Hay historias que se explican mejor alrededor de un mate. Y hay otras que necesitan varios. En esta nueva edición de “Mateando con Carlos”, Eduardo Belmonte nos recibió en su casa para recorrer una vida ligada al fútbol: los primeros pasos en Bancruz, los viejos vestuarios, los compañeros de siempre, el acompañamiento incondicional de su padre “Pelusa” y aquella oportunidad de viajar a España que se frustró por una lesión.

 

La charla también permitió mirar el fútbol de ayer y el de hoy, con una preocupación compartida por los cambios culturales y tecnológicos que atraviesan a las nuevas generaciones.

Siempre paso a paso

Eduardo comenzó su historia en el Club Social y Deportivo Bancruz, donde realizó todo el proceso formativo desde las categorías inferiores. Allí tuvo como referentes a entrenadores y jugadores que marcaron una época y, especialmente, a Rubén Capovilla, a quien define como su “padre futbolístico”.

La enseñanza era sencilla, aunque exigente: avanzar escalón por escalón.

“Nosotros, paso a paso. Nos vamos a golpear muchas veces, pero cuando lleguemos ustedes me van a dar la razón”, era la premisa que recuerda Eduardo.

Carlos Zapico, periodista de La Opinión Austral, junto a Eduardo Belmonte.

Y golpes hubo. Sobre todo cuando aquellos jóvenes comenzaron a enfrentarse con equipos y jugadores de mayor experiencia. Petrolero Austral, Independiente, Ferro y futbolistas de trayectoria eran parte de una competencia en la que los resultados podían ser contundentes.

Pero el proceso continuaba.

Belmonte en su época en Defensores del Carmen, en la tapa de SuperSport de febrero de 2008 revista deportiva de tirada gratuita.

Con el tiempo llegó la Primera División y, junto a ella, una generación de jugadores con la que Eduardo todavía comparte cancha en las categorías Senior y Super Senior. Una de las mayores satisfacciones, reconoce, es poder reencontrarse con aquellos mismos compañeros con los que compartió vestuarios, partidos, asados y miles de anécdotas.

“Hoy estar al lado de ellos y compartir todo lo que vivimos es una felicidad enorme”, contó.

El fútbol de antes y el de ahora

La conversación derivó rápidamente hacia una comparación inevitable: cómo cambió el fútbol con el paso de los años.

Para Eduardo, uno de los grandes puntos de quiebre está en la tecnología y, particularmente, en las redes sociales. En su época no existían los teléfonos inteligentes ni la exposición permanente que hoy tienen los jóvenes.

Eduardo Belmonte, reconocido exfutbolista y hoy entrenador de la Primera División de Ferrocarril YCF, en una nueva edición de “Mateando con Carlos”. FOTO: JUAN PALACIOS/LA OPINIÓN AUSTRAL

También había otra manera de entender la competencia.

Recordó aquellos fines de semana en los que un jugador se acostaba pensando en el partido del domingo, en ganarse un puesto y superar a quien tenía adelante. La competencia, explicó, era sana y estaba impulsada por la familia, los entrenadores y los propios compañeros.

Hoy observa un escenario diferente.

Hay que canalizar que esto tiene muchos condimentos. El deporte en sí”, sostuvo, al remarcar que el rendimiento de un futbolista no depende únicamente de sus condiciones técnicas.

La alimentación, el descanso, el cuidado personal, la familia y la disciplina forman parte de ese proceso. Para Eduardo, el jugador debe ser autocrítico y preguntarse qué está haciendo para mejorar.

“Pelusa”, un padre detrás del alambrado

Si hay una figura que atraviesa la historia de Eduardo es la de su padre, “Pelusa”.

No era solamente un padre que acompañaba. Era una presencia permanente detrás del alambrado. Seguía a Bancruz a todas partes: Calafate, Caleta Olivia y cada lugar donde tocara jugar.

Pero su acompañamiento excedía a sus propios hijos. “Era un padre más para el resto”, recordó Eduardo, al contar que incluso invitaba a los compañeros a comer a su casa.

Ese legado familiar quedó marcado en todos.

También habló de sus hermanos y de cómo cada uno transitó su propio camino. En el caso de Fernando, encontró una continuidad particularmente fuerte con su padre a través de la mecánica y el automovilismo. Eduardo, en cambio, heredó de “Pelusa” la pasión por el fútbol y el recuerdo de aquellas charlas posteriores a cada partido.

Porque el viejo también opinaba.

Aunque Eduardo se ríe al recordar que su padre decía haber jugado de 3 en Jorge Newbery, en Comodoro Rivadavia, y se animaba a explicar cómo había que pegarle a la pelota.

“Hasta el momento que estuvo en vida nos acompañó en todo sentido”, resumió emocionado.

El diario La Opinión Austral, las fotos y los recuerdos que quedan

En medio de los recuerdos apareció otra parte de aquella cultura deportiva: el diario del lunes.

Eduardo contó que su padre compraba los diarios de La Opinión Austral y guardaba las reseñas de los partidos. Hoy conserva una carpeta con aquellos recortes.

