconstitucionalidad de su detención, que no estaba sujeta a ningún tipo de norma legal, se le denegaba continuamente el pedido de opción para salir del país y el gobierno aplicaba de hecho una pena por tiempo indeterminado, sin siquiera haber existido un juicio.
Lentamente y con contradicciones, la Justicia fue aceptando el planteo, pese a la oposición del gobierno. A requerimiento de la Corte Suprema de la Nación, desde el Ministerio del Interior enviaron un informe en el que señalan que papá era un “(…) inveterado militante de la izquierda revolucionaria, de ideología marxista leninista, que se incorpora a la agresión subversiva desde los inicios de la carrera de abogacía (…)”. El escrito firmado por el General Saint Jean concluía que: “En la actualidad, no ha modificado su actitud. Pese al confinamiento, la capacidad, hábil dialéctica, y profunda versación ideológica subversiva, así como las relevantes jerarquías que desempeñó al servicio de la causa sediciosa, destacan su neta supremacía, convirtiéndolo en líder de los grupos de elementos extremistas alojados con él clasificados como ‘difícilmente adaptable’ y que aún implican un riesgo cierto para la tranquilidad de la Nación, en virtud del elevado índice de peligrosidad potencial que le es atribuible”.
En enero de 1983, antes de otorgarle la libertad “vigilada” -que implicaba que tenía que ir a firmar todas las semanas a la comisaría-, la Corte lo citó a una entrevista y frente al planteo de mi papá sobre todos los abusos y las falsedades cometidas, su presidente le contestó:
–¿Cómo íbamos a pensar que el gobierno le mentía a la Corte?
Las denuncias presentadas por él y por cientos de presos políticos fueron tramitadas en la denominada “Causa 500” y “Regimiento 8 de Infantería”.
***
En 1980 mamá pudo entrevistarse en la cárcel con el responsable del área militar 113 y le reclamó por el tiempo que llevaba detenida sin que exista ningún proceso legal. El militar le respondió que ella estaba presa porque era “peligrosa” y que las fuerzas armadas no temían a quienes ponían bombas o sabían manejar armas, sino que el peligro lo constituían los que pensaban:
–Y usted piensa –le dijo.
No se trataba de una afirmación aislada realizada por un militar en el contexto de una entrevista individual en una cárcel de la dictadura. Al poco tiempo, en el marco de una presentación a la justicia realizada por organismos de derechos humanos que reclamaba por su caso y el de muchos más, mamá pudo acceder a un informe también elaborado por el Ministerio del Interior referido a su situación, donde describía su peligrosidad a partir de “su alto desarrollo intelectual”.
En septiembre de 1982 mamá salió de Villa Devoto bajo el régimen de libertad “vigilada” e inmediatamente presentó una denuncia por privación ilegítima de libertad y tormentos, tal como se denominaba en el código penal en ese momento la actual figura de tortura. Fue citada a declarar en el Juicio a las Juntas, pero su paso por los campos de concentración le había dejado secuelas en su cuerpo y salió de la cárcel con un tumor. La enfermedad ya estaba muy avanzada y no pudo asistir.
Su caso, como el de tantos otros, fue analizado en la causa que se conoce como “1 y 60 y Comisaría 8ª”.
***
En aquellos años, un pensamiento recurrente que tenía era: “¿Por qué a mí?”. No conocía otros casos de presos políticos en las familias de mis compañeros de jardín, ni en la escuela, ni del barrio y me llamaba la atención el hecho habitual de los papás y las mamás buscando a sus chicos a la salida del colegio. De adulto tuve la necesidad de estar temprano cuando mis hijos salían de la escuela, así me veían inmediatamente.
–Pero podría haber sido peor, nosotros tuvimos suerte –me dijo alguna vez mi hermana más grande y ponía como ejemplo al vecino de mi abuela, con quién ella se juntaba a hablar con gesto adusto, que tenía a su hijo desaparecido, concepto que ya a esa altura comprendía perfectamente.
En enero de 1983 volvimos a estar todos juntos, aunque no sería por mucho tiempo: mamá fallecería cuatro años después, a los 41 años.
Un día después de cenar fuimos los cinco caminando a Plaza Rocha, a una cuadra del departamento de mi abuela, donde vivíamos. La noche era agradable, corría una brisa entre los tilos, estábamos conversando en un banco y con la intensidad de un nene de 10 años que había estado casi siete sin sus padres, se me ocurrió preguntar sobre el sentido que tenía todo lo que habían pasado y para qué hicieron todo lo que hicieron.
–Para que a ustedes no les falte nada –dijo mi papá.
Con el tiempo aprendí que se refería a derechos y no hablaba sólo de nosotros tres.
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