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Charly García cumple 75 y celebra una vida dedicada a transformar para siempre el ADN de la música popular. Su prolífica carrera —desde la vanguardia acústica de Sui Generis y el vuelo sinfónico de La Máquina de Hacer Pájaros, hasta la sofisticación inigualable de Serú Girán y su posterior e imparable etapa solista— se convirtió en la banda sonora definitiva de varias generaciones de argentinos y latinoamericanos.
Lejos de ser un artista encapsulado en el estudio, Charly asumió su arte como una trinchera: fue la voz lúcida que desafió la censura y la resistencia cultural frente a la dictadura militar, y el cronista sensible que desgarró el silencio con himnos sobre la Guerra de Malvinas. A lo largo de su inmensa trayectoria, supo habitar las contradicciones de un país complejo, lidiando con la implacable lupa mediática que lo tildaba de “profesional del escándalo” mientras cimentaba una genialidad magnética y profundamente polémica.
Hermano de ruta de los grandes íconos populares —como lo testimonia su entrañable amistad con Diego Armando Maradona—, supo tender puentes con el folclore de la mano de Mercedes Sosa y proyectar su talento más allá de las fronteras nacionales. Hoy, con la magia de su música intacta y una vigencia que trasciende cualquier moda, su obra se alza como un patrimonio vivo e ineludible de nuestra identidad.
LU12 AM680 Radio Río Gallegos entrevistó al periodista especializado Alfredo Rosso, un testigo presencial de la impecable trayectoria artística y musical de Charly.
LU12: ¿Qué significa Charly García para la cultura argentina?
Alfredo Rosso: Me conecté con la música de Charly a finales de la época de Sui Generis. Después fui un poco para atrás para conocer bien los discos anteriores: Vida y Confesiones de Invierno.
Lógicamente me impresionó mucho el concepto musical, pero también la tremenda poesía de Charly y la forma tan madura en que encaraba fenómenos propios de un joven. Había temas como “Cuando ya me empiece a quedar solo”, donde se proyectaba hacia su vejez a los 20 años. Una cosa fantástica.
Eso ha ocurrido en el pasado, como The Beatles con el tema de Paul McCartney “When I’m Sixty-Four”. Pero no de una manera tan dramática y que te llegara tan al hueso.
Después, temas como “Aprendizaje” hablaban muy bien de la hipocresía. En la escuela te enseñaban que existían tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) mientras estábamos bajo una Dictadura. Que un músico de rock denunciara ese tipo de cosas era una cuestión muy importante. En ese momento, cuando terminaba el secundario y empezaba el profesorado de Inglés, no podías tener contacto con literatura alternativa argentina. Nunca habíamos oído hablar de Leopoldo Marechal, de Roberto Arlt, de Julio Cortázar ni de Jorge Luis Borges.
Teníamos una literatura de distracción en el secundario. El rock de Charly con Sui Generis fue todo un libro de lectura y de audición.
Cuando Charly pasa a La Máquina de Hacer Pájaros, ya es una música de resistencia. Ya lo había sido con Pequeñas Anécdotas sobre las Instituciones de Sui Generis y el tema que habla de la censura, “Las Increíbles Aventuras del Señor Tijeras”, creado en una época muy difícil como la de la Triple A. Estábamos en democracia, pero era la antesala de la dictadura que se instauraría en 1976.
En lo musical, Charly eleva la apuesta con un grupo más sofisticado y con mucha más proyección. Al mismo tiempo eleva la música con las letras. En el segundo disco de La Máquina, Películas, hay temas como “Hipercandombe”, “¿Qué Se Puede Hacer Salvo Ver Películas?” o “No Te Dejes Desanimar”, que fue un himno para levantar la cabeza en medio de la depresión que causaba estar en un país ocupado por sus propias fuerzas armadas.
Tenías una música que te alegraba y te levantaba. Era muy diversa, porque Charly nunca se ató a un género ni a un estilo en particular: es el estilo de Charly García.
LU12: También es necesario mencionar la irrupción en la escena de Serú Girán.