El papá de Eduardo coleccionaba recortes del diario La Opinión Austral en donde aparecía su hijo.

Para él, ese ritual tenía un valor que excedía la información deportiva. Era la manera de dejar registrada una historia.

Por eso recuerda especialmente una reseña de La Opinión Austral después de un campeonato conseguido con Ferro, cuando les mostró a sus jugadores las dos páginas dedicadas al equipo.

“Fíjense, chicos. La foto, ustedes están acá en el diario. Su nombre está acá en el diario”, les decía.

La intención era que entendieran que aparecer en una página deportiva también podía ser un objetivo cumplido.

Más recortes del diario La Opinión Austral de la vida futbolística de Belmonte.

En la charla también aparecieron viejas revistas en las que Eduardo fue tapa, una de ellas con la camiseta de Bancruz y otra con la de Defensores. Entre esas imágenes hay una particularmente especial: un partido disputado en la vieja cancha de tierra de Hispano Americano, donde Bancruz ganó 3 a 2 y Eduardo marcó el tercer gol ante Pepe Ludeña.

Una carrera que pudo llegar a España

Después de Bancruz llegó un recorrido por distintos clubes de la región. Eduardo fue refuerzo de Boxing, pasó por Petrolero Austral, jugó en Ferro y posteriormente tuvo aquel recordado paso por Defensores.

Pero hubo un momento que pudo cambiar completamente la historia.

Tenía los papeles preparados para viajar a España y realizar una prueba. La posibilidad había surgido a través de personas vinculadas al Banco del Sol, que por entonces colaboraban en la búsqueda y proyección de jugadores.

Su familia había realizado trámites, incluso viajes a Bahía Blanca, y la posibilidad de conseguir la documentación necesaria para viajar estaba encaminada.

Pero antes de partir llegó el golpe.

En un partido ante Independiente, Eduardo sufrió una fractura.

“Y ahí cambió la vida”, recordó.

La oportunidad quedó atrás y la pregunta inevitable permaneció: ¿qué habría pasado si aquella lesión no ocurría?

Eduardo también habló de las diferencias entre aquella época y la actualidad. Antes, llegar incluso a Comodoro Rivadavia ya representaba un desafío y las posibilidades de ser observado por clubes de otras regiones eran escasas.

Hoy, en cambio, existen múltiples captadores, pruebas y herramientas para que los jóvenes puedan mostrarse.

Del jugador al entrenador

Toda esa experiencia es la que Eduardo intenta trasladar ahora desde otro lugar: el del director técnico.

Su respuesta sobre cómo se siente al dirigir es contundente: cómodo.

Porque, antes que nada, el fútbol sigue siendo una pasión.

Su objetivo es transmitirles a los jóvenes aquello que él recibió de sus entrenadores y de su familia, aunque reconoce que el desafío actual es mucho mayor.

El entrenador debe explicar conceptos que antes parecían naturales. En un contexto dominado por las redes sociales y la exposición permanente, Eduardo intenta recuperar el valor de la disciplina, el esfuerzo y la competencia.

“Cuando apoyen la almohada, seamos autocríticos y analicemos en qué nivel estamos”, es uno de los mensajes que les repite a sus jugadores.

Porque si el objetivo es competir contra los mejores, no alcanza con creer que se juega bien. Hay que trabajar para estar a la altura.

“En el fondo es fútbol: 11 contra 11”, sintetizó.

Ferro, el estadio y una nueva etapa

En ese camino aparece Ferro, un club que Eduardo asumió hace aproximadamente dos años y al que encontró sin cancha propia, en virtud de las remodelaciones y la colocación del césped sintético que se está realizado en el estadio “Aníbal Rey Mendez”.

Tribuna principal del estadio Anibal Rey Mendez de Ferrocarril.

El dato no es menor.

Durante ese tiempo, el equipo debió entrenar en espacios reducidos y alquilar canchas para poder realizar trabajos específicos. El tiempo disponible muchas veces no alcanzaba para trabajar con centrales, mediocampistas y delanteros, ni para armar un entrenamiento completo.

La próxima inauguración del histórico estadio del “Carbonero“, representa, por eso, mucho más que una obra de infraestructura.

Es una herramienta deportiva.

Ahí sí vos tenés herramienta para hacer lo que vos querés hacer”, explicó Eduardo.

Con la cancha terminada, el desafío será recuperar jugadores, formar nuevas generaciones y construir una identidad que vaya más allá de los nombres propios.

Porque los jugadores pasan. También los entrenadores.

Lo que queda es el club.

Y en esa idea parece estar el próximo capítulo de Eduardo: utilizar todo lo aprendido durante una vida alrededor del fútbol para ayudar a que Ferro, uno de los grandes e históricos clubes de Santa Cruz, vuelva a construir su propia historia, ahora con una cancha que puede convertirse en el punto de partida de una nueva etapa.

Una historia que comenzó en un alambrado, continuó entre vestuarios y viajes, tuvo un sueño español que quedó pendiente y hoy vuelve a mirar hacia adelante. Todo, siempre, alrededor de una pelota.

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