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*Por Alicia Barrios
La testimonial. Todo un tema. En la previa de mi declaración, la mayoría de mis colegas, amigos, conocidos, me llamaban como si me fueran a dar el pésame. Qué miedo le tienen a la Justicia. Esa fue la primera impresión. La opinión pública percibe eso que nosotros transmitimos. Nada más lejos de la verdad. Los tiempos cambian. Las instituciones, los poderes, también. Se dinamizan. En ningún momento me sentí acobardada. Así como la prensa necesita de la palabra de los demás, los jueces, fiscales, víctimas, también. Es fundamental colaborar con la información que uno tiene. Mi experiencia en la fiscalía Federal Nº 7 a cargo del doctor Ramiro González, fue enriquecedora. Liberadora. Eso se siente. No fue traumática, para nada. Son gente proba. Recordé a Rodolfo Walsh, cuando, enseñándome a escribir, me dio una lección, entre tantas, de pocas palabras: “En los tiempos difíciles siempre hay que dejar testimonio”. Aprendí rápido. Hay momentos que quedan tallados en la memoria para siempre. Poder explicar que la enfermedad emocional se está devorando a las personas es algo que padecemos todos en algún momento de la vida. Si no se detiene a tiempo, el final es la locura y la muerte. Fabiola Yañez es el emergente social de esto que afecta hoy sin respetar las clases sociales y avanza atropellando a las personas. No se ve a simple vista: cuando se enferma el alma, nadie lo percibe, salvo el que la padece y no pide ayuda. Adicciones, ataques de pánico, son algunas de sus manifestaciones. Los suicidios son el final. Una pareja tóxica es uno de los ejemplos. Ninguna mujer escarmienta con la cabeza de otra. Vive su propia experiencia de amar demasiado y enfermarse de amor equivocado. Tal cual lo explicó Robin Norwood, ella ofreció un camino para que todas aquellas mujeres que aman demasiado aprendan a amarse a sí mismas. Desde ese lugar empieza la recuperación, para poder dejar de sufrir maltrato psicológico, ninguneo, violencia emocional y física. Fabiola Yañez, quien sin duda estuvo enamorada, cayó en este pozo del que para salir hacía falta hablar, ser oída, encontrar personas que se pusieran en sus zapatos. Los pies de ella. Se trata de emerger de sentirse abrumada, asfixiada. Todas sensaciones insalubres. A una primera dama inteligente, bonita, joven, no se la mostraba. Sólo aparecía de compañía de un Presidente. De ella se silenciaba todo tipo de actividad. Se la ninguneaba. Omitía. No había espacio para Fabiola. Aparecía como un ser sin pensamiento. Nadie se daba cuenta. Es profesional, fue a la universidad, egresó con una calificación de 10, tiene sensibilidad social, hizo una tarea en la fundación pontificia Scholas Ocurrentes de mucho compromiso. Acompañó a su director el doctor honoris causa José Maria del Corral, comprometiéndose con los adolescentes en las actividades, bailando, pintando, jugando y prestando su atención a los relatos de los jóvenes que sufren la indiferencia de los demás, como ella. Sabía muy bien de qué se trataba. Fue la presidente de Alma, que es la asociación de primeras damas. Nadie se enteraba de nada. No trascendía. Todos los periodistas sabíamos de las infidelidades del Alberto Fernández y también Fabiola. “Bueno eso no es un delito”, dicen encogiéndose de hombros. Sea o no un delito, es una situación muy dolorosa para una mujer. De las más angustiantes. Eso enferma el corazón. Lo rompe. Un presidente no tiene vida privada, es el primer hombre público de un país. Tampoco hay derecho a que él ni ningún otro ponga a su mujer en ese lugar. Aún peor en su caso, porque la somete a inmerecido escarnio público. Todo vuelve.
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