Alfredo Rosso: Fue muy importante el advenimiento de Serú Girán. Personalmente nunca escuché una banda argentina que sonara así, y los vi mucho.
Los vi en la presentación de La Grasa de las Capitales, de Peperina y de Bicicletas. La del primer disco me la perdí un poco porque estaba en el extranjero, pero los vi cuando presentaron Serú Girán en el Luna Park, en ese famoso Festival de la Fundación de la Genética Humana.
Con Serú Girán vi que a una letra de resistencia artística se unía una música como nunca se había escuchado en la Argentina, tanto en la potencia de los teclados y las guitarras como en las armonías vocales, que eran realmente celestiales.
LU12: También fue clave la elección de los músicos. Llama a Oscar Moro, que tenía su experiencia con Los Gatos, a David Lebón, y lo de Pedro Aznar fue una revelación total.
Alfredo Rosso: Pedro Aznar le dio a las armonías vocales una forma y una estructura que maravilló a músicos que le llevaban diez años. Creo que fue una combinación hecha en el cielo, de esas que se dan muy de vez en cuando.
Detesto comparar con grupos extranjeros. Serú Girán es Serú Girán. Pero entiendo cuando hablan de “Los Beatles argentinos” por la química interna. La química interna en una banda es muy importante; cuando se resquebraja, fuiste.
En los años que van de 1978 a 1982, la química interna de Serú se fue potenciando, desde La Grasa de las Capitales hasta el final de Peperina, los recitales del Teatro Coliseo a finales de 1981 en Buenos Aires y todo lo que tocaron en el interior. Nunca escuché una banda sonar como Serú.
Después viene esa etapa solista maravillosa, vinculada al cambio de paradigma de los años 80. Cuando ya pensábamos que volvía la democracia, ocurrió Malvinas, y Charly hace un tema como “No Bombardeen Buenos Aires”.
LU12: En los años 80 aparece Clicks Modernos, una etapa nueva.
Alfredo Rosso: Después del primer disco, Yendo de la Cama al Living, viene Clicks Modernos, que para mí es una obra definitoria del rock nacional. Está entre mis primeros cinco discos por muchas cosas: habla del presente, del pasado y de los dinosaurios que van a desaparecer, un tema escrito en los últimos meses de la dictadura (“Los Dinosaurios”).
Por eso tiene tanto dramatismo y tanta calle. También es muy importante la mirada de Charly a la Argentina desde Nueva York; el disco fue pensado entre Buenos Aires y esa ciudad. Él mismo cuenta que era la primera vez que iba a Nueva York y se maravilló con muchas cosas, mientras que otras no le gustaron tanto.
Ahí empieza una pentalogía fantástica que continúa con Piano Bar, Parte de la Religión, Cómo Conseguir Chicas, y que cierra con el disco del piano en la tapa (Filosofía Barata y Zapatos de Goma), donde está el Himno Nacional Argentino, en 1990.
Charly está en el borde de cumplir 75 años. Es una de esas figuras tan importantes que uno dice: qué lindo haber respirado el mismo aire que Charly durante tantos años. Son personas que ayudan a reforzar la parte humanística y artística, la noción de no ceder tu modo de vida a las prescripciones de otros; no ser un muñeco. Charly reafirma con su obra el paradigma de los Músicos de la Cueva: que nadie te escriba el libreto de tu vida.
Tengo un latiguillo: si tuviéramos una experiencia tipo Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury donde los bomberos queman libros, y no hubiera más libros de historia en nuestro país, se podría reconstruir la historia de los últimos 60 años con la obra de Charly. Desde Sui Generis hasta La Lógica del Escorpión, no ha dejado de hablarnos de nuestras cosas, de nuestra gente, de nuestras dificultades y penurias, pero también de nuestras alegrías. Un tema de Serú lo dice: la alegría no es solo brasileña; hay que ponerse las pilas y largarse a vivir.
LU12: En Río Gallegos, en la década de 1960, costaba conseguir la música. Hoy vemos a chicos jóvenes descubriendo a Sui Generis y todo lo que vino después.
Alfredo Rosso: Es el impacto transgeneracional de Charly. Chicos que hoy están en la adolescencia se identifican con esas letras y esa música. No dicen “es la música de mi papá” o “la música de mi abuelo”; la consideran presente. En ese sentido rige la comparación con The Beatles.
No comparo cuestiones musicales, sino el efecto de un artista que trasciende a la generación con la cual creció y resulta importante para las que vienen después. ¿Qué más se puede pedir como artista?
LU12: Aquel encuentro con Mercedes Sosa reunió dos estilos diferentes. Fue un momento muy recordado.
Alfredo Rosso: Estuve presente en el Teatro Ópera en 1982 cuando ocurrió. Me dio mucha alegría que el rock, la canción testimonial y el folclore se unieran.
Se unieron en un momento muy duro. La Negra estaba proscripta y regresó al país invitada por músicos argentinos como León Gieco y Charly García. Se armó un recital increíble con figuras del rock, del folclore y de la canción. Había una emoción muy grande porque sabíamos que era el preludio del retorno democrático.
En el medio estaba Malvinas, pero era una fuerza que nadie podía detener. La tristeza por la rendición de Puerto Argentino en junio de 1982 tuvo un lado B de esperanza: supimos que no había retorno y que los militares se iban. Esos recitales de Mercedes Sosa en el Teatro Ópera fueron un elemento clave.
Aquello le hizo muy bien al rock: volver a amigarse con el folclore y con el tango. Un par de años más tarde, la gira de León Gieco y Gustavo Santaolalla de una punta a otra del país con De Ushuaia a La Quiaca rescató el testimonio de los folcloristas en su propio ámbito, sin traerlos a un estudio antiséptico de la Capital. Mamar de sus visiones y de su lugar de origen sirvió para entender que el país no es una sola ciudad.
Ese concepto realmente federalista instaurado por León Gieco, Gustavo Santaolalla y todo su equipo derivó en tres álbumes fundamentales. Produjo un cambio en la manera de considerar la música y el arte en la Argentina que sigue reflejándose en el presente. Hoy no existe esa dicotomía entre estilos: vas a un recital y a nadie le sorprende que en un grupo de tango contemporáneo haya una guitarra eléctrica o que en uno de rock haya un bombo legüero.
LU12: O que en un tema de Sui Generis apareciera un bandoneón.
Alfredo Rosso: Por supuesto. Es un romance de ida y vuelta. Las pocas cosas que separaban a los estilos se fueron desvaneciendo por un bien común.
Ahí tienen mucho que ver Charly, Mercedes Sosa, León Gieco, Gustavo Santaolalla y toda la gente que abogaba por un arte liberador, más allá de cualquier bandería política. Hablamos del arte como un elemento que eleva a la persona. No podemos concebir a los ciudadanos como máquinas de sumar y restar que tienen que hacer cuentas todo el día; la vida no es un libro de debe y haber. La parte económica es una dimensión humana, pero no es la única. Reducir todo a ese ámbito es empequeñecernos. El arte combate eso con armas legítimas y pacíficas.
LU12: Charly mostró el panorama de la Argentina en aquellos años. ¿Sufrió la persecución como otros artistas?
Alfredo Rosso: Creo que Charly la sufrió, pero pudo sublimarla en sus letras. En la época de la dictadura usamos una herramienta muy poderosa: los eufemismos. “Canción de Alicia en el País” habla de los desaparecidos y de sus familiares, pero lo enmascara en una letra que tenés que descifrar.
Charly tiene un profundo sentido nacional. Siempre quiso vivir aquí, nunca quiso exiliarse, y se las bancó a pie firme. Entendió las transformaciones del país en los años 90 y en lo que va de este siglo.
Citando otra vez a Ray Bradbury, en su libro El Hombre Ilustrado hay un personaje que lleva viñetas de su vida tatuadas en la piel. Charly lleva tatuadas las viñetas de 60 años de trayectoria y testimonio de nuestra realidad.
Con la voz más cascada, Charly sigue siendo luminoso en álbumes como La Lógica del Escorpión. Solo hay que escuchar el tema “América” cuando dice: “Tengo miedo de América”. Se refiere a América como la entienden los estadounidenses. Charly sigue siendo un referente inclaudicable en el umbral de sus 75 años.
LU12: ¿Cómo se convive entre ese fascinante pasado y la irrupción de la música urbana, con tanta difusión a través de las redes sociales?
Alfredo Rosso: En este momento existen muchos estilos en la música argentina. Hay géneros nuevos con un público nuevo al que le hablan con nuevos códigos, lo cual me parece fantástico.
Mis intereses están más del lado de la canción, de la letra y de la melodía. En ese sentido hay una movida inmensa en las grandes ciudades y en las pequeñas: chicas y chicos que componen temas maravillosos, tanto cantautores como bandas, que toman la herencia de décadas de rock, pop y cancionero y las ponen en el contexto del siglo XXI. En Buenos Aires hay un movimiento constante en clubes y locales pequeños.
A veces la gente de mi generación me pregunta por qué no son más conocidos. En la época de Almendra, Manal, Arco Iris y Vox Dei, el rock también era de una minoría. Si miras un ranking de ventas de 1969 o 1970, en los primeros puestos estaban Sandro, Raphael o Salvatore Adamo. Más abajo, en la mitad de la tabla, aparecía un disco de Almendra o de Los Gatos.
Esta música no fue pensada para todo el mundo porque expone en carne viva todas nuestras vivencias: las buenas, las malas y todos los matices intermedios. No es un radioteatro hecho canción donde los buenos son muy buenos y los malos son muy malos. Son letras y músicas que nos hablan de las cosas inexplicables que forman parte de nuestros sueños y de nuestra realidad.
Hay un tema de Grateful Dead que dice que cuando la vida parece una calle pareja, estás en problemas. Me hace recordar a “Ritmo y Blues con Armónica”, de Ricardo Soulé, que habla de levantarse después de darse cuenta de que no todos son tus amigos.
En Río Gallegos y en toda la Patagonia hay miles de bandas y solistas esperando la oportunidad de dar a conocer su material. Eso me alegra, porque los periodistas que hacemos radio y prensa escrita en Buenos Aires tenemos una deuda con el resto del país: concebir la música nacional de manera federal y hacernos eco de lo que sucede en todas partes.
Ese proceso empezó con el retorno de Mercedes Sosa en los años 80, cuando los géneros comprendieron que era más lo que los unía que lo que los separaba. Empezamos a conocer a Don Sixto Palavecino en Santiago del Estero, al Cuchi Leguizamón en Salta y el trabajo de Leda Valladares recopilando folclore en todo el país, muchas veces junto a María Elena Walsh. Tenemos una música hermosa en todo el territorio.
LU12: Cuánta historia nos dejaron nuestros artistas.
Alfredo Rosso: Ya que hablamos de Charly García, está por salir un álbum doble en vinilo que reúne Yendo de la Cama al Living y Pubis Angelical, como el diseño original. También está por editarse 60×60, la serie de shows de 2011, en una caja conmemorativa.
Es fantástico porque esa obra tiene que continuar. En las futuras generaciones siempre habrá alguien que la atesore. Si no hubiera existido el formato físico para la pintura o la escultura, las obras maestras no habrían llegado a nuestro tiempo. Con la música pasa lo mismo. Les digo a los músicos que lo piensen: no cuesta tanto editar 100 CD o 50 vinilos.
Aunque el músico no conserve sus discos —así como los periodistas no siempre guardamos nuestras notas—, siempre hay coleccionistas que preservarán esa obra para las generaciones futuras. Hay que apostar al formato físico y, por supuesto, publicar también en las plataformas digitales. Una cosa no impide la otra; al contrario.
A los 75 años, la figura de Charly García se consolida como un patrimonio cultural vivo. Su legado no se agota en las páginas del pasado ni en el archivo de los grandes hitos del rock nacional, sino que late con urgencia en el oído de los jóvenes que hoy lo descubren. En tiempos donde todo parece efímero, su obra funciona como ese mapa inalterable que anticipó lo que fuimos, lo que somos y lo que todavía podemos ser.
